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Por qué amamos y odiamos el campo: historias de una pasión argentina

Estamos en Rosario, centro neurálgico de la región productiva más importante y motor agroindustrial donde converge el amplio mundo del “campo” que incluye varias cadenas de valor y una multiplicidad de actores, con una amplia inserción territorial en cada uno de los segmentos que van desde la producción, la comercialización, la industria, los servicios y la exportación: puede ser un productor propietario o arrendatario o un fideicomiso, una chacra integrada o una estancia, un contratista, un trabajador de planta, un laboratorista o un investigador, un corredor o un industrial, una cooperativa, una multinacional o una pyme familiar, los desarrollos AgTech, la agricultura de precisión o la biotecnología. Sin embargo, cuando se habla del “campo” por fuera del sector, se recurre con facilidad a opiniones recicladas para reforzar ideas previas.

Por eso la idea es empezar preguntando por qué amamos y odiamos tanto al campo. En la última década se intensificaron las contradicciones. Desde el 2008 para acá, el campo fue un problema central que reordenó el escenario político y el discurso social. Al inicio del actual gobierno, cuando todavía no había pandemia, una fracción del sector agropecuario llamó a un fallido lockout en marzo del 2020 e impulsó el primer conflicto que configuró el debate político que seguiría y que hoy suma nuevos capítulos.

Te amo, te odio, dame más

En principio existen dos puntos de vista antagónicos muy consolidados: por un lado el de quienes destacan las ventajas comparativas del campo, es decir, la altísima competitividad que suma la fertilidad de las tierras, el vanguardismo tecnológico y la capacidad de resiliencia para ser el sostén de un país amontonado alrededor de unas pocas grandes ciudades. Por el otro, la mirada que plantea que esos bolsones de población hacinada son una consecuencia de la reprimarización de la economía que implicó la expansión de la frontera de monocultivo, que desplazó a la población desocupada hasta los conurbanos precarizados, degradó el medio ambiente y utiliza técnicas que atentan contra la salud. Como suele ocurrir, ambas posiciones tienen mucho de acierto y también mucho de error.

Más de la mitad de las divisas por exportaciones del país corresponden a ventas de productos agropecuarios. La oferta argentina es diversa: el país es el primer exportador de yerba, maní, jugo y aceite de limón; el segundo de maíz; tercero en peras, porotos y soja; cuarto en aceite de girasol, leche en polvo, camarones y langostinos; quinto en exportación de lana, carne vacuna y harina de trigo. Aunque solo los granos, harinas y aceites, la especialidad regional, sumaron 24.560 millones de dólares, el 45 por ciento de las divisas que ingresaron en 2020. El odio que produce la soja se apoya en esa inevitabilidad: el complejo sojero representa el 40 por cierto del volumen de dólares; el maicero el 16 por ciento; y el triguero el 6 por ciento. Sumando soja, maíz, carne bovina, trigo y pesca, se explica el 75% de los 38 mil millones de dólares exportados por la agroindustria.

El Banco Central de la República Argentina (BCRA) pasó en las últimas jornadas los 40 mil millones de dólares de reservas. Si en el campo hay alrededor de 100 millones de toneladas de granos sin liquidar, eso supone casi la misma dimensión en dólares que las reservas monetarias. Sin tanta exageración, se puede decir que la moneda fuerte son los granos. La restricción externa y la batalla por el tipo de cambio cobran relieve si se considera que exportamos una tonelada por valor promedio de 600 dólares e importamos por 1.400 dólares. Sabemos que sin los dólares que ingresa el campo, la crisis sería aún peor. Y sabemos que es necesario que lo que vendemos acumule más valor, que es más trabajo.

Así quedamos atrapados en la eterna dicotomía entre el país agroexportador y el desarrollo industrial que, a esta altura y con las complejidades tecnológicas alcanzadas, suena, por lo menos, simplista. Entonces al campo lo amamos porque no nos queda otra. Y así se evidencia en el entusiasmo generalizado por los altos precios internacionales y el récord de exportaciones para tener un primer semestre de estabilidad. Aunque en marzo de 2021 las exportaciones alcanzaron 5.720 millones de dólares, el mayor nivel registrado desde noviembre de 2019, las importaciones fueron de 5.320 millones de dólares y hubo un resultado negativo en los intercambios con nuestros principales socios. Pero ya tendremos chance para repasar en qué consiste esa “vacuna de divisas” que el campo aporta al comienzo de cada año y por qué no es tan lineal su impacto como lo pintan defensores y detractores del sector.

Territorio y población

El 2020 y lo que va del 2021 dejó en claro la centralidad nacional del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y que el resto de las provincias muchas veces son espectadoras que pagan las consecuencias de enfrentamientos políticos ajenos. Pero el desfasaje entre ideas y hechos no es solo propiedad de Buenos Aires y su unitarismo. En Rosario, cuando se habla del campo, parecería haber una frontera que separa el Área Metropolitana del Gran Rosario (AMGRO) del resto de la provincia. Una Rosario “porteña” que mira al exterior y desconoce su lugar como núcleo de uno de los polos más importantes de los sistemas alimentarios a nivel global, en medio de la mayor crisis económica desde la II Guerra Mundial y el rol que juega en la configuración hacia adentro del sector.

El Instituto Provincial de Estadísticas y Censos (IPEC) relevó que en el 2019 la participación del Producto Bruto Geográfico (PBG) de Santa Fe en el Valor Agregado Bruto Nacional fue del 10,3 por ciento. Desde el 2004, el peso de la economía provincial dentro de la economía nacional se incrementó en un punto porcentual. El sector que más peso tiene es el de agricultura, ganadería, caza y silvicultura, que representa el 15,7 por ciento del total del sector nacional. Según el Censo Nacional Agropecuario del 2018 hay en Santa Fe un total de 19.802 explotaciones agropecuarias en 9.404.480 hectáreas productivas. Desde el 2002, se perdieron unas 8.232 explotaciones, un 29 por ciento.

Durante todo el periodo democrático hubo un proceso de concentración que provocó la expulsión de actores agropecuarios hacia las periferias urbanas. Eso no fue a causa de una batalla entre “gringos brutos y reaccionarios” frente a “sectores medios ilustrados y progresistas”, aunque muchas veces parecería reducirse a eso. De hecho, podría afirmarse que la alianza entre los sectores urbanos que llevan adelante los desarrollos tecnológicos y los gringos que los asimilan y aplican, es una de las principales fuentes de crecimiento del sector en los últimos años. Y también fue decisivo en la subordinación de la producción (el interior) a las lógicas de valorización derivadas de los servicios financieros (con sede en la City).

Esa fuerza concéntrica que lleva recursos de los pueblos y ciudades productores a la ciudad consumidora, es la que generó buena parte de los procesos que caracterizan a la Rosario de la última década. No solo con el excedente para financiar la transformación urbana, sino también como una masa de migrantes que gastan e invierten y los flujos financieros que se canalizan por las distintas capas de la economía legal e ilegal. Si como suele decirse las finanzas son la sangre del cuerpo social, en el caso santafesino, el campo es el corazón que bombea hacia el gran bazo que filtra en la ciudad.

Consumo, violencia y negocios, en Rosario, se afirman sobre una base material vinculada al agro. Así como la CABA tracciona hacia su centro, la atención económica, política y cultural de la provincia tironea desde el centro rosarino que es objeto de allanamientos y pesquisas en el marco de recientes investigaciones criminales. Es probable que no exista un indicador estadístico que cristalice con fidelidad la importancia del sector agropecuario en la vida santafesina ni permita una imagen más nítida de cómo se originan esas tensiones. La ambigüedad de ese amor-odio es uno de los registros que da la experiencia. Y lo más curioso: reconocer que hablar de esto, también es hablar del campo. Eso intentaremos hacer a partir de ahora, en Suma Política, desde Zona Núcleo.

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Autor

  • Lucas Paulinovich

    Hace periodismo desde los 16 años. Fue redactor del periódico agrario SURsuelo y trabajó en diversos medios regionales y nacionales. En Instagram: @lpaulinovich.

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