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Panorama

J. E. King: Tijeretazos en la tevé

Los créditos o títulos de crédito consisten en la mención de las personas o individuos que han participado en la creación de una obra. Suelen estar al principio o al fin de la misma y el modo de hacerlo varía. Con gags de la película o serie de tevé de la que participan los mismos actores o dibujos animados. Uno suele reírse con los trucos fallidos de Jackie Chan o el dibujo animado que nació presentando y cerrando una comedia cinematográfica de aventuras y acabó por ganar la pantalla como La Pantera Rosa.

Hoy, cuando la pandemia nos mantiene pegados gran parte de las horas frente al televisor y a la confitería más cercana, nuestros entretenedores han sacado de las perdidas alacenas series y películas de años atrás. Hasta acá todo muy rico, diría un amigo. Sólo que desde hace un tiempo la mayoría de las emisoras han optado por cortar los créditos. Alguien decide cuáles son menos importantes o bien pasarlos en tamaño diminuto y a toda velocidad como si fueran un enjambre de avispas mientras al mismo tiempo arranca la siguiente programación. Ni un superhéroe de vista atómica podría leerlos.

Se trata de una burda maniobra para incumplir con la ley de derechos de autor y así recuperar tiempo de emisión. Porque si el tiempo es oro, en publicidad es aún más valioso o costoso. Todo vale para estos atrevidos energúmenos, frustrados aprendices de cineastas que pretenden imponerse a un director, a un editor, guionista, en fin, a todo ese valioso ejercito de la cultura, malversando su obra. Un corte acá, otro allá, da igual. Y hasta las películas terminan mostrando saltos inexplicables deformando su contenido. Sí. Deformando y hasta cambiando finales. Referencias hay varias. Érase una vez en el Oeste, del gran maestro Sergio Leone, y gallegamente presentada como Hasta que le llegó su Hora, no escapó a la mutilación. Debe suponerse habrá muchas más. A mi memoria le parece que es así al menos.



Pero vayamos a este otro ejemplo de Un Día Para Sobrevivir o Infierno Blanco (The Grey, en el inglés original). El protagonista principal es Liam Neeson. Cuando arrancan los créditos del final muchos espectadores comienzan a abandonar sus butacas en el cine aunque nunca se haya visto la palabra fin. El que se queda sentado terminando los restos fríos y duros de pororó, se sorprende al ver, entre los créditos, las últimas escenas finales. Pero vayamos fuera del cine. El control lo tiene el dueño de casa pero lo manejan desde lejos. Y el final es un capricho ajeno. Pero que no cunda la indignación y ordenemos esto.

En rápido trazo digamos que una manada de lobos hambrientos persigue a un puñado de sobrevivientes de un accidente aéreo que buscan llegar a la civilización cruzando un desolado desierto helado en Alaska. Cuando ya no quedan más que uñas mordisqueadas y ningún hijo o nieto se atreve a cruzar delante de la pantalla aunque tenga que ir al baño, llega el esperado enfrentamiento entre los líderes de las dos manadas. Neeson y ese lobo pardo más malo que un político corrupto. El tipo saca su navaja, encendedor, un sacacorchos, en fin, todo lo que pueda herir al contrincante de envidiable dentadura. Y llega la hora del duelo y él dice ’morire o viviré en este día’. Frase poderosa para la posteridad. Con ‘la suerte está echada’ bastaba. Pero todo tiene una explicación. No esperen que cuente toda la historia. Y se congela la imagen. No cabía otra cosa con más de treinta grados bajo cero.

Y los créditos ruedan y se van achicando. Final abierto concluye el espectador televisivo con sus dedos clavados al sillón de cuero porque, recordemos, uñas no le quedan. Y no hay nadie que le diga que no. Que no hay final abierto. La escena en verdad seguía con Liam mirando el cuerpo del enorme lobo demoníaco exánime frente a él, despeinado y en cuclillas. Ganó la batalla. Está herido pero venció. Pero nadie puede verlo. Y el televidente, medio noqueado y licenciado en virus, desencantado porque no quiere apostar por ningún contendiente, supone que murieron los dos. O no. No sabe. Duda. Todo culpa de la maldita grieta. Cambia de canal y le pregunta a la mujer si no hay alguna comedia para ver. Que ya está harto de las series policiales nórdicas. No te escucho, le responde ella, que está cocinando. Y una vocecita lo trae a la realidad menos dura, gratificante. ¿Abuelo: podemos ver Paka Paka? The End.



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