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Política

Nilda Folch, acusada de colaborar con la dictadura: “Fui perseguida por los represores y por mis ex compañeros”

El 13 de junio no es una fecha cualquiera para Nilda Folch. Ese fue el día en que recuperó la libertad en 1977, después de pasar siete meses secuestrada en la ex Jefatura de Policía de Rosario. De los sótanos del centro clandestino fue llevada a la iglesia de Zavalla, donde Agustín Feced, entonces jefe de policía, impuso su casamiento con Ricardo Miguel Chomicki. Y el mismo día, este año, un Tribunal condenó a dos represores por la violación de la que fue víctima al ser detenida.

Folch nunca dio entrevistas hasta el momento. Su nombre, junto con los de Ricardo Miguel Chomicki, Graciela Porta y José Baravalle —se suicidó en Italia, el 14 de agosto de 2008, antes de ser detenido por Interpol— fueron mencionados por otros sobrevivientes como colaboradores de la patota de Feced. “Fui perseguida primero por los represores y después por mis propios compañeros. Nunca me llamaron como testigo. Desde un principio me acusaron de los delitos más aberrantes, desde participar en torturas hasta salir a marcar gente por la calle”, dice.

El juicio por los delitos que sufrieron los cuatro ex detenidos se realizó ante el Tribunal Oral Federal número 2. En el transcurso de las audiencias declararon Chomicki y Folch, mientras que Porta, residente en Italia desde que recuperó la libertad en 1979, se remitió a un testimonio que dio en ese país el 29 de julio de 2009, en el que se definió como víctima de la dictadura. También hubo una inspección al sitio donde funcionó el centro clandestino y compareció otro sobreviviente, José Aloisio, propuesto como testigo por el defensor de uno de los acusados, Julio Héctor Fermoselle.

El Tribunal integrado por Jorge Sebastián Gallino, Cintia Graciela Gómez y Mateo Busaniche condenó finalmente a Mario Alfredo Marcote, conocido como el Cura, a diecisiete años de prisión por privación ilegítima de la libertad agravada contra Folch, Baravalle, Chomicki y Porta, la aplicación de torturas a Chomicki y violación agravada de Folch, “calificando todos los delitos de lesa humanidad”. A través de juicios previos, “ya fue señalado como el violador del Servicio de Informaciones”, afirmó el fiscal Adolfo Villatte.

Julio Héctor Fermoselle fue a su vez condenado a catorce años y seis meses de prisión por privación ilegítima de la libertad agravada en perjuicio de  Folch, Chomicki y Porta y por violación agravada en perjuicio de Folch.

“La pesadilla todavía no terminó”, dice Folch, ya que aún no fue identificado el tercer policía que participó en la violación. No obstante, se manifiesta satisfecha y emocionada ante el fallo: “Quería justicia y que se conociera la verdad de mi historia”.



La militancia y la caída

Después de pasar años fuera de la ciudad y del país, Folch volvió a radicarse en Rosario con el comienzo del juicio. La entrevista transcurre con la condición de no tomar fotos, en uno de los bares de la esquina de Alem y Pellegrini, que le queda de paso para unos trámites.

Su historia previa a la detención es poco conocida. Folch comenzó a militar políticamente en la Escuela Superior de Comercio, donde cursó el secundario. Ya por entonces le decían la Polaca. En 1973, elegida delegada de curso, se integró a la Unión de Estudiantes Secundarios y conoció a Chomicki. A fines de 1975 fue trasladada a la estructura militar de Montoneros; el informe Sotera, un dossier de inteligencia del II Cuerpo de Ejército sobre la organización armada, la registró con el alias de Victoria, su nombre de guerra.



Después del golpe militar la represión desarticuló las organizaciones de superficie de Montoneros. “En junio de 1976 prácticamente toda la UES había caído en Rosario. En esa época yo vivía con mi abuela, en Necochea 3320. Me tuve que ir, porque cantaron la casa y hubo un allanamiento muy violento, donde destrozaron cosas y golpearon a mi abuela”.

El cerco policial se cerró poco a poco sobre sus pasos. “Primero fui a la casa de una amiga —cuenta Folch—. Después nos instalamos con Ricardo en una casilla por la zona de Felipe Moré y Mendoza. Era una casa operativa (lugar donde se guardaban armas). Nos quedamos hasta que Raúl Bustos nos avisó que habían detenido a una compañera, en un allanamiento donde hubo varias muertes, y el lugar ya no era seguro”.

Después de ocultarse donde los encontraba la noche —“dormimos a la orilla del río, a la intemperie”— Folch y Chomicki fueron detenidos por la policía el 1° de diciembre de 1976 en la esquina de Alberdi y Juan B. Justo y conducidos al centro clandestino del Servicio de Informaciones.

“Toda la UES había caído y la estructura militar de Montoneros era muy cerrada, no nos conocíamos los nombres —sigue Folch—. Dicen que yo denuncié a gente pero la verdad es que no tenía a quién cantar. Y fue por eso, porque no tenía datos, que me violaron”.

Folch fue sometida a la rutina siniestra del centro clandestino: torturas con picana eléctrica, golpes, amenazas. “Lofiego me dijo: Te vamos a dejar un rato para que hagas memoria. Y cuando volvió, como no tenía nada para decirles, me violaron. A Ricardo le dijeron que escuchara cómo violaban a su noviecita. Y Lofiego me advirtió que esa vez habían sido tres y la próxima serían seis”.

El pacto de silencio entre los represores todavía se mantiene. “Marcote y Fermoselle saben quién fue el tercer policía que participó en la violación, pero nunca lo declararon”. Folch se indigna por la soledad en que transcurrió el juicio iniciado el 28 de marzo en los Tribunales Federales: “¿Por qué no me acompañó ninguna organización de derechos humanos, ninguna organización de mujeres?

La intervención del entonces jefe de policía de Rosario cambió inesperadamente la historia en el centro clandestino. “Feced iba a ver a todos los secuestrados —cuenta Folch—. Un día me llaman y me quitan la venda para ese encuentro. Cuando me ve se queda así (hace una expresión de asombro) y de pronto me empieza a pegar cachetadas y a decirme mocosa de mierda, por qué te metiste en esto. Me vio parecida a su hija, con la que tenía problemas”.



En la noche del 17 de diciembre de 1976 Chomicki y Folch fueron llevados con otros secuestrados a la guardia del Servicio de Informaciones. “Nos traen ropa limpia y nos hacen bañar. Supuestamente nos trasladaban a una cárcel”, recuerda Folch. El resto del grupo estaba integrado por Nora Elma Larrosa, Rodolfo Raúl Segarra, Horacio Humberto Melelli, Alberto Cristián Azam, Segundo Severino Núñez y Carlos Maximiliano Aguirre.

“Antes de salir una voz dijo: El Cady y la Polaca se quedan. No sé quién fue porque estábamos vendados”. Los otros seis prisioneros fueron asesinados horas después cerca de la comisaría de Ibarlucea en lo que se presentó como un enfrentamiento: “Nosotros teníamos que haber estado ahí”.

Chomicki y Folch volvieron a la rotonda del Servicio de Informaciones. “En un momento recibo una bandeja con una manzana, galletitas, un jabón y un cepillo de dientes. Yo no entendía nada, hasta entonces tomábamos un agua sucia y no teníamos nada para comer”. El gesto provenía del propio Feced: “Después nos hizo llamar y nos dijo que si él comprobaba que no habíamos matado a nadie nos iba a ayudar”.

Al tomarlos bajo su protección, Feced provocó un enfrentamiento entre Folch y Chomicki y el resto de los secuestrados que persiste hasta hoy y parece de muy difícil conciliación, a diferencia de lo que ocurrió con procesos judiciales que favorecieron diálogos y acercamientos entre sobrevivientes que durante años estuvieron distanciados por sospechas y acusaciones mutuas, como el de la causa Esma.

“Ricardo pasó cuatro años preso por las cosas que se dijeron de él. No hubo una sola persona que probara que él secuestró a alguien o que por sus dichos secuestraron a alguien”, dice Folch. En 2008, al ser detenido, los presos del pabellón de detenidos por causas de lesa humanidad rechazaron su ingreso a la cárcel de Marcos Paz. “Los únicos que no creen que fui montonero son mis ex compañeros”, declaró Chomicki en la causa Díaz Bessone, cuando también dio cuenta de haber recibido amenazas del ex comisario Miguel Etchecolatz.


Fotografías: Espacio para la memoria – Ex Servicio de Informaciones, Pablo Tesoriere | comisionporlamemoria.org

Chomicki y Folch fueron legalizados el 15 de febrero de 1977. Permanecieron en el centro clandestino, en un sector con dos literas y una pequeña cocina contiguo a la sala de torturas, obligados a hacer trabajo esclavo. “Seguíamos siendo secuestrados y estábamos sometidos a la voluntad de la patota”, destaca Folch.

En Mar del Plata, donde se instalaron y trataron de rehacer su vida después del cautiverio, Chomicki y Folch recibieron amenazas e intimidaciones en nombre de Feced que se intensificaron a medida que se acercaban los juicios por la represión. En 1984 la Policía Federal se presentó con órdenes de captura: Chomicki quedó detenido y Folch se escondió en la casa de una tía, en Córdoba: “Nunca nos llamaron como víctimas. No me dieron la posibilidad de hablar ni tuvieron en cuenta la denuncia de mi violación”.

Con la reapertura de los juicios, hubo una nueva orden de captura. Folch estuvo presa entre septiembre y diciembre de 2004 en Rosario —“pagué una fianza de 50 mil pesos; a Marcote, que salió un día antes, se la fijaron en 12 mil”— y en febrero de 2005, cuando supo que sería nuevamente detenida se fue a Paraguay.

Durante ocho años se mantuvo prófuga de la justicia, situación que, ironiza, podría incluirse en el libro Guinness: “Mi hijo menor, de 12 años, debió quedar a cargo del mayor, de 23. En Asunción, donde me instalé, la pasé muy mal al principio. A los cuatro o cinco meses empecé a trabajar como cosmiatra y pude mejorar mi situación. Pero estuve tres años sin ver a mis hijos”. La resolución de la causa Díaz Bessone, en 2012, la sobreseyó al tiempo que absolvió a Chomicki.

“Conviví con mis violadores. ¿Hay una tortura peor? —se pregunta Folch— Por eso me emocioné muchísimo con el fallo. Yo tendría que haber tenido justicia con mis compañeros. Este juicio debió haberse realizado mucho antes. Impulsé esta causa como mujer, porque ninguna mujer debe callar una violación aunque cueste exteriorizarla, y porque siempre quise que se conociera la verdad”.


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