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Política

La celda de Esteban Alvarado fue durante años un lugar de peregrinación del crimen organizado

La celda de Esteban Lindor Alvarado fue durante años un lugar de peregrinación del crimen organizado. Sicarios, testaferros, barrabravas, lavadores de dinero y otros personajes de la delincuencia rosarina -con rigurosa excepción de los miembros de la competencia, la banda de Los Monos- acudieron rutinariamente a la cárcel de Campana primero y de Urdampilleta después para conferenciar con el capo, según una investigación de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que expuso el oficial Emilio Maximiliano Lencina en el juicio por el crimen del prestamista Lucio Maldonado y otros graves delitos adjudicados a la banda.

Jorge Benegas, mano derecha de Alvarado en la organización, según la reconstrucción de los fiscales Luis Schiappa Pietra y Matias Edery, era quien manejaba la agenda de entrevistas en las cárceles. En realidad cumplía las órdenes del jefe: “Alvarado le decía quién tenía que visitarlo, e incluso qué día”, dijo Lencina en un tramo de su declaración.

Ex jefe de la Unidad de Delitos Complejos de la PSA en la Regional Litoral, Lencina condujo una investigación realizada en conjunto con la Gendarmería Nacional a partir de una denuncia recibida por la Justicia Federal el 9 de abril de 2013. Después de identificar a Luis Medina como “el más importante de los narcos en Rosario”, la declaración de un testigo de identidad reservada distinguió entonces cinco niveles en la organización, identificó a algunos sus presuntos integrantes y a policías y funcionarios provinciales en el rol de protectores.

La denuncia mencionó también a Esteban Alvarado -hasta entonces solo investigado por el robo y desguace de autos de alta gama-, Luis “el Pollo” Bassi -“es el brazo armado de Medina”-, Gustavo “el Tuerto” Cárdenas -con bunker en Tarragona al 1100, condenado en 2019 por la Justicia Federal a nueve años de prisión por tráfico de drogas-, “el Negrito José” -José Arandia Chinen, sicario de Alvarado y buen amigo del comisario inspector Hugo Cabral, según el testigo- y el sargento Juan “Chavo” Maciel, el informante de Los Monos, entre otros. También aparecían Ana Viglione y Andrés Ferrato, entonces a cargo de la Secretaría de Delitos Complejos.

El registro de visitas en las cárceles permitió ubicar a Alvarado como una pieza que armaba el rompecabezas del crimen organizado. Actores en principio desconectados en el movimiento del narcotráfico coincidieron en contarse entre sus contactos, como fue el caso de Carlos Alejandro “Cali” Paz -integrante de la banda de Thierry André Polus, “El rey de la marihuana” afincado en Granadero Baigorria-, el oncólogo Gabriel Esteban Zilli -condenado en el caso del “narcoarroz” como parte de una estructura con sede en Colombia- y de integrantes de la banda de Ignacio Actis Caporale, el narco al que protegía el ex comisario Alejandro Druetta.

Otras visitas notables fueron las de los barrabravas Andrés “Pillín” Bracamonte y Mario Sebastián Visconti -ejecutado en junio de 2016 después de ser invitado a dar un paseo, según un clásico ritual mafioso- y la de Emanuel Sandoval, Ema Pimpi, poco antes de que baleara la casa de Antonio Bonfatti en momentos en que el entonces gobernador cenaba con su esposa.

El 18 de octubre de 2013 el fiscal de San Isidro Patricio Ferrari ordenó el allanamiento de la celda de Alvarado en Campana. Nuevas escuchas telefónicas habían detectado las comodidades y favores que le tributaban miembros del Servicio Penitenciario bonaerense. “Tenía una oficina en su lugar de detención”, recordó Lencina al declarar ante el Tribunal. El nuevo destino de Alvarado fue la unidad 17 de Urdampilleta, en el partido de Bolívar.

Pacto entre delincuentes

El miércoles fue el turno de Cristian Magnoli, comisario inspector de la DDI de San Isidro que supervisó el operativo de captura de Alvarado en agosto de 2012, en la causa por robo y desguace de vehículos. Otra investigación que hubo que poner a cubierto de la policía rosarina, involucrada en el encubrimiento.

Magnoli precisó que “la mano de obra (los que se encargaban del robo de vehículos) era del ámbito local” y que el funcionamiento estaba tan aceitado que llegaron a levantar tres autos por día. “Se venía manejando desde mucho antes y el que comandaba esto era Esteban Alvarado; había mucha disponibilidad de plata, de efectivo diario, y una muy clara connivencia con policías de Santa Fe, se lo habilitaba a hacer esto”, dijo el policía de San Isidro.

El pacto de Alvarado con la policía rosarina tenía una condición. “Los autos tenían que ser robados en la provincia de Buenos Aires”, dijo Magnoli. Había que cuidar la estadística sobre delitos y “los hechos positivos” de la policía en la provincia, y como parte de ese arreglo Alvarado devolvió tres autos que habían sido robados en Rosario y que le reclamaron sus socios de la Policía de Investigaciones a fin de mantener sin máculas su fachada como representantes de la ley.

Magnoli dio detalles de la captura de Alvarado, que en principio se fugó en auto de su casa y luego se entregó en la estación YPF de Pellegrini y Perú, donde solía atender sus negocios. La declaración alternó con una sucesión de audios que expuso las gestiones del abogado Claudio Tavella para frenar el procedimiento con efectivo en mano: “Poné lo que haya que poner”, le ordenó Alvarado, que no se fijaba en gastos para conservar su libertad.

Las escuchas divulgadas en el juicio permitieron seguir paso a paso el operativo de detención y la sorpresa de Alvarado ante el procedimiento -“no lo puedo creer” dijo en un momento de confusión, cuando creyó que lo buscaban los jefes de la Policía de Investigaciones a los que sobornaba-, el compromiso de los policías en la protección -“mi obligación es avisarte”, expresa uno de ellos- y el argot con que aludían a las coimas -“el secretario del jefe me pidió una atención”- y a los autos -“el bicho” era la alarma satelital.

Enviado primero a la alcaidía de la Unidad Regional II, donde gozó de comodidades y de un régimen muy relajado aunque ya no estuviera su amigo Néstor Arismendi como jefe de la policía de Rosario, Alvarado fue trasladado más tarde a Campana. Fue la hora de barajar y dar de nuevo.

Narcopolicías en acción

La denuncia del testigo de identidad reservada de abril de 2013 se asoció después con otra investigación iniciada “en septiembre, octubre de 2013”, según la declaración de Lencina, donde había escuchas por la fuga de un preso federal que estaba detenido en el ámbito de la policía de Santa Fe. Las comunicaciones comprometían a integrantes de la División Judiciales de la Unidad Regional II, y entre ellas hubo una conversación en la que participaron Germán Almirón y el suboficial principal Luis Ramonda:

-Almirón: ¿Quevertoque tiene llegada a Medina?

-Ramonda: Creo que a Medina, no. Pero sí a Alvarado.

Según recordó Lencina en su extensa declaración, Ramonda fue uno de los tres agentes de la División Judiciales que intentaron ingresar al domicilio de Luis Medina en el country de Pilar después del asesinato del empresario narco. Pero el dato más significativo era el personaje sobre el que transcurrió esa conversación: “Quevertoque ingresa a nuestra investigación. Es el disparador”.

El historial delictivo del ex comisario Luis Quevertoque es conocido y culminó con la condena que aceptó en 2020 al cabo de un juicio abreviado. Ya en el juicio contra Los Monos el ex comisario Gustavo Pereyra lo identificó como socio de Alvarado. Pero en su declaración Lencina aportó datos que lo ubican no solo como protector sino también como organizador de narcotráfico.

La intervención del teléfono de Quevertoque puso a la PSA en la pista de Aurelio Tanzi, un transportista que actuaba como “corredor del narcotráfico” en compañía de Gustavo Suárez. “Tanzi hablaba constantemente con Quevertoque y tenía el contacto con el proveedor de la marihuana, en Corrientes”, dijo Lencina, y en otro pasaje redondeó: “(José Luis) Britez, Quevertoque y Tanzi se reunían para organizar el transporte de drogas desde Corrientes”.

El oficial de la PSA pareció todavía asombrado por el grado de participación de Quevertoque en el narcotráfico. Al mismo tiempo que conducía la Brigada Operativa de la División Judicial, y en ese carácter pasaba por implacable perseguidor de Los Monos, el comisario hizo de puntero para Tanzi, como se llama en el ambiente narco a la persona que advierte sobre operativos policiales en la ruta a los que transportan droga.

En otra comunicación interceptada en la época, el comisario principal Raúl Saccone y el sargento Ariel Lotito consideraron la situación de Gustavo Pereyra, a quien la División Judiciales proyectaba inmolar como “la cara de la corrupción policial”. El elenco de esa Armada Brancaleone de la policía rosarina -entre ellos el jefe, Cristian Romero- fue relevado por el Ministerio de Seguridad en abril de 2014, después que Lotito hiciera una demostración práctica a tres periodistas sobre cómo se podía fraguar una prueba en video.

Las investigaciones de la PSA y la Gendarmería Nacional comprobaron que Luis Medina “viajaba cada diez o quince días a Rosario para arreglar el amparo policial a cambio de plata”. Los policías llamaban Luz Mar al empresario que fue asesinado en diciembre de 2013 por un grupo que habría estado integrado por seis personas. “La conclusión era que estaba amparado por policías de la División Judiciales”, agregó Lencina.

Al cruzar las agendas de Alvarado y Medina, derivadas de equipos secuestrados por orden del fiscal federal Ferrari, surgieron coincidencias relacionadas a dos personas, “una imputada en la causa Actis Caporale”, y la otra mencionada en la denuncia de abril de 2013: Jonatan Omar Privitera, “el gordo Johnny”, contacto de Medina, Alvarado, Quevertoque y José Luis Britez, alias la Tota, quien compartió viajes a Paraguay junto a Lucio Maldonado.

En el cierre de su declaración, Lencina precisó el nexo de la organización con Actis Caporale: una hermana de “Ojito” y Maximiliano Rodríguez, parte de su entorno, aparecían ya registrados como visitantes de Luis Medina en el country de Pilar donde exhibía un poster gigantesco de Scarface, el narco interpretado por Al Pacino en la película de Brian De Palma. “A esto debemos sumar que un policía de la provincia, Vargas, también era visita de Medina”, agregó Lencina. La pata de la policía santafesina era infaltable.

La investigación quedó interrumpida en 2015, pese a las revelaciones sobre la organización de Alvarado. El ex fiscal federal Marcelo Di Giovanni, quien estaba a cargo, declaró antes que Lencina en el juicio y se excusó reiteradamente por las fallas de su memoria: “Mucho no recuerdo”, “Teníamos tanta actividad que no me acuerdo”, “Me parece, no estoy seguro”, “Teníamos 1600 causas en esa época”, dijo, y tal vez haya aportado así una clave: la de Alvarado, Medina y la narcopolicía santafesina parece haber pasado como una causa más para la Justicia Federal.

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