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Informe

Marchar cantando 

Empiezo por el final. Me enteré de la muerte del Indio Solari de una manera hermosa, si es que se puede hablar de algo “hermoso” este viernes 5 de junio de 2026. Quiero decir que no fue ni por el desangelado WhatsApp ni por un desconocido o desconocida de redes sociales.

Inés, 14 años, es mi hija, salvo para la biología. Muy ricotera ella, formó Susanita, una banda de mujeres y disidencias tributo a Los Redondos, pronta a estrenar. Mientras me hacía el mate —aún no había entrado a Instagram ni había prendido la radio— se apareció en la cocina y me preguntó en un tono inusual si me había enterado. 

Rock para todo el mundo 

Busqué consuelo en la obra del Indio, en esos discos que fui comprando en la adolescencia, gracias al sudor de la frente de mis padres. Cuando la banda me empezó a gustar, primeros años de secundaria, ya estaba disuelta.

Abro Gulp (1985), grabado en una joven democracia, y leo «Esta vez (por fin!) la prisión te va a gustar». Así se presentaron al mundo, porque esa frase es de Barbazul versus el amor letal, el primer tema del álbum. 

El segundo disco fue, quizá, el más emblemático: Oktubre. Cuando Osvel Costa, técnico de grabación, les aconsejó grabar un videoclip para promocionar el disco y les preguntó de qué agencia eran, el Indio le respondió con el manual de principios de la banda: “Creemos que el rock está filosóficamente en las antípodas de los representantes, de la televisión, de las multinacionales”. De allí son Divina TV Führer y frases como «el mercado de todo amor».

Y Ji ji ji, claro. Con su “pogo más grande del mundo”. Debo admitir que no guardo grandes recuerdos del tema en los recitales. A la inversa de la lógica, cargo sobre esa canción una connotación negativa. No pienso en el pogo que se viene, ni en su disfrute, ni en esa letra y melodía atrapante. Pienso, sí, en que ese show en el que me podría quedar a vivir, se termina.

En Un baión para el ojo idiota se sumó a tocar el saxo Sergio Dawi, uno de los responsables en la actualidad —junto con Semilla Bucciarelli (bajo), Tito Fargo (guitarra) y Hernán Aramberri (batería)— de mantener viva la llama de Patricio Rey y sus redonditos de ricota. ¿Cómo? A través de La Kermesse, una experiencia ricotera religiosa que se creó hace más de 10 años, “cuando vimos —me dijo Dawi— que estos temas seguían dando latidos a muchos corazones”. Los recitales de estos ex Redondos se dan en espacios pequeños, con el público cerca. No se mueven un acorde de los temas originales. Una manera de acercarse a los comienzos de Patricio Rey.

En Un baión también está Todo preso es político. “Tratados de derecho penal enteros laten en ese vibrante estribillo de cuatro palabras”, escribieron Mariano del Mazo y Pablo Perantuono en el libro Fuimos Reyes.

Bang! bang!… estás en Rosario

Se iba a llamar Olor a tigre, pero se llamó ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado. Y el 3 de noviembre de 1989 lo presentaron en el Club Sportivo América de Rosario. A ese escenario volvieron el 6 de julio de 1990, y el 25 de septiembre de 1992 tocaron en el Estadio Cubierto de Newell’s. Para ese tiempo ya habían publicado una obra maestra como La mosca y la sopa.

En el medio, el golpe más fuerte que recibió la banda: el asesinato de Walter Bulacio en manos de la policía, en abril del 91, tras un recital en Obras. El chico, que trabajaba de caddie en una cancha de golf para pagarse su viaje a Bariloche, se transformó en canto y bandera de los seguidores de la banda. 

La última misa en la ciudad ocurrió el 10 de diciembre de 1993 en La Rural, donde presentaron Lobo suelto, cordero atado, disco doble. En un breve parate entre canción y canción, el Indio tiró: “Una vez más estamos aquí en Rosario, que justamente con La Plata, de donde nosotros provenimos, es una de las dos ciudades olvidadas por la historia del rock hecha desde la Capital”. 



Más tarde llegaron LuzBelito, Último bondi a Finisterre y Momo sampler, CDs con artes de tapa innovadores para la época, y de colección. Y después llegó el final. Del grupo, no del Indio, que formó su otra gran banda: Los fundamentalistas del aire acondicionado.

Un público respetable

Hay un texto de Santiago Garat, rosarino y ricotero antes de ser periodista y escritor, que conocí primero como anécdota hasta que lo hizo público en redes sociales. 

Mientras los Redondos brindaban el primero de los dos conciertos del fin de semana en un boliche de San Carlos Centro, Santa Fe, él y su grupo de amigos esperaban junto a varios más en un club (donde alquilaron un techo como única comodidad) a la segunda noche, para la que sí tenían entradas.

En eso, llegó un pibe. Un anónimo. Su agitada respiración denotaba que había hecho corriendo el puñado de cuadras que separaban al club del recital. «¡Abrieron las puertas!» gritó con lo que le quedaba de aliento. “Mientras corríamos, lo miré al loco a ver si conocía a alguno o alguna pero no, corría como el resto con una risa de mil dientes”, relata Garat. 

“Seamos sinceros —continúa—, cualquiera de nosotros, si estamos en la puerta de un recital y de golpe las abren, nos metemos de una, sin dudar. El loco no, el loco corrió tres cuadras para llamar a desconocidos y compartir su felicidad”. Y le usa la frase a Leonardo Favio: “No se puede ser feliz en soledad”.

Me gusta pensar en esa confraternidad entre ricoteros y ricoteras, esa especie de estado de gracia que reinaba ante cada recital y sus largas previas. Ese afán por ayudar al otro, por protegerlo. “Por cuidarnos el culito”, como repetía Solari. “Estaba claro que nunca habíamos jugado al avioncito con la gente, como se hace con los bebés cuando se les da papilla”, decía el Indio sobre la relación con sus seguidores. “Más allá del poder del rock and roll, lo que presentábamos desde la lírica y el discurso público fue siempre un enigma. Atractivo, obviamente, porque si no lo es está condenado a no funcionar”.



La tribu de mi calle

Siempre consideré injustas las acusaciones que hablaban de “letras inentendibles” y cosas por el estilo. Y esa subestimación a sus seguidores. ¿Cómo es posible que no se entiendan sus letras si están escritas —tantas como las de ningún otro poeta o compositor— en banderas, tatuajes, tapiales y paredones? Frases de las más diversas, de canciones de los Redondos o de los Fundamentalistas. En barriadas humildes, en estadios modernos o de tablones.

“Hay músicos que no pueden entender este fenómeno”, dice en sus memorias Recuerdos que mienten un poco. “Se dicen: «cómo puede ser que todos se desvivan por el pelotudo del Indio, y yo que estudié tanto en Berklee…» Y sí: estuviste mucho tiempo en Berklee. Sos buen instrumentista, tocás muy bien. Qué digitación, sos rapidísimo. Pero esto no es una competencia deportiva. ¿Qué pasa con todo lo que te perdiste de vivir para concentrarte en el estudio? Si querés hacer canciones tenés que contar algo. Tenés que tocar para alguien. Si no es así, que no te extrañe que los que se enamoran de lo que hacés sean los músicos y no la gente. Para que la gente te responda, hay que arriesgar algo genuino”.

En esa larga conversación con Marcelo Figueras, sostiene que el amor con sus fieles “no puede sino ser espontáneo, o no dura”, y explica: “Conozco bien el palo de esa gente. No pertenezco al puto suelo de la miseria, pero sé de lo que hablo. He estado ahí”. Entre risas, dice que en muchas entrevistas que dio “la gente termina entendiendo más que los periodistas”. A su público, agrega, “no se les escapa la profundidad emotiva que tienen las cosas que digo y canto”.

La muerte y yo

“No puedo renegar de lo que soy, por más que quisiera. Si existiese otra vida, y me diesen la posibilidad de vivirla con la misma personalidad, tendrían que garantizarme que va a ser parecida a esta. Porque, por menos de esto que tan bien me salió, no negocio, no transo”. Que el tipo que le temía a la vejez haya trabajado de lo suyo hasta el final, es un consuelo. 

—La vanidad dice que me gustaría ser recordado, pero hay una parte mía que cree que hay mucha más dignidad en el olvido.

—En esa estás frito —le devuelve Figueras —. No hay muchas posibilidades de que la gente se olvide de vos. 

Y así cierra sus memorias: “Hoy más que nunca suscribo eso que decía hace más de 30 años, en uno de los recortes de prensa que encontramos en las cajas: sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”.

Terminaré en el principio. Cuando escucho los Redondos suelo pensar en esa frase que Cristina Kirchner contó que le decía Néstor: “De lo único que nunca me aburrí fue de vos”. Como toda buena obra, la de Patricio Rey vence al tiempo. 

En una radio, ya no sé cuál, escuché el mensaje de una oyente que decía: “Me hace acordar a la muerte del Diego, y me parece muy loco que Dios pueda morir dos veces”. ¡Cómo nos gustan los tipos con contradicciones!

Si pudiera elegir con qué soñar esta noche, sería con esa imagen tuya levantando el vaso de whisky, en la entrevista con Mario Pergolini en Tandil. Poder chocar ese vaso y devolverte el “¡bueno, festejemos!”. Porque las despedidas son, como escribe el poeta, esos dolores dulces.


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Autor

  • Facundo Paredes

    Periodista deportivo. Postítulo en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Escribe en la sección deportes del periódico El Eslabón y es director del portal Redacción Rosario, ambos medios producidos por la Cooperativa La Masa. También trabaja en Radio Nacional Rosario.

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