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Valeria, Galia y Julia Solomonoff, y la nueva generación neoyorkina, en 2012.
Valeria, Galia y Julia Solomonoff, y la nueva generación neoyorkina, en 2012.

Cultura

Una fraternidad rosarina en Nueva York

La mayor nació en París; sus dos hermanas, en Paraná, Entre Ríos. Pero crecieron y se educaron en Rosario, y se sienten rosarinas. Son Galia (57), Julia (55) y Valeria (52) Solomonoff, arquitecta, cineasta y bailarina respectivamente. Aunque llegaron en momentos diferentes a la Gran Manzana, las tres viven en Nueva York y conservan una relación fraternal muy cercana. Desde hace 18 años (la edad del hijo/sobrino mayor) Galia prepara el calendario familiar anual con fotos de ellas, de sus padres, de sus hijos. La unión es profunda y a prueba de todo. Pero ¿cómo empezó esta historia?

—(Galia) Nuestros padres emigraron a París por problemas políticos. Mi mamá, Doris Bellmann, y mi papá, Carlos Solomonoff, ambos médicos, ella ginecóloga y él psiquiatra, psicoanalista. Se quedaron en París tres años viviendo en el pabellón argentino de la Ciudad Universitaria y ahí nací yo. Después, ya en Argentina, nacieron mis hermanas.

—¿Y cómo se les ocurrió irse, y todas a Nueva York?

—(Galia) Sí, las tres vivimos en Manhattan, a tres kilómetros como máximo una de la otra. O sea, que de Pellegrini a la barranca entre Valeria y yo. Y de Pellegrini desde Buenos Aires a Presidente Roca con Julia. En un triángulo, así estamos. Y nos encontramos muchas veces en el centro del triángulo, en un par de cafés que hay por esa zona, con nuestros hijos, o solas. La primera que vino a Estados Unidos fui yo con mi novio de entonces, marido ahora, Fabián Marcaccio, que ganó una beca para estudiar pintura en Nueva York. Y mi mamá pensó que era una buena idea venir a visitarlo. Pero justo cuando estaban acá fue la gran devaluación de Alfonsín y mis padres no me podían ayudar económicamente. Entonces empecé a trabajar acá, ilegalmente primero, y después legalmente. Y también a estudiar. 

—(Valeria) Cuando yo tenía 15 años, mis padres se dieron cuenta que Galia se quedaba y decidieron venir a visitarla en familia, un poco con la idea de traerla a casa. Y no les salió muy bien. Yo hacía danza, pero en Rosario para hacer danza ya tenía que brillar a los 15. En cambio, para mí fue muy fuerte observar que en Nueva York la definición de juventud era muy distinta. Veía muchos adultos grandes haciendo cosas, no con familias. Y eso me intrigó; eso y la pluralidad de culturas. Al principio por un mes estuve en la casa de Galia y Fabián. Y después me enrolé en una escuela de coreografía para no quedarme ilegalmente, encontré trabajo de moza y así empecé. Mi primer solo fue con tango y me fue muy bien. Me presentaba dentro de un festival y salió un halago en el New York Times. Y entonces, bueno, dije, “ok, por acá pasa algo”. Así que empecé por ahí y después seguí. Me casé con un americano y tengo dos hijos. 


Valeria.

—¿Ustedes se sienten americanas, argentinas, latinas?

—(Valeria) Creo que te sentís más hispana, más latina que argentina. Se siente la diferente cultura. Por ejemplo, no me había dado cuenta antes de que algunas cosas que digo pueden sonar agresivas porque el americano común es más polite. Pero a la vez —y lo veo en mis hijos— que la manera de hacer lazos entre nosotros es mucho más íntima y tendemos a romper el hielo e ir profundo de cabeza. Y también hay honestidad, no le tenemos miedo a los conflictos. Y hay diferencias de clase y de educación. Por ejemplo, muchas veces me digo, entre gente que está haciendo limpieza y yo partimos de lugares muy similares al llegar pero con distintos horizontes. Hubo además un gran movimiento de integración en lo académico y en los lugares de trabajo respecto de las mujeres y a los latinos, del que nosotras somos beneficiarias. Y una conciencia de que la multiplicidad de enfoques y de culturas hace a una riqueza, por lo menos en Nueva York. 

—(Galia) Estoy de acuerdo con todo y agregaría que nosotros no estamos en Estados Unidos, estamos en Nueva York. En mi caso, el haber hecho una inversión en educación personalmente me ha redituado muchísimo. Yo diría que la discriminación existe y no sólo es racial y cultural sino también económica. Pero también tenés la capacidad de ascender de una capa social a la otra en una generación y eso no sé si hoy sucede con un inmigrante en la Argentina. 


Valeria, Doris Bellman (la madre), Galia, Julia, y la nueva generación creciendo

—Julia, ¿cómo llegaste a Nueva York? 

—(Julia) Vine a visitar a Galia con Valeria. Tengo un recuerdo muy claro de esa llegada, de eso y de la energía de la ciudad y de ver a mi hermana haciendo una vida independiente, peleándola muchísimo. Nosotros habíamos tenido una vida relativamente cómoda. Pero ahora veía a mi hermana mayor pasando por lo que pasa cualquier inmigrante, que es una experiencia de mucha lucha, de desplazamiento, de pérdida de privilegios, y la veía al mismo tiempo muy decidida. Fue una influencia muy fuerte. Yo creo que el tema del desplazamiento es algo que mucha gente pasa por alto, porque las películas hablan muy poco de eso, de cómo uno al emigrar baja varios escalones. Y tiene que estar dispuesto a no ser reconocido, a que las cosas que para uno eran referencia, la escuela en la que fue o el lugar en el que vivía, o ciertos derechos ganados inclusive, se pierdan y hay que empezar de nuevo. 

—¿Y decidiste quedarte?

—(Julia) No, pero me quedé con muchas ganas de venir por más tiempo. Para lo que yo hago (cine), no había nada que me permitiera venir por poco tiempo. Necesitaba una formación más universitaria, y eso acá es carísimo. Entonces solamente pude decidir venirme cuando conseguí una beca y ahí pude venir a estudiar. Y compartimos casa con Valeria, una casita muy pequeña. 

—¿Qué recuerdos tienen de esa época de recién llegadas?

—(Galia) Cuando venía alguien de Rosario o de Argentina y salíamos yo sentía el balance de lo que era mi vida y la vida de los otros. Lo mío era: no comprarte nada por un par de años, comer lo muy básico, comprar cosas grandes y hacer raciones, cosas que, por más difícil que sea la vida en Argentina, yo nunca había visto en mi entorno, ni había pasado por ese tipo de situaciones.

—(Julia) Yo tengo un recuerdo clarísimo de la casa que compartíamos con Valeria durante el uno a uno en Argentina. Venían amigos que se quedaban a dormir en nuestra casita, en un colchón en el piso, se llevaban la valija entera llena de cosas, y después nos invitaban a cenar, me acuerdo que yo llegaba para el café porque no podía pagar lo que pagaban ellos…

—Y aún así, con todas esas dificultades, las tres se quisieron quedar. ¿Qué era lo que había que las retenía o que las impulsaba a hacerlo? 

—(Galia) La metáfora que yo uso es que construir una carrera acá es como construir una pared de ladrillos. O sea, vas cada día y de mes a mes, de año a año, tal vez no ves el progreso. Pero va aumentando. En Argentina por ahí viene un viento y te la tira abajo. Acá te puede salir medio torcida, pero la vas viendo. Ahora finalmente estoy trabajando en un proyecto de obra pública en Buenos Aires, estoy muy entusiasmada, pero veo el esfuerzo que mis colegas hacen en Argentina, aun estando en el top de la carrera.

—(Valeria) Yo no seguí un camino trazado. Por ahí es muy desolador porque parece como que no hay huellas. Y eso también duele, como que no hay récord, no hay registro o es un registro personal, solitario. Mi camino acá ha tenido mucho que ver con poder tener una identidad muy autodefinida. ¿Por qué? Porque usé el tango de otra manera. Cuando yo llegué estaba la danza moderna. Y cuando estaba en Argentina en los 90, el ballet y el contemporáneo eran como cosas completamente opuestas. Y yo me pregunté: ¿qué onda con eso? 


Julia.

—(Julia) Mi recorrido fue un poco diferente. A mí me cuesta pensarme a largo plazo. Yo pienso en cada proyecto y cada vez me lleva a un lugar distinto, pero sí obviamente acá existen algunas ventajas. Hay una movilidad social diferente, sobre todo cuando uno llega con un nivel ya de educación muy alto, gracias a la educación pública argentina, y a partir de eso puede empezar a seguir construyendo. La cuestión es entender los códigos culturales rápido. Para eso hice una película que se llama “Nadie nos mira”. Para un trabajo en el cual el color de la piel está en absoluta exposición hay una diferencia entre una mexicana y una argentina descendiente europeos. Pero existen otro montón de trabajos en donde nuestra latinidad se juega en el acento, en la palabra, en la manera de pensar, en la identidad cultural, y no en el color de la piel. Y ahí sí somos todos latinos. Y eso me parece importante. 

—¿También estás radicada en Nueva York?

—(Julia) Vivo acá, tengo hijos acá, me casé con un norteamericano. Mi vida está acá, en la cotidianidad, pero también estoy en Argentina porque tengo dos películas allá. Es complicado porque lo que yo hago necesita un equipo, entre 20 y 30 personas para poder realizarse. Y ese tipo de equipos me resulta más natural tenerlos en Argentina. 

—Son hijas de un médico y una médica y las tres se han dedicado a tareas que tienen que ver con la expresión plástica. Una baila, la otra diseña y construye y la otra rueda películas. ¿Alguna vez se plantearon eso? Porque es muy común que de médicos salga algún médico y, sin embargo, acá no resultó. 

—(Galia) No tengo una respuesta. Diría que lo que tenemos en común con mis padres es que siempre remarcaban que uno tenía que buscar lo que quería y amaba ser. Y pensar en el trabajo como algo importante, no disminuirlo. Y la otra cosa que quería mencionar, en la que las tres coincidimos, es el beneficio de una educación pública de alto nivel de la que hemos gozado. Y no hay día que pase que no piense en alguna cosa que aprendí en el Politécnico Superior de Rosario. 

—(Julia) Venimos de padres muy curiosos y muy humanistas, o sea, la formación que nosotros tuvimos no fue la de padres médicos encerrados en la medicina, sino una visión de la medicina social, una visión profundamente humanista de la medicina como servicio. 

—No es fácil que tres hermanas mujeres tengan una relación como la que llevan ustedes. ¿Nunca se pelearon, por ejemplo?

—(Galia) Nunca nos peleamos. Mis padres trabajaban muchísimo. Entonces a nosotras nos tocaba viajar a ver a mis abuelos, o viajar de campamentos o estar solas y viajar entre las tres. Siempre fuimos muy unidas. Muy team, de cuidarnos y protegernos. De alguna manera esa unión compensaba un poco el que estuviéramos a menudo bastante solas. Mientras mi papá vivía (murió en 2020), todos los años que tuvimos hijos y padres al mismo tiempo, veraneábamos dos semanas en una casa de veraneo en Long Island. Y eso siempre fue “el plan total”.


Galia.

Algo sobre ellas


Galia Solomonoff es arquitecta fundadora de Solomonoff Architecture Studio/SAS (Nueva York, 2004). Profesora en la Escuela de Graduados de Arquitectura (GSAPP) de la Universidad de Columbia en Nueva York y directora del Centro de Estudio de Vivienda Multifamiliar (Housing Lab) de la misma universidad. Sus enseñanzas abarcan el arte, lo urbano y la vivienda multifamiliar. Ha trabajado con más de 50 artistas internacionales, diseñando museos, casas y exhibiciones de arte, permanentes y temporales. Con su práctica de arquitectura y docencia, Galia, busca oportunidades para hacer el arte contemporáneo accesible a todos. https://www.solomonoff.com/

Julia Solomonoff es guionista y directora de Hermanas (Toronto 2005, Sundance Lab), El último verano de la Boyita (San Sebastián 2009, producida por Almodóvar y ganadora de más de 20 premios internacionales) y Nadie nos mira (Mejor Actor, Festival de Tribeca 2017). Dirigió series documentales para Canal Encuentro y CBS. 

En 2022 realizó su primera serie para Paramount+ como productora ejecutiva, showrunner y directora. Actualmente desarrolla un nuevo largometraje, la road-movie Sed. También ha sido productora de numerosos films.

Egresada de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC) de Argentina, y con un postgrado de Columbia University como becaria Fulbright, vive en Nueva York, donde es profesora y Directora de la Maestría en Cine de New York University. Es la primera latina en liderar la escuela, considerada la número uno en Estados Unidos. https://es.wikipedia.org/wiki/Julia_Solomonoff

Valeria Solomonoff  es creadora, coreógrafa e intérprete. Desde 1994 resalta lo que el tango-danza puede ofrecer como lenguaje abstracto y sistema de conexión entre los participantes. En 1996 fundó la primera compañía de tango exclusivamente femenina del mundo (Tango Mujer) y se dedicó a indagar sobre los roles y la improvisación compartida, en un cruce entre danza, teatro y tango. Ha sido coreógrafa de películas y obras de teatro para Broadway, y co coreógrafa del musical Evita en varias salas de los EE.UU, donde compartió escenario con Plácido Domingo, mientras bailaba en el DAR Constitution Hall, de Washington DC. Recientemente, recibió el premio inaugural Lucy Bowen a la coreografía inclusiva por crear una pieza para el programa The Mark Morris Dance para la Enfermedad de Parkinson. https://www.valetango.com/es


Rosarinos por el mundo


Las hermanas Solomonoff integran una amplia red diseñada y sostenida desde la Municipalidad de Rosario llamada “Rosarinos por el Mundo”, que busca establecer lazos entre aquellos que se fueron pero que mantienen su sentido de pertenencia local. La red está abierta a toda clase de oficios y profesiones (científicos, artistas, deportistas, idóneos, etcétera) y quienes vivan fuera del país y estén interesados en contactarla pueden hacerlo a través de este link o escribiendo al mail rosarinosporelmundo@rosario.gob.ar.


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