La búsqueda de Agostina Vega y la confirmación de su femicidio en Córdoba atravesaron la Argentina como una espada. Tenía 14 años. Cada 31 horas hay un femicidio en la Argentina, pero algunos calan muy hondo en el corazón de una sociedad que no está acostumbrada a revisar sus violencias ¿Fue por la denuncia de su familia en los medios, dada la indiferencia estatal? ¿Fueron las cínicas palabras del fiscal Raúl Garzón que consideró “exitoso” el operativo y felicitó al perro que encontró el cadáver de la niña? ¿Fue la evidencia de una complicidad política con el único acusado? ¿Y por qué, cuando es un marido, un novio o un ex el que mata, la reacción mediática y popular es menor?
Todos son ingredientes del espeso caldo de la impunidad femicida que pone en peligro a las mujeres. Y todos se combinaron para dejar en evidencia el descuido estatal.
Porque esa misma semana habían encontrado el cadáver de Dulce Candia en Misiones y fue asesinada Noelia Rivero, en Temperley.
El cuerpo desmembrado de Agostina se encontró el sábado 30 de mayo, cuatro días antes de la movilización Ni Una Menos que venía organizándose en asambleas en todo el país. Y encendió la mecha de un movimiento nacido el 3 de junio de 2015, tras la muerte de otra adolescente de 14, Chiara Páez, de Rufino.
El influjo de estos femicidios alimentó la marcha más multitudinaria de los últimos tiempos, los carteles hechos a mano, la necesidad colectiva de decir basta.
La pedagogía de la crueldad
Cuando algo atraviesa tan profundamente las capas de la anestesia que requiere vivir en sociedades desiguales y violentas, todo el mundo quiere decir lo suyo. Por eso, también se multiplicaron los análisis en televisión y en los canales de streaming, los editoriales y las preguntas. Las conjeturas y la necesidad de seguir al aire con los temas que “miden” en el rating, aunque no haya información. En algunas ocasiones, como el programa Batalla Cultural de El Destape, esa necesidad convoca a Rita Segato, la antropóloga que escribió Las escritura en el cuerpo de las mujeres, los crímenes de ciudad Juárez, donde habla de la violencia expresiva, porque los crímenes de mujeres —explica— son “ejemplificadores”, escriben un mensaje en los cuerpos mutilados. Y el mensaje es el de la sumisión.
Lo otro que Segato repite hasta que se entienda es que la violencia machista no es sólo un mensaje a la víctima, sino también a los pares, a los otros varones, es una validación a través de la violencia, una forma de ser aceptados en la fratria.
Y para cerrar la trilogía de ideas que pueden desentrañar, al menos un poco, lo que pasa en una sociedad que cotidianamente naturaliza los femicidios: la pedagogía de la crueldad. Por eso, cuando los medios de comunicación repiten en cadena nacional detalles escabrosos sobre la muerte de una niña, cuando se solazan en la violencia escrita en su cuerpo, cuando escudriñan si era una “buena víctima” o si no era virgen (como dijo el vocero libertario Diego Recalde en Crónica TV) están ejerciendo esa enseñanza.
En la sociedad argentina, la práctica de la crueldad es festejada por las autoridades del Estado, y eso puede leerse no sólo como expresión de lo que ocurre en el entramado social sino también como una invitación.

La disputa por las estadísticas
De los números se ha hablado mucho. Desde 2015, cuando uno de los cinco puntos de la movilización fue la exigencia de que se elaboren estadísticas oficiales. La sociedad civil ya había empezado a hacerlas. Desde 2009, la Casa del Encuentro, con el Observatorio Adriana Marisel Zambrano, realiza un conteo a partir de las notas que salen en los medios de todo el país. Y antes del 3 de junio, publicó el último: 3.265 femicidios desde el 3 de junio de 2015.
Desde entonces, se sumaron distintos observatorios de la sociedad civil. Y también empezó a haber números oficiales. La Corte Suprema de Justicia de la Nación tiene los propios, basados en expedientes judiciales.
En esta última semana quedó en evidencia que el debate sobre el femicidio volvió a permear a toda la sociedad. Se expresó también en la reacción de Patricia Bullrich, senadora nacional de La Libertad Avanza y antes, ministra de seguridad de la Nación.
Basada en las estadísticas oficiales, aseguró que bajaron un 25 por ciento los “homicidios de mujeres” y habló, una vez más de castigo. “El que las hace las paga”, repitió desde la misma fuerza política que niega la especificidad de la violencia de género y quiere eliminar el agravante del femicidio del Código Penal.
Por eso mismo, Bullrich aseguró que la eliminación de todas las políticas de género fue determinante en esa baja. La famosa batalla cultural del gobierno.
Entre los muchos aspectos para desmenuzar de esa intervención pública es necesario sostener que una de las causas que provocaron el descenso del número de femicidios está en la provincia de Buenos Aires, que sí mantiene un Ministerio de las Mujeres y aglutina a casi el 40 % de la población del país.


Así lo explica el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA): “A nivel nacional, las víctimas de femicidio pasaron de 228 en 2024 a 200 en 2025, una baja del 12,3 %. Esta variación se explica por una disminución de casos en algunas jurisdicciones, centralmente la provincia de Buenos Aires. Allí, los femicidios pasaron de 98 en 2024 a 78 en 2025 (20 casos menos). Y ese dato importa porque PBA tiene un peso muy fuerte en la estadística nacional”.
En ELA recuerdan que “PBA es una de las provincias que mantiene jerarquizadas las medidas de prevención y atención de la violencia de género, junto con dispositivos provinciales, áreas municipales y mecanismos de articulación territorial e interinstitucional”.
No se trata de aplaudir, pero sí de poner un foco en que el retiro de Nación no elimina la demanda de una sociedad que sigue reclamando intervención estatal ante la violencia de género. “Esto no permite afirmar una causalidad automática. Pero sí vuelve muy débil el argumento contrario: que los femicidios bajan porque el Estado deja de intervenir. El Estado nacional se retiró y abandonó a las mujeres, las provincias (en distinto grado) no lo hicieron”, siguen en ELA.
Con las estadísticas, además, es mejor tener una mirada de largo plazo. Y también considerar que un expediente judicial que no se caratula como femicidio, ya no entra en el conteo oficial. Sin el escarnio público autoinfligido, el fiscal cordobés no hubiera (no había) tipificado el crimen de Agostina como femicidio.
Prevención, no sólo castigo
Prevención es la palabra clave. Porque la figura penal —y la construcción social— de la figura del femicidio reconoce cuál es la estructura social que subyace en los crímenes de mujeres. Un sistema basado en el dominio y la posesión. Y la estadística lo demuestra: el 56 % de los femicidios fueron en el domicilio de las víctimas (31 %) o la que compartían con los agresores (25%).
El 60 % fueron cometidos por parejas (38 %) o ex parejas (21 %).
¿Por qué traer estos números? Porque la categoría de femicidio nació para entender los crímenes de mujeres, que tenían todas estas particularidades.
Lo que nació en la academia, desde los estudios feministas, trascendió a la calle, se convirtió primero en un reclamo del movimiento de mujeres, en un uso de las periodistas feministas que venían clamando para dejar de usar el lugar común de “crimen pasional” para contar las noticias de los femicidios, y trascendió al Congreso, con mucha dificultad.
En 2012 se incorporó el agravante “cuando mediare violencia de género” en el artículo 80 del Código Penal y eso es el femicidio: un crimen nacido de la violencia machista, un fenómeno complejo, que está instalado desde los cimientos de la sociedad organizada jerárquicamente, un sistema milenario que considera a los cuerpos femeninos bienes de uso de los varones.
En estos días, una de las preguntas que resuenan es por qué algunos femicidios conmueven más que otros, por qué se convierten en grito cuando tantos pasan en las noticias sin que nadie —apenas las feministas— los noten. ¿Por qué cuando es un marido, un ex marido, un hombre que se niega a terminar un vínculo amoroso, el que mata a su pareja, la reacción popular es menor? ¿Por qué los femicidios se metabolizan socialmente como algo que ocurre en la calle cuando, la mayor parte de la veces, ocurre en el ámbito doméstico?
La machósfera y los nuevos discursos de odio
Y la otra pregunta ¿por qué siempre hay un afán por encontrar víctimas impolutas? Hablar de la virginidad de una niña de 14 años es suponer que la vida sexual —como si pudiera ser una elección a esa edad tan temprana— es motivo de disciplinamiento.
La barbaridad que dijo Recalde sumó repudios de todos los sectores, pero la condición de vocero libertario hace que no se la deje pasar tan fácilmente: es en la machósfera, ese espacio digital de reproducción y promoción de la violencia machista, donde los más jóvenes se socializan, en el desprecio a las mujeres, en la consideración de que son seres maléficos, que buscan la conveniencia económica en los vínculos sexoafectivos, cuando la experiencia demuestra que, por el contrario, en líneas generales son las mujeres las que más pierden a nivel económico y simbólico en las relaciones heterosexuales.
Por eso uno de los reclamos de 2015 era la efectiva implementación de la Educación Sexual Integral (ESI), una herramienta también vapuleada por quienes se oponen a los derechos de las mujeres, porque propone una revolución silenciosa: revisar estereotipos y prejuicios de género dentro de la institución que históricamente reprodujo la cultura, las escuelas. Este gobierno nacional también desfinanció la ESI, como lo hizo con el Programa Acompañar, que brindaba un sostén económico por seis meses a mujeres en riesgo alto o muy alto por violencia machista, sin autonomía económica, para que puedan armar otro proyecto de vida. También redujo un 85 % el presupuesto de la línea 144, un número de teléfono gratuito de alcance nacional que orienta y atiende a víctimas, hoy casi sin recursos. Es decir que en 2026, todas las respuestas que se habían dado a los reclamos del movimiento de mujeres y feminista están en retroceso. Por eso, en todo el país, las banderas clamaban: El Estado es responsable.
Porque es responsable de prevenir para modificar una estructura social que hace de las mujeres sus víctimas sacrificiales, no sólo en los extremos de sus asesinatos, sino desde la responsabilidad diferencial de los trabajos de cuidado, que en un 76 % queda a cargo de las mujeres, sobre un pertinaz desprecio que se expresa en chistes, en manoseos, en humillaciones, en la sospecha permanente que soportan las mujeres por el solo hecho de serlo.


La muerte habilitada
¿Por qué matan a las mujeres? Porque pueden, porque está habilitado, porque un femicida es considerado un monstruo, pero el que incumple la cuota alimentaria para castigar a la madre de sus hijos sigue jugando a la pelota como si nada, incluso se le festejan sus diatribas contra “la loca” de la ex.
Y ese caldo se espesa cuando la ex reclama, cuando “tiene otro”, como si las mujeres pertenecieran a los hombres, cuando la actual se quiere ir de la casa, cuando se sale del libreto de la sumisión. El femicidio es —casi siempre— el final de una cadena de violencias previas.
Lo que también pueden hacer los varones
Además de la marcha multitudinaria, el dato alentador de esta última semana fue el incipiente involucramiento de los varones, que en lugar de decir “no todos los hombres” empiezan a preguntarse qué pueden hacer ellos contra la violencia machista.
Se vio en figuras populares de los streamings como Eial Moldavsky y Martín Garabal, y hasta en un machista consumado como Mario Pergolini, cuya real posibilidad de revisarse habrá que verla.
Es mucho lo que pueden hacer, pero lo primero, siempre, es preguntarse qué tienen que ver.
Tampoco se empieza de cero: existe una Red de Espacios de Masculinidades de Argentina (REMA) que aglutina a 14 organizaciones de todo el país. Hay, todavía, algunos espacios estatales de Masculinidades para la Igualdad, por ejemplo, en la provincia de Santa Fe. Ellos llaman a “recuperar y/o profundizar los espacios de encuentro, reflexión y transformación personal, colectiva y relacional entre pares”.
En un comunicado, REMA apuesta a “fortalecer, consolidar y expandir el trabajo en red entre colectivos de varones y círculos de hombres”. Y afirman su vocación “por participar de estas luchas y reconocer nuestra desorientación e incomodidad sobre cómo hacerlo de manera respetuosa y efectiva”.
Organizados, así postulan desde REMA, como lo hicieron las feministas. Porque, como dijo la doctora en Historia Dora Barrancos, “el feminismo no es cosa de las mujeres, es de la dignidad humana”.
Cuando sean mayoría los hombres que dejen de ejercer el machismo, cuando haya una real discusión social sobre la división sexual del trabajo, cuando nadie más festeje las injusticias ni la crueldad, ahí empezarán a bajar los femicidios, de manera sustentable.


































