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El Indio y lo imperdonable

El Indio se fue del plano terrenal, y como él mismo anticipó cuando ya sabía que la enfermedad del Parkinson lo tenía jaqueado, tal vez sea un “alivio”, porque “no sirvo ni nunca serví para tristes despedidas”, como escribió en su tema “La muerte y yo” (El tesoro de los inocentes), una obra maestra que marcó el inicio de la era Fundamentalistas del aire acondicionado, en 2004. Los significados y la trascendencia cultural y política del artista Solari son exuberantes, únicas, y decisivas en la configuración del latido popular desde, al menos, el inicio de los años 90, cuando la adhesión y fanatismo de sus audiencias (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) pasaron de sitios para 500 personas a 100 mil, y en sólo un par de años.

En primera persona, y tal vez como una carambola afortunada de la vida, me tocó debutar como público en un recital del por entonces “Los Redondos” en “Satisfacción”, un antiguo cine transformado en boliche en calle Bernardo de Irigoyen 1414, en el barrio de Constitución, CABA, cuando el Indio y los suyos presentaron ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, fue en octubre de 1989, el último recital ricotero en un lugar “chico”, para unas mil personas. Luego, en el mismo 89, en diciembre, despegaron con los Obras Sanitarias, y la explosiva masividad ya sería indetenible.

Las marcas de la luego mítica independencia ricotera ya estuvieron —ante mis ojos— a la vista, en esa increíble noche juvenil de octubre del 89: las entradas las vendía la organización minutos antes del recital en unos trailers (al modo de lo que la industria gastronómica ambulante inventó 30 años después, los track food, o carritos) ubicadas justo frente al viejo cine, estacionados sobre Irigoyen y con sus ventanitas hacia la vereda. Era plata en efectivo a cambio de unos tickets de papel, que unos segundos después otro ricotero de la organización cortaba y te hacía ingresar al local. Fueron dos horas, que, como muchos dijeron ante las cámaras en el velorio en las últimas horas, me cambiaron la vida, para siempre. Luego seguí a Los Redondos por estadios, y lugares con decenas de miles, al menos en seis oportunidades más. La fascinación ricotera había ingresado en mi cuerpo.

En esa independencia política, en ese arte complejo, sutil y áspero a la vez, popular, masivo al extremo de superar a cualquier artista de la historia argentina —con la sola excepción de Carlos Gardel, en la Argentina de hace casi un siglo, con no más de 10 millones de habitantes—, radica lo “imperdonable” para el sistema. Nunca nadie lo pudo controlar al Indio, que para colmo de males, adscribió abiertamente al peronismo kirchnerista, y visitó a Cristina en su casa de detención, cuando ya estaba en una etapa avanzada de su enfermedad de Parkinson (agosto de 2025).

Por eso no hubo sorpresa —entre los mínimamente conocedores de las fuerzas culturales aluvionales de la Argentina— en que la muerte del Indio trajera, de manera inmediata, una disputa política. Cómo despedirlo, dónde, un velorio con qué características, con cuánta duración. El gobierno nacional, libertario, autoritario, que camina todo el tiempo al borde la Constitución y varias veces se pasa de la raya, actuó como era de prever: negó el Congreso para la ceremonia de despedida.

No podía tolerar una demostración épica de un millón (y si se hacía en el Congreso, posiblemente una cifra que duplicara al millón de Avellaneda) de personas reivindicando la cultura nacional popular, peronista: familia, amor, igualdad, comunión, al cabo el arte popular en su máxima expresión, en su propia cara, en su propio terreno (el Palacio) al que viene sosteniendo aislado a fuerza de hierro, máscaras, palos, balas de goma (por ahora, sólo por ahora), y gases disuasivos de máxima peligrosidad para la vida humana.

Claro que el costo político para la cúpula libertaria, su infinita crueldad y torpeza, recién se medirá según pasen los meses, y los años; al cabo, los hermanos Milie, y el subalterno Martín Menem, hicieron lo único que saben hacer, ir de frente contra cualquier expresión popular que reivindique la parte de la “batalla cultural” que está del otro lado de la valla metálica de la Policía Federal. Si hasta ahora le viene saliendo relativamente bien: paz militarizada, orden, limpieza, represión a cualquier forma de protesta, etcétera, ¿por qué cambiar? Y permitir a cientos de miles de ricoteros del Conurbano y de todo el país que expresen en primera persona, y en cadena nacional y durante un día entero, caminando a pocos metros del búnker del riojano articulador del “glorioso bloque de la LLA” en la Cámara de Diputados.

No podía pasar, y no pasó. La política de la cúpula libertaria toca contra su propio techo, no tiene otra cosa para dar. Pero nada es gratis en política, y si bien el sol oculto de estos días de junio no acompañó a la multitud, el sol, más temprano que tarde, no se puede tapar con las manos.

Entretanto, la familia de Solari, su esposa, la viuda Virginia Mones Ruiz, y su hijo Bruno, también como era previsible, ante el golpe por la muerte inesperada, recurrieron a quienes le depositan mayor confianza política y afecto personal, Máximo Kirchner y su madre, Cristina Fernández de Kirchner, a quien habían visitado en su casa de San José 1111 pocas horas antes de cumplirse el tercer aniversario del intento de asesinato a la ex dos veces presidenta, 1° de septiembre de 2025. El primero en poner sus pies en la casa donde murió Carlos Alberto Solari, en Parque Leloir, en el oeste del Gran Buenos Aires, Máximo Kirchner, rápidamente se puso a gestionar lo que ya se anunciaba como un hecho histórico, único, el velorio del Indio.

Ahí el peronismo, primero con Máximo y luego con Axel Kicillof y el intendente de Avellaneda Jorge Ferraresi, hicieron lo que saben hacer, gestionar un acto popular, masivo al extremo, cuidar a la gente, medir las formas y los tiempos, y sobre todo evitar lo que toda la comunicación filo oficialista, nacional, de las provincias y de los municipios de todo el país, buscaron desde el minuto cero: la violencia, el desmadre que les posibilitara enmascarar y ocultar la crónica que tenían —y fue, al cabo, la única que tuvieron— para contar: arte, poesía, dolor, celebración, aguante, legado y futuro.

Murió el Indio Solari y nació el Indio eterno. Como aquel inolvidable viaje del cuerpo de Carlos Gardel desde el puerto de Buenos Aires hasta el cementerio de la Chacarita —unos ocho kilómetros por la Avenida Corrientes en sentido al noroeste—, el 6 de febrero de 1936 (luego de haber muerto en Medellín, el 24 de junio de 1935, el cuerpo del Zorzal transitó un increíble derrotero de viajes, países, retenciones, ocultamientos, y como el del Indio Solari, también molestó a los usurpadores del poder de la Década Infame; no sabían qué hacer con él).

La derecha argentina le tiene miedo a los cuerpos de los ídolos y su simbología popular, no los quiere tener siquiera velando en sus territorios de dominio oligárquico. Desde ya, los ejemplos sobran: Evita y su martirio, las manos de Perón, Néstor Kirchner “que no estaba en el cajón” (Mirtha Legrand), Diego Maradona y su velorio extrañamente interrumpido en la Casa Rosada, y ahora Carlos Alberto el Indio Solari, a 8 kilómetros del limite de la Capital Federal, hacia el sur.

Pero el miedo quedó igual instalado en la cabeza del régimen mileísta, y de todo el sistema de apoyo político económico y mediático que lo sustenta: ojo que el pueblo peronista está ahí, no desapareció, no disolvió sus valores, sus prácticas, sus tradiciones, sus modos de entender el mundo y sus aspiraciones de una sociedad donde reinen “el amor y la igualdad” continúan intactas. Falta, desde ya un detalle no menor, quien lo represente cabalmente y lo lleve, otra vez, al triunfo político y en su momento, electoral.


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