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Cultura

¿Quieres no ser Vincent van Gogh?

Vincente llega en bicicleta a las puertas de ingreso al público del Centro de Expresiones Contemporáneas con su entrada para la muestra van Gogh. Experiencia de arte inmersiva.

Es un jueves de sol, extrañamente caluroso por ser 16 de junio, primer día de la exposición en Rosario. Viene de atravesar el centro de la ciudad, sorteando interminables embotellamientos, absorto en su preocupación de no llegar a tarde a su turno: las 11 de la mañana.

Pero llegó en buen tiempo, faltan diez para las once. Hay formada una fila de doce personas, pregunta si es para el turno de las 11 y le dicen que sí, y se forma. A los dos minutos llegan dos chicas de unos 25 años, y al sumarse a la fila una reconoce a Vincente, y le dice: “Vincente ¿sos vos?”. Y él le responde:

—No, no soy Vos, soy Vincente. ¿Cómo andás, Cami?

—Bien, loquito, muy bien. ¿Sacaste entrada para las 11?

—Sí.

–Perdón, no los presenté. Ella es mi amiga Liza.

Liza y Vincente se saludan. Cami le cuenta a su amiga que Vincente es compañero suyo en la Escuela de Bellas Artes, y le pregunta a él:

—Decime, ¿a vos te pusieron Vincente por van Gogh?

—No, me lo puso mi vieja por Vincente Minelli, un director de cine del que era fanática. Le ganó la pulseada a mi viejo, que quería ponerme Franz, por Kafka, su escritor predilecto.

—¡Claro! —interviene Liza— Minelli fue el director de Lust for life, que en castellano le pusieron Sed de vivir, o El loco de pelo rojo, con Kirk Douglas como van Gogh y Anthony Quinn como Gauguin. Un clásico entre los clásicos. Pero a mí el van Gogh que más me convenció fue el de Tim Roth en Vincent y Theo, de Robert Altman, pero tampoco me cayó mal el de Willem Dafoe en van Gogh a la puerta de la eternidad, que sin dudas tiene al mejor Gauguin en Oscar Isaac, y que la dirigió Julian Schnabel, que es pintor antes que director, e hizo una joya con Basquiat… Y ni hablar de La escafandra y la mariposa, que es un peliculón… Pero me estoy yendo de tema… disculpen.

—Para nada —dice Vincente—, yo no vi ninguna de esas películas. No me gusta mucho el cine, aunque les parezca una locura. Tal vez sea por resistencia a la locura de mi vieja, que es una cinéfila enferma…

Camila, que escuchaba atentamente, da su opinión:

—A mí me gusta el cine. A esas que decís vos las vi todas, y no sé cuál es el van Gogh que más se puede ajustar a la imagen física y a su personalidad, porque el loco sí que se dejó conocer. Con sus dibujos, sus pinturas y su manera de pintar y dibujar, y por sus cartas. Que nadie diga que no se expresó… En cuanto a lo físico, el que más se le parece, teniendo como data el montón de autorretratos que hizo, tal vez sea el francés Jaques Dutronc en van Gogh, de Maurice Pialat, y por su modo de ser está muy bien Benedict Cumberbatch en van Gogh: Painted with words, un docudrama de la BBC para televisión…



En eso la fila comienza a moverse. Dieron ingreso y los asistentes a la muestra van sacando sus teléfonos para mostrar la entrada. Lo mismo hacen Vincente, Liza y Cami.

—Bueno —comenta Cami—, vamos a ver cómo es esto de inmersionarnos en el arte de van Gogh.

—Querrás decir inmergirnos —replica Vincente—. ¿O será inmersivarnos? Porque es arte inmersivo… Me confunde. Acá lo dice: “experiencia de arte inmersiva”.

—Acá lo busqué en Google —tercia Liza, y lee —: “Inmergir. Verbo activo transitivo. Es un término de uso anticuado, se trata de sumergir, hundir o mojar un elemento, cuerpo o cosa con un fluido o líquido hasta que se cubra en su totalidad; o en una sombra. Y de inmersión dice la RAE: acción de introducir o introducirse plenamente alguien en un ambiente determinado. Y también salta inmersiva: que simula un ambiente tridimensional en el cual el usuario percibe a través de estímulos sensoriales. Pero este último es de un diccionario de neologismos… Perdón, no aclaré nada. Siempre me pasa, más investigo, más me confundo. Hubiera sido mejor que pusieran: una exposición para entrarle al arte de van Gogh. No sé, digo…— pero no sigue porque ya están entrando al enorme galpón ferroviario, reconstituido, del CEC.

Lo primero que encuentran son unos paneles tridimensionales que simulan pedazos de paredes blancas de un supuesto museo, en los que cuelgan pósters con reproducciones de cuadros de VVG y otros con explicaciones sobre los mismos. A poco de iniciar el recorrido planteado los tres jóvenes se miran y se reconocen decepcionados por igual. El primero en decir algo es Vincente: “Me parece que esto es para la gilada. Estas reproducciones aplanan más que resaltan las pinceladas recontracargadas del loco. Se ve que trataron de buscar un efecto óptico para que pareciera que tienen algo de volumen, pero sólo si te parás en cierto punto. Te movés un poco y chau efecto”.

—Sigamos —dice Liza—. Esto está de relleno. Veamos lo otro, lo digital, las nuevas tecnologías, la realidad virtual…



Entonces avanzan, van sorteando los paneles, y a poco de avanzar ven pequeños grupos de personas que esperan turno para sacarse fotos en una escenografía: una mesita y dos sillas que “formarían parte” de la “Terraza de café por la noche”. Pero no les llama la atención y siguen hasta el espacio más grande, los 350 metros cuadrados en los que se proyecta con “la más moderna tecnología”, en las cuatro paredes (sobre telas de cuatro metros de alto) y en el suelo, una sucesión de imágenes con fragmentos u obras completas del neerlandés, mientras una voz en off va leyendo partes de algunas de las cartas que escribió a su hermano Theo, con acompañamiento, intercalado, de música y sonidos.

En la “sala” hay entre 40 y 50 personas, paradas o sentadas en el suelo o en alguna de las 20 sillas de plástico negro distribuidas azarosamente. La mayoría mira hacia una pared, como no pudiendo evitar que siempre haya un frente. Algunos se adelantan y se toman, o toman, fotos. Otros filman. Unos pocos miran en derredor. Nuestros tres jóvenes se sientan en el suelo, en lo que sería el medio de la sala, y prestan atención a lo que dice la voz desde unos parlantes surround.

A los pocos minutos de no escuchar ni ver (hasta ese momento, de la “experiencia de estimulación multisensorial” sólo aprovecharon la vista, el oído y la propiocepción) nada nuevo, o al menos nada nuevo respecto de la obra y la vida de van Gogh, comienzan a conversar en voz baja para no molestar a los neófitos que, embelesados, sucumbieron al eslogan que los mandó a sentir “un momento único”.

Mientras “la vuelta” de la “película” (que dura unos 30 minutos) se desarrolla, Liza se queja ante sus compañeros de aventura: “Che, hasta ahora me parece una chantada. Yo pensé que iba a ser algo así como entrar en la visión de van Gogh como los personajes de ¿Quieres ser John Malkovich? entran en la conciencia, y ven y sienten lo que ve y siente John Malkovich…”

—Ja —ríe Cami—. Qué ilusa. O temeraria, porque el loco de van Gogh quedó loco, atrapado en la bipolaridad, que es la aternancia sin descanso entre la manía y la depresión, por sus trastornos de afectividad con respecto a su padre, que era un pastor calvinista muy cerrado de mente, y además padeció de sífilis, fue adicto a la absenta y sufrió por varios amores no correspondidos, especialmente una prima, que lo rechazó mal, y Gauguin. Por la prima se cocinó una mano con una vela, y por Gauguin se cortó la oreja izquierda…

—Cosa jodida la bipolaridad —interviene Vincente—. Es otro nombre para la psicosis… Porque todos, quien más, quien menos, alternamos entre la manía y la depresión todo el tiempo, esa sería la raíz de la angustia existencial, tal vez una manera de sobrellevar, u olvidar, la brevedad del tránsito hacia la inevitable muerte, o la transmigración, o paso a mejor vida, como quieras llamarla. Pero de ahí a decir que la genialidad, la sensibilidad extrema, lleva irremisiblemente a la locura… No sé… Sería como decir que la locura es el camino a la genialidad.



En ese momento, tras llenarse las paredes y el suelo con imágenes de “Trigal con cuervos” (una de las últimas pinturas de van Gogh), la voz en off se silencia, un apagón deja todo a oscuras, y se escucha, a máximo volumen, el sonido de un disparo de arma de fuego. La oscuridad se prolonga durante unos largos y ominosos segundos, y entonces se proyecta, en las cuatro paredes y el suelo, el cuadro “Calavera con un cigarrillo”.

A la luz de los blancos de la calavera multiplicada Vincente exclama: “¡Acabásemos! Lo único que faltaba. La manipulación del espectador. Maldito Stefano Fake”. Liza pregunta:

—¿Quién es Stefano Fake?

—El curador de la muestra. Un italiano.

—¿Se llama así? ¿Fake? ¿Por falso? —quiere saber Camila.

—No sé si es un apodo o el nombre real. Así figura en todos lados. Buscalo en Google. Vamos, salgamos.    

Aunque no se proyectó la palabra “fin”, hubo una breve pausa para el recambio de público, y a medida que iban saliendo de la “gran sala”, a pocos metros, observan una nueva cola de gente esperando su turno para entrar a un pequeño cuarto (unos 5 x 5 metros) recubierto de espejos en el que se proyectan cuadros digitalizados a los que, al igual que en el gran salón, se dotó de “movimiento”: girasoles que caen como lluvia, estrellas fugaces que cruzan cielos estrellados, pájaros negros que sobrevuelan vegetaciones amarillas.

Allí muchos de los que entran lo hacen para sacarse fotos, y algunos tropiezan, mareados por la ilusión, y se chocan con los espejos que multiplican profundidades. Esto causa risas. Los tres jóvenes que nos ocupan también ríen, pero no entran a sacarse fotos, apenas se asoman, ya casi entregados al ánimo de la decepción, y siguen sin mucho interés a la siguiente estación del recorrido planteado, que supone un plato fuerte, un postre potente, para salir con el hambre de recuperación de la plata invertida, en la entrada y la expectativa, satisfecha: 20 visores de realidad virtual que cuelgan sobre sendos taburetes acolchados desde una estructura de hierros rectangular que pende desde el lejano techo de chapas.


Fotografías: Tomás García Márques/Cadena3

Cami, Vincente y Liza se sientan en sendos taburetes contiguos, se colocan los visores y entran a la realidad virtual por primera vez en sus vidas. Los tres ven lo mismo pero no están juntos, ni hay otras personas en esa realidad. Es un mundo muerto captado por una cámara subjetiva. Tampoco hay ruidos, sonidos o música. No se sienten olores, ni se puede sentir nada con el gusto o el tacto. Sólo mirar como una mosca que sobrevuela un quirófano deshabitado y pintado con motivos similares a algunos de los cuadros de Vincent van Gogh.

A los tres o cuatro minutos Vincente, sintiéndose un poco mareado, se saca el visor y ve que Lisa y Cami siguen en ese mundo de terrorífica soledad. Pero enseguida, casi al unísono, ambas se sacan los visores. “¿Vamos?”, les dice Vincente, y los tres se alejan en silencio hasta unas mesas con sillas que a pocos metros ofrecen descanso. Más allá hay una barrita donde se venden cafés, gaseosas, medialunas, sanguchitos, juguitos, aguas.

Se sientan en una de las mesas. Aquí y allá hay papeles en blanco, crayones y unas plantillas con relieve que permiten colorear rudimentarios motivos vangohianos. Un par de padres con sus hijos laboran en eso. Algunos de los dibujos están expuestos en unos paneles de nerolite puestos ad hoc. Ninguno resalta. No están firmados. Nadie se sintió orgulloso de ellos.

Los tres se miran con desaliento, no saben si se sienten defraudados o saqueados de expectativas. Finalmente, Cami pregunta: “¿Y, pudieron ser van Gogh aunque fuera un poquito?”. Liza responde: “Yo sentí que se me impedía ser van Gogh”. Y Vincente: “Yo no tenía esa expectativa. Creo que buscaba respuestas a los enigmas que me planteaba mi fascinación por la obra de este loco. Y eso no lo encontré. Pero me llevo algo: ya sé que eso que llaman arte inmersivo es puro verso, potencia de nube a futuro incierto, que la realidad virtual es más fría que el Polo Sur, y que tengo que plantearme recorrer un poco el mundo para ver algunos originales de van Gogh para así, tal vez, entender en qué mundo, en qué realidad o en qué visión quiso meter al otro el loco de Vincent”.

—A mí —agrega Cami— me resultó mucho pero mucho más inmersiva, por ejemplo, la película Loving Vincent, en la que cada uno de los miles y miles de fotogramas es una pintura al óleo realizada a mano usando el mismo estilo de van Gogh, y pintadas por más de cien pintores diferentes.

Cuando salen al sol, ante la majestuosidad del Paraná y el recto horizonte de las islas soportando la inmensidad de azules del cielo, y mientras descienden una de las rampas de acceso al CEC, escuchan que un tipo grande, morocho, obeso y con anteojos de sol, aparentemente un periodista, le pregunta al guardia que está apostado junto a la puerta de ingreso: “¿Qué dice la gente cuando sale?”. Y el guardia le contesta:

—Escucho de todo. Algunos salen encantados, fascinados. A otros se ve que no les gustó, andá a saber por qué. 


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