El último relevamiento del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) presenta un cuadro del mercado de trabajo del Gran Rosario que podría sonar raro: todo sube. En el cuarto trimestre del año pasado crecieron el desempleo, el empleo, el subempleo y la tasa de actividad. Esta aparente paradoja es reflejo de la fragmentación y la precarización. También de la crisis económica que pulveriza ingresos y deteriora las condiciones de existencia. La propia lucha por la supervivencia alimenta una verdad estadística: la altísima presión a la que está sometida la dinámica laboral de la región.
Con la segunda tasa de actividad (52,5 %) más alta del país, la oferta de trabajadores crece en la región pero no encuentra cauce pese a que se crean empleos. Los nuevos puestos son precarios. Hay 90 mil personas que trabajan menos de 35 horas semanales. Si se suma a los desocupados y los ocupados demandantes, la población activa con problemas de empleo llega a 265 mil, casi el 37 % del total.
A nivel nacional la tasa de desocupación subió algo más de un punto, a 7,5 %. En Rosario ese indicador se movió menos. Solo medio punto respecto del mismo período de 2024, a 6,5 %. Incluso, con relación al tercer trimestre del año, bajó desde un enorme 8,9 %. Esta última es una comparación que hay que tomar con pinzas por la estacionalidad pero contribuye a tomar nota de la complejidad del cuadro.
Por ejemplo, el índice de empleo aumentó dos puntos en un año, a 49,1 %. Es el segundo más alto del país. Pero la subocupación aumentó más de cuatro puntos, del 8,4 % al 12,9 %. La tasa de actividad, que informa sobre el porcentaje de la población que forma parte de la fuerza de trabajo, también subió.
La caída de ingresos, la mayor oferta de mano de obra y la dificultad para absorberla con un empleo pleno domina la foto de la evolución del mercado laboral en este período. Se sumaron 5 mil desocupados pese a que se crearon 31 mil puestos. Es que la población activa subió en 37 mil. Además, con 36 mil nuevos subempleados, se podría decir que todos los empleados que se sumaron trabajan menos de 35 horas semanales pero también que otros 5 mil redujeron su jornada.

Un mundo en crisis
Para el economista Cristián Módolo, el mapa laboral ya no se puede explicar con una sola variable, como la del desempleo abierto o tradicional. “El problema no es sólo cuántos quedan afuera del sistema sino cuántos logran entrar y en qué condiciones se encuentran”, explicó. En ese sentido, los últimos datos dejan una escena incómoda: “El trabajo no colapsa pero tampoco crece, se transforma, y en esa transformación pierde densidad, estabilidad y calidad”.
Nuevas complejidades aparecen en los tres aglomerados que el Indec releva en la provincia. En el Gran Rosario dominan las jornadas recortadas, los ingresos insuficientes, las ocupaciones que no terminan de consolidarse. En el Gran Santa Fe, el desempleo bajó al 4,8 % y la subocupación se ubicó en 9,1 %. “Es un mercado menos tensionado pero también más estático, funciona como una economía que administra lo que tiene”, describió el economista. El corredor industrial de San Nicolás-Villa Constitución expone la furia del actual modelo, con un desempleo que saltó al 9,4 %. “No es solo precarización: es pérdida directa de empleo”, señala. La caída está asociada, además, a la crisis industrial.
Contra la “excepcionalidad santafesina” que imaginan algunos de sus líderes, la realidad laboral del conglomerado que puebla el límite entre Santa Fe y Buenos Aires une a estas dos provincias en la peor foto del país. Integra junto al Gran Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata y Río Gallegos el grupo de los cinco conurbanos que quedaron a las puertas de los dos dígitos. Apenas un escalón más abajo se ubicaron Córdoba (8,8 %), Río Cuarto (8,6 %) y Resistencia (8,2 %).
Para el economista de CP Consultores Federico Pastrana, las cifras nacionales indican que “los refugios frente al desempleo se empiezan a agotar”. La menor cantidad de puestos registrados privados impactó de lleno en la desocupación, a la vez que hubo “poca creación de puestos por cuenta propia y no registrados”.
Módolo agrega que, de la convivencia entre el desempleo y altos niveles de subocupación, emerge “un mercado laboral bajo presión”, en el que el trabajo formal “deja de ser garantía de estabilidad” y “se vuelve apenas un punto de partida”. Se desdibuja la frontera entre empleo e informalidad y queda “no solo un mercado laboral más débil sino un entramado social mucho más frágil”.
Cuestión de clase
Este cambio tiene consecuencias en la economía y en la política. Y dentro de esta última, en el rol de las organizaciones sindicales y sociales, muchas de las cuales estuvieron entre los sectores más activos en la pelea contra la política económica y laboral durante el verano caliente. No es casual que en este escenario, con el golpe todavía fresco de la aprobación de la reforma laboral, un grupo de sindicatos haya montado en la plaza San Martín la “carpa de la resistencia”. Un espacio de convergencia entre las luchas del movimiento obrero durante los cincuenta años que transcurrieron desde el golpe militar de 1976.
“Existe una tradición en el movimiento obrero en la que las carpas funcionan como espacios de encuentro y deliberación”, señaló Gustavo Terés, delegado seccional de Amsafe Rosario y secretario general de la CTA Autónoma Rosario. Entre martes y jueves, los organizadores propusieron una agenda de charlas y actividades orientadas a poner en perspectiva la situación de la clase obrera.

Victoria Basualdo, la reconocida historiadora que participó en las investigaciones sobre la responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad, fue una de las invitadas. Señaló que el “hilo conductor fundamental” que une las puntas de estos 50 años es “la enorme ofensiva contra la clase trabajadora y el movimiento sindical”.
“A lo largo de estas cinco décadas hubo distintos ciclos con intentos de avance sobre los derechos conquistados tras la Segunda Guerra Mundial, el de los años 70 buscó una reconfiguración brutal de ese legado de organización y condiciones de trabajo que hoy nuevamente se quieren modificar”, subrayó.
Hoy, denunció, se asiste a “otro escalón de esa misma ofensiva, intentando lograr lo que no se pudo completar en los 70, 80, 90 o durante el gobierno de Macri”. A su juicio, la línea histórica permite ver que el conflicto “trasciende la figura de Milei” y va al nudo de “la relación capital-trabajo”.
“Los autores de las reformas actuales, como el DNU 70, la ley de Bases o la nueva reforma laboral, no son los parlamentarios de la Libertad Avanza sino los abogados de los grandes grupos económicos que llevan décadas intentando reconfigurar el poder de la organización sindical en Argentina”, enfatizó.

Nuevas peleas
La carpa fue instalada por gremios que integran el Frente de Sindicatos Unidos (Fresu), el espacio que nuclea a un centenar de organizaciones entre las que sobresalen la UOM, ATE y Aceiteros, y que ganó la calle durante la pelea contra la reforma laboral.
Sus conductores se muestran decididos a sostener ese nucleamiento como referencia del sindicalismo combativo. Parte de su programa es la federalización. Por eso debutó con marchas en Córdoba y Rosario y, recientemente, estuvo en Tierra del Fuego apoyando las luchas de los metalúrgicos de esa provincia.
Para el referente de Soear, Marco Pozzi, la formación de este frente sindical es una respuesta a la “pasividad” y la “falta de ejercicio del músculo sindical” que ha permitido que los salarios caigan por debajo de la línea de pobreza. Pozzi señaló que existe un divorcio entre las bases, que demandan estar en la calle, y las dirigencias que han optado por la quietud en un contexto de ataque feroz a los derechos adquiridos.
Hace una semana, el Fresu presentó en Buenos Aires el reclamo de un salario mínimo, vital y móvil de 2,7 millones de pesos, calculado en relación al costo de una canasta de bienes y servicios que el ingreso del trabajador debe cubrir, según prescriben la ley de contrato de trabajo y la Constitución nacional.
El “salario aceitero”, con el que el gremio viene discutiendo paritarias desde mediados de la década pasada, se generaliza como consigna, aun en medio de una avasalladora ofensiva patronal. “Siempre sostuvimos que debe ser un piso para todos los trabajadores, sabemos que no es una conquista inmediata pero en estas luchas prevalece la persistencia”, arengó Pozzi .
Basualdo volvió a poner esta conclusión en perspectiva histórica: “Hubo una resistencia increíble de la clase obrera durante la dictadura, incluso en contextos terribles en los que se arriesgaba la vida en cada movimiento; se realizaron huelgas, sabotajes, trabajo a desgano y jornadas de protesta nacional. La lección, subrayó, es que “aun en las peores circunstancias, siempre hay maneras de dar la lucha”.


































