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Política

El gobierno y el Frente de Todos en su encrucijada: salvar la ropa no alcanza para salvar al país

El gobierno nacional respira, con la sensación de haber salvado la ropa. Y no le falta razón porque, si la madre de todas las batallas era la provincia de Buenos Aires —como se encargaron de establecer todos los protagonistas relevantes, del oficialismo, la oposición y los grandes medios—, el lunes siguiente a las elecciones la verborrágica Tolosa Paz cuanto menos habrá podido dormir. Un punto es poco más que nada, aunque a la hora de ganar o perder sea todo. 

La sensación, que como tal será efímera, tiene sin dudas un efecto placebo nada desdeñable si se toman en cuenta las patologías crónicas que padece la Argentina —inflación endémica con tendencia a desbocarse, índices de desigualdad elevadísimos y dificultades estructurales para crecer de manera mínimamente sostenible, entre las más perniciosas—. Peor que la estrafalaria derrota triunfal de Alberto Fernández hubiera sido una derrota a secas, lisa y llana, humillante, que pusiera en fuga o en estado de guerra abierta a fracciones significativas del Todos gobernante. 

Pasadas las elecciones de medio mandato más raras desde la recuperación de la democracia, y mientras ya vuelan de un lado para otro las facturas por los malos y no tan malos desempeños electorales de cada quien dentro del peronismo, la duda de la hora para el resto de los mortales es si será capaz el gobierno nacional de inventar alguna fórmula (no es magia) para sacar al país del rumbo catastrófico que lleva.

Del lado de los triunfadores (en este caso sin retórica) de Juntos por el Cambio no parece haber mucho que esperar, excepto que los radicales se decidan a hacer valer sus propios triunfos y a bajarle un cambio a la cacería de chicos crudos para la que todo indica se preparan los principales referentes del PRO a partir de diciembre. El renacimiento del radicalismo expresado en votos al que se asiste desde las Paso es el único dato nuevo de relevancia en la escena política y podría generar, aunque no por sí solo, algunos espacios de conversación indispensables para evitar males todavía peores que los que ya padece una enorma masa de la población. Esos triunfos radicales fueron en algunos distritos tan inapelables, como en el caso de Santa Fe, que podrían ser difíciles de desoír para los halcones del macrismo. El problema es que, si se continúa con el ejemplo de Santa Fe, algunos de los radicales ganadores (Losada, Barletta…) parecen competir en “halconismo” con sus socios del PRO.

Como están las cosas, y con algo de viento a favor, la perspectiva sería la de dos años más de penuria y sinsabor para terminar desembocando en un neo macrismo con altas probabilidades de gobernar. Lo que no puede afirmarse que sería inevitablemente una desgracia pero sí que hay elementos de juicio, frescos y contundentes, para sospecharlo.

Hay quienes temen a otros fantasmas, como éste, pero no es algo que suene realista:

Es al gobierno nacional y al peronismo en su conjunto a quienes cabe reclamar una alternativa, como suele decirse, superadora de un estado de cosas sobre el que nadie con algo de información y sensibilidad podría dudar en calificar de lamentable. No se le puede reclamar al ganador porque hizo lo suyo y ganó (ya le tocará su hora, en todo caso). Al gobierno de Alberto Fernández sí, porque claramente para eso —y quizás no para mucho más— fue elegido, y al peronismo Todo porque, que se sepa, no ha abdicado de su vocación histórica de representar a la Argentina productiva y trabajadora (dicho por simplificar las cosas), y a los humildes en toda la extensión del término.

Rápido de reflejos, el diputado provincial Carlos del Frade, que seguramente sacó menos votos que los esperados (y que nunca dejó el periodismo para entrar a la política porque siempre hizo las dos cosas), a las pocas horas de conocidas las cifras y porcentajes de las elecciones publicó una nota titulada “Números que también importan (o deberían importar)”. Entre ellos estos: “Más de la mitad de los argentinos preferiría vivir en otro país y entre los jóvenes de 16 a 24 años la cifra trepa al 70 por ciento”. 

La política consiste en prevalecer, pero no por prevalecer nomás sino para que las ideas propias prevalezcan sobre las ideas de los adversarios, en la creencia sincera de que son mejores. Una consecuencia lógica de lo anterior sería que para prevalecer, o siquiera intentarlo, el gobierno nacional deberá encontrar, consensuar —al menos al interior de su propio espacio— y poder expresar de modo convincente alguna buena idea, con suficiente potencia como para convocar y reorientar expectativas y energías en esta enorme decepción en que se ha convertido el país.

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