“No voten, no voten”, les gritaba el diputado Emiliano Peralta a sus pares celestes de Somos Vida y sobre todo a los integrantes del peronismo, ubicados a varios metros en el recinto, mientras desde las barras se producían todo tipo de desbordes. Se sabía que la manifestación se había salido de control y que podía pasar cualquier cosa.
El abogado oriundo de Reconquista, del bloque de Amalia Granata, había comprendido exactamente qué pasaba y qué estrategias podía llevar adelante la oposición ante un hecho consumado: la sanción de la Ley de Reforma Previsional que fue votada por mayoría en general por 23 votos a favor, 9 en contra y 11 abstenciones según el tablero electrónico de la Cámara de Diputados.
En el inmediato tratamiento en particular, por capítulos, a toda velocidad y en medio de un clima caótico, desde la presidencia a cargo de la diputada Clara García solo se consignó la voluntad mayoritaria del cuerpo, sin un registro de cada caso. Para entonces, el desorden era tal que los cronistas parlamentarios con años de experiencia e incluso los empleados legislativos con iguales créditos no sabían qué había pasado.
Por más de 30 minutos fue más importante saber si el Palacio había sido o no ocupado por los manifestantes, si había heridos graves o incluso algo peor… Antes de la hora 13 se desató la violencia. La suerte, y los matafuegos usados para repeler el ataque al Palacio Legislativo, estuvieron del lado de casi todos, porque fuera de un policía herido en un ojo —internado en el Cullen— no se conocieron otros hechos irreparables ni dentro ni fuera.
Hubo algunas personas con moretones, pero nada grave ni que requiriera una sutura. Volaron pedradas, hierros de pesadas rejillas, sin dar en el blanco. Fueron destrozadas las gruesas puertas que coronan el centro del edificio, en medio de ambas naves y que soportaron los golpes hechos con hierros y otros elementos hasta donde pudieron. Separaban al salón principal de ambos recintos de la furia de los manifestantes.
La presión externa hizo que el pórtico se dañara seriamente, fueran arrancados de los muros sus bisagras y doblados sus herrajes. Se perdieran sus adornos de madera en bajo relieve en su parte inferior. Lo que no se rompió quedó cubierto de un polvo entre gris y verdoso lanzado por los equipos contra incendios que fueron alcanzados por los empleados del Legislativo a los policías, que carecían de armas para repeler multitudes, y sabían que no había ninguna fuerza convenientemente equipada cerca. No hubo balas de goma ni efectivos con cascos y escudos durante más de media hora larga.
Adentro del recinto todo había terminado con su previsible final: la mayoría de Unidos para Cambiar Santa Fe, sin disidencias internas ni ausencias injustificadas había logrado completar el trámite para la sanción de la norma pedida por el Poder Ejecutivo Provincial. Solo que de un modo cuanto menos desprolijo y según la oposición “nulo”, fuera de toda racionalidad para el tratamiento de las leyes.
Una discusión sobre lo que permite y lo que no el reglamento de la Cámara se desató luego de la sanción que pronto se supo afuera. Primero se tensaron más los ánimos. Pero luego, junto con la llegada de pertrechos policiales listos para reprimir, se generó cierta calma y una posterior desconcentración. Para las 14.30 quedaban pocos en la protesta de docentes y municipales, que contó con el apoyo de la CTA y de partidos y organizaciones de izquierda. A las 15.30 la policía también fue retirada.
Una moción de orden en medio de lo contrario
Los apuntes de los periodistas sobre el debate quedaron viejos antes de ser usados. Habían consignado la “convicción” y el “entusiasmo” del miembro informante por la mayoría, el radical José Corral, que además agradeció al frente haberle dado esa tarea al iniciar sus palabras. Estaba previsto que fuera el primero de una larga lista de oradores pero lo acordado en la reunión de jefes de bloques quedó desbaratado.
Las consideraciones del ex intendente de Santa Fe y los discursos que siguieron de los opositores a la Ley, del ex intendente de Santo Tomé, Fabián Palo Oliver, desde la izquierda; del mencionado Peralta, de Somos Vida; y de la misma bancada, pero más cercana a las posiciones del gobierno nacional, Silvia Malfesi, que por derecha adelantaban el voto negativo.
Justo cuando Juan Domingo Argañaraz, del bloque Inspirar, estaba hablando (mientras se oían gritos y explotaba una bomba de estruendo en el hall central y ya se respiraban los humos de los matafuegos y la pólvora de las detonaciones de los manifestantes) pidió, o mejor impuso, una interrupción el diputado Pablo Farías del socialismo. Se pensó que habría un cuarto intermedio. No fue así. Precipitó la votación que iba a hacerse al finalizar el debate con una moción de orden, en medio del desorden del mediodía santafesino.
Escándalo, el momento donde Clara García le corta de forma abrupta el discurso al diputado Argañaráz y Pablo Farias pide ir directo a la votación para garantizar que se apruebe la reforma jubilatoria .. ¿Por qué tanto apuro para que salga así? pic.twitter.com/jjfZjFEbyp
— Federico Gayoso (@gayosofede) September 12, 2024
Se produjo entonces el tratamiento en general en medio de gritos desde las barras y las bancas de los bloques opositores. Como se dijo arriba, Peralta recomendaba no votar (aún por la negativa) porque hacerlo terminaba por convalidar lo hecho por el oficialismo. Aparentemente los 9 votos por la negativa vinieron todos del justicialismo. “Nos desorientamos, no supimos qué pasaba”, decía una de las legisladoras de ese sector que lamentaba haber pulsado el botón por el “no”.
Tal era el desconcierto del peronismo que copó la parada la diputada Granata. De pie, junto a los taquígrafos y de espaldas al estrado de la presidencia ordenó a su bloque salir del recinto y la imitaron varios justicialistas. Con un ejemplar del reglamento en la mano en alto, como una bandera, azuzaba a los pocos dirigentes sindicales que presenciaron la sesión, más algunos asesores de bloques opositores. “No se toca, la Caja no se toca”, gritaban al tiempo que la ex panelista de TV y ex periodista se quedaba con el centro de la escena.
Un cronista le deslizó más tarde: “Usted parece la jefa de la oposición”. A Granata no le cayó nada mal el comentario. Más tarde notaron lo mismo los justicialistas que no habían alcanzado a hablar en la sesión y buscaban (como Peralta, Granata y Mafessi) argumentos de nulidad, apoyados en el inciso 10 del artículo 104 del Reglamento de la Cámara (modificaciones del Reglamento). Para Farías, lo hecho se apoya en otro inciso (el 4) que permite una moción de orden (votar antes de debatir). El décimo exige dos tercios (que nadie tiene en Diputados), el cuarto, simple mayoría.
En definitiva, todos los diputados convalidaron lo votado (pese a sus discursos sobre la nulidad absoluta) al sumarse al reinicio de la sesión, cuando ya nadie quedaba en la plaza ni el playón de estacionamiento de avenida General López, entre Urquiza y 4 de Enero. Para entonces, entre los escombros y cascotes arrojados a la Legislatura, y las huellas de una manifestación con graves hechos violentos, los discursos ya poco importaban.

Se hablará sobre vallas y policías
La Legislatura amaneció vallada con rejas enormes. Son las que se usan en los partidos de fútbol de riesgo, no en todos los encuentros de los dos equipos más populares de la capital provincial, de la primera división A o el nacional B.
Cuando lo notaron altos diputados del socialismo, y se lo señalaron a Clara García, se tomó la decisión de llamar a la Casa Gris y retirar esas barreras. Se pensó que era lo mejor. En la sesión del Senado del jueves anterior todo había transcurrido sin problemas y la imagen de la Legislatura vallada era realmente triste.
Más tarde, a esa decisión le siguió otra, que aún no está claro de donde provino. Retirar a la policía del frente del Palacio Legislativo. Los uniformados fueron dispuestos en el interior del edificio y puestos a controlar el acceso posterior, por calle 3 de Febrero. El frente, donde sucedió lo peor de la violencia en la manifestación, quedó desprovisto de efectivos. Y todo parecía transcurrir sin problemas hasta aproximadamente las 12.30.
Una primera advertencia se dio cuando, tras un reclamo de Amalia Granata en la reunión de jefes de bloques, se permitió el ingreso de algunos representantes gremiales: dos por organización. El grupo designado llegó en compañía de más manifestantes que también pretendieron ingresar. Hubo un forcejeo, una suerte de pulseada con la que sería la puerta de servicio a espaldas del palacio. Los policías (varones y mujeres) ganaron porque la trabaron con una escalera puesta de punta, con su base contra una pared. Era un aviso que empleados de la Legislatura y policías sin grado comprendieron de inmediato. “¡Pidan refuerzos, pidan que venga la Guardia de Infantería”, gritaban ante la mirada de cronistas y asesores que también se preocuparon.
Cuando los golpes cambiaron de esa puerta al pórtico principal de acceso (de dos hojas de una bella madera clara y dura, y no menos de tres metros de alto) hubo cuadros de temor. Y al ceder las puertas principales del frente se improvisó con un panel de un material descartable (¿un terciado?) un cierre que se completó con una estrategia ideada por empleados de la Legislatura: vaciar sobre quienes pujaban por entrar todos los matafuegos disponibles. No hubo gases lacrimógenos, sino los humos y polvos que debieron servir para apagar otros fuegos.


































