Carolina Losada habló menos de un minuto y se trabó dos veces. A las 21 del domingo no terminaba de digerir los resultados de la elección pero estaba dispuesta a cumplir con las formalidades lo más rápido posible y enfrentó a los periodistas reunidos en el salón Metropolitano del shopping Alto Rosario. “A partir de mañana empieza la reconstrucción”, balbuceó, y fue su compañero de fórmula, Federico Angelini, el que completó la frase: se refería a “la reconstrucción de la relación” con el sector liderado por Maximiliano Pullaro.
La declaración de Losada es uno de los interrogantes que deja la elección: qué consecuencias pueden tener para el frente de frentes las acusaciones y sospechas que lanzó contra su competidor. Pero la guerra terminó y si no la candidata por lo menos su compañero de fórmula firmó la paz: “Fue una interna dura. Nunca haríamos nada en contra de que gane Juntos por el Cambio”, aclaró Angelini.
Pero la comunicación de Losada con Pullaro para admitir la derrota fue bastante menos que eso: en realidad Patricia Bullrich llamó al actual diputado provincial y le pasó el teléfono. Y su reconocimiento en el escenario fue también una negación: ganó Juntos por el Cambio y perdió el kirchnerismo, dijo, como si fuera una espectadora de la competencia.
Pullaro no contestó las acusaciones durante la campaña y anoche se refirió a Losada como si no hubiera escuchado nada. Martín Lousteau, el primer dirigente nacional que llegó al Hotel Ariston para saludarlo, lo encontró “inmutable”. Estaba tan serio y reconcentrado como de costumbre en los últimos tiempos, cuando según el relato de sus seguidores recorrió el interior de Santa Fe como un misionero, pueblo por pueblo: visitó 28 de las 34 localidades del departamento San Cristóbal, por caso, y no fue a las restantes porque se quedó afónico. El interior de Santa Fe, esa parte de la provincia que no son sus grandes ciudades y de la que él proviene, fue fundamental para el triunfo.
La precandidata a vicegobernadora Gisela Scaglia y el presidente del radicalismo santafesino, Felipe Michlig, tuvieron en cambio muy en cuenta la estrategia de la ex panelista de televisión en los discursos con que celebraron el triunfo. “Ganó la no agresión”, dijeron. Es decir que la derrota de Losada sería doble: de su candidatura y de la forma en que trató de subir al actual diputado provincial al escenario que ella mejor conoce y con los procedimientos habituales, el de los medios y el escándalo.
El resultado de la elección podría contener una respuesta sobre las acusaciones dirigidas contra Pullaro: la mayoría del electorado no las comparte. Sin embargo, Losada nunca propuso una discusión sobre el tema del narcotráfico, las responsabilidades de la política o las complicidades subterráneas con el delito. La senadora descalificaba a Pullaro por referencias a situaciones del pasado que no explicitó y que no fueron entendidas, o fueron entendidas a medias: el mensaje, finalmente, fue una actitud agresiva y eso parece ser finalmente lo que los votantes rechazaron.
La guerra de Losada contra Pullaro fue una inesperada rueda de auxilio para el desvencijado oficialismo, pero parece poco probable que el recuerdo del caso Druetta, los pagos a abogados que defendieron a policías incriminados en la desaparición de Franco Casco o el apoyo a un comisario previo a un concurso pueden afectar la imagen del ahora candidato a gobernador de Unidos para Cambiar Santa Fe. Ninguna de esas causas movilizó a los principales partidos de la provincia.
Marcelo Lewandowski recordó anoche el cierre de comisarías durante la gestión de Pullaro como ministro de Seguridad de Miguel Lifschitz: un intento de asociar al adversario con la situación calamitosa de la policía provincial. El problema para el candidato de Juntos Avancemos es cómo plantear una crítica en términos de seguridad cuando representa a un gobierno con los peores indicadores en la materia. La incorporación de escáneres en las cárceles provinciales logró contener algo del tráfico de celulares y del delito organizado por los presos, pero llega sobre el final del gobierno de Perotti.
La elección también parece legitimar el relato de Pullaro sobre su propia trayectoria: “es el que metió presos a los narcos”. El ex ministro de Seguridad construyó su figura en la campaña sobre esa base, rubricada con el armado de un equipo que incluye a especialistas de distintas áreas. “Sabemos qué hacer, cómo hacerlo y con quién hacerlo”, dijo anoche, pero la certeza no termina de despejar otro interrogante: parece que no hay lugar para autocríticas en el balance de su experiencia en el área. Así como no respondió a los dardos envenenados de Losada, tampoco dijo una palabra cuando el comisario Alejandro Druetta terminó condenado por integrar una red narco.
Pullaro ya adelantó algunas medidas en seguridad de lo que sería su gobierno, como endurecer las condiciones de detención de los presos de alto perfil o profundizar el despliegue operativo de la policía en la calle. Ahora el contexto es diferente de aquel que se le presentó en 2015 como ministro de Lifschitz: los narcos están presos y lo que se llama crimen organizado son bandas atomizadas. Su intervención en el área parece proyectarse exclusivamente con un diseño represivo.
Lo significativo del caso Druetta no fue la participación de dos policías en el gerenciamiento del narcomenudeo –como estableció esa causa— sino las revelaciones respecto a que el negocio completo de la droga era controlado por la policía de Rosario en base a un sistema de “abonados”. Eso que declararon los testigos en la investigación judicial no llevó a que la Justicia iniciara otras causas ni a que los políticos de los partidos mayoritarios reflexionaran sobre las prácticas policiales que convalidaron. Ese sería otro interrogante de un gobierno de Maximiliano Pullaro: cuál sería su relación con los mandos de la policía.
Cuando Juan José Muga, condenado en una causa federal, entregó una lista de policías que protegían al narcotráfico en Santa Fe el ahora candidato a gobernador dijo que no podía removerlos de la fuerza sin una resolución judicial. Pullaro dijo entonces que no podía suscribir la declaración de un narcotraficante. Pero lo hizo cuando respaldó a Druetta. La vigencia de este episodio surge del modo en que revela las enormes dificultades de la política santafesina para lidiar con la corrupción policial, otro problema al que se enfrentará Pullaro en caso de llegar al gobierno.



































