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Informe

El soccer se lo comió todo: EE.UU. es el nuevo dueño de la pelota

Como cinco de los siete pisos de la sede de la Fifa en Zúrich están bajo tierra, el periodista alemán Thomas Kistner lo considera el “anti-monumento a la transparencia”. Gran parte de esas oficinas ahora operan en la Torre Trump de Nueva York, que antes alojó a la Concacaf. No hay metáfora. El presidente de Estados Unidos Donald Trump manda. Cambia reglas a su antojo, expulsa seleccionados y árbitros, libera los precios de las entradas.

Frustrado por no recibir el Nobel de la Paz, se hace regalar el Premio Fifa de la Paz. “Esto es lo que queremos de un líder, que se preocupe por la gente. Queremos vivir en un mundo y un entorno seguros. Queremos unir”, le dijo Gianni Infantino, presidente de la Fifa, en la ceremonia. Semanas después, la Casa Blanca atacó Venezuela y capturó a Nicolás Maduro; luego bombardeó Irán. Uno de esos misiles asesinó a 168 niños y niñas de una escuela de Minab, mientras se debatía la presencia del seleccionado iraní en el Mundial. 

En un tono similar al tristemente célebre “Si quieren venir que vengan” de Galtieri, Trump avisaba: “La selección nacional de fútbol de Irán es bienvenida al Mundial, pero realmente no creo que sea apropiado que estén ahí, por su propia seguridad”. Con la concentración instalada en Tijuana, México, el equipo de Medio Oriente apenas permanecía en territorio estadounidense lo que duraba el partido.

Lionel Messi, Kylian Mbappé, Erling Haaland y Harry Kane en una lucha encarnizada por liderar la tabla de goleadores. La imparable Francia y la decepcionante Brasil. La sorpresa de Cabo Verde y la épica de Argentina, que dejó trunco el batacazo de Egipto. Eso también ocurre en este Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Pero como decía el periodista y escritor brasileño Nelson Rodríguez, “en el fútbol no hay peor ciego que el que sólo ve la pelota”.



Todo Mundial es político

La Copa del Mundo y su cruce con la geopolítica no son propiedad del actual certamen. El hábil diplomático estadounidense Henry Kissinger se paseaba con el dictador Jorge Rafael Videla durante el Mundial 78. Juntos se los vio en el vestuario de Perú en el Gigante de Arroyito antes del histórico 6 a 0. João Havelange, entonces presidente de la Fifa, años después le prometió la sede mundialista a Japón, su socio comercial. En su camino se metió la Uefa, histórica rival de la Fifa, e impuso a Corea del Sur. Aquel Mundial 2002 se mostró como el de la “unión e integración”, pero fue organizado por dos países en crisis diplomática. 

Para conseguir ser anfitrión del Mundial 2006, Alemania cambió armas a Arabia Saudita por votos para su candidatura. En 2010 en Sudáfrica, Joseph Blatter, presidente de la Fifa expulsado tras el FifaGate de 2015, mostró su desesperado interés por ser Nobel de la Paz. Se pegó a la figura de Nelson Mandela y lo presionó para que estuviera en la final, pese a su menguada salud. 

Aunque dueño de una población futbolera por excelencia, Brasil enfrentó una rebelión social masiva en 2014 cuando organizó el certamen. Gobierno débil de Dilma Rousseff, que cedió a la angurria de la Fifa con la llamada Ley del Mundial, que otorgaba a la federación facultades por encima del derecho nacional. 

Por primera vez en su historia, la Fifa eligió dos sedes (Rusia 2018 y Qatar 2022) en una misma jornada. La leyenda alemana Franz Beckenbauer, por su apoyo a Putin, fue nombrado representante de Gazprom, la compañía estatal de gas, al día siguiente de dejar su cargo en Fifa. La leyenda francesa Michel Platini, como presidente de la Uefa, votó por Qatar: su país cerró negocios con capitales del emirato y su hijo Laurent ingresó al Fondo Soberano de Inversión qatarí (luego dueño del PSG).

“A veces, menos democracia es mejor para organizar un Mundial”, se sinceró tiempo atrás Jérôme Valcke, cuando todavía era secretario general de la Fifa y la gestión de Blatter aún no había caído en desgracia. El dirigente destacaba los beneficios que otorgaban regímenes autocráticos o con democracias débiles, donde no es necesario tanto debate para imponer las leyes de la Fifa.



El imperio contraataca

Ofendidos por la derrota con Qatar para ser anfitrión en 2022, Estados Unidos aceleró las investigaciones del FBI, que en 2015 presentó el FifaGate, el mayor escándalo de corrupción en la historia del fútbol. “Arrogantes y codiciosos, seguros de ser intocables, depositaron votos que inevitablemente les iban a estallar en su cara, y en la del fútbol”, escribió el periodista escocés Andrew Jennings en su libro La caída del imperio.

“La Fifa se volvió una organización criminal”. El dueño de la frase no es un outsider de la dirigencia deportiva, ni un periodista crítico. Es Gianni Infantino. Lo dijo en el documental Los entresijos de la Fifa, sin reconocer que él ya era parte de esa familia corrupta. 

Con la cúpula principal de la Fifa desplazada, Estados Unidos se adueñó de importantes torneos (Mundial, Copa América, Mundial de Clubes, Juegos Olímpicos), sus cadenas televisivas fortalecieron la presencia en Sudamérica (la liga argentina incluida) y sus capitales se quedaron con importantes clubes europeos.

De esa Fifa omnipotente, capaz de adaptar leyes de países a su propio beneficio (como exenciones impositivas, monopolio comercial, exención de responsabilidad civil por accidentes que ocurran en el contexto del evento, control de fronteras y divisas, infraestructura a cargo del Estado, seguridad privada y estatal gratuita, etcétera), sólo quedan vestigios en la actual Copa del Mundo.

Entre las tantas sumisiones de la Fifa con Estados Unidos está el precio de las entradas. Los valores para la final oscilan entre 11.000 y 38.000 dólares, muy lejos del tope de 1.500 que iban a costar según el dossier presentado para la candidatura de la sede. También lejos de los 1.600 que costó ver la final de Qatar 2022.

Farid Barquet Climent, abogado mexicano y autor de varios libros sobre fútbol y política, vive a pocas cuadras del Azteca, que acogió unos pocos partidos de este Mundial. Me dice que el habitual simpatizante del fútbol —entre tickets caros, policía y vallados en las inmediaciones del estadio— fue expulsado de la fiesta: “Esta serie de despropósitos genera una ajenidad en la gente. ¿Cómo te vas a sentir compenetrado con un evento en el que estás siendo excluido?”. 

La Fifa, otrora celosa de la intromisión política, aceptó la semana pasada la exigencia de la Casa Blanca de perdonarle la expulsión a Folarin Balogun, delantero y figura de EEUU. Trump, que poco tiempo atrás no entendía el significado de las tarjetas roja y amarilla, ahora reconoció el llamado a Infantino: “Sí, pedí una revisión”. Sobre el planchazo del atacante al defensor bosnio Tarik Muharemovic, revisado también por el VAR, opinó: “Eso no fue una falta. Ni siquiera fue una infracción”.

Pero el esfuerzo fue en vano. EEUU perdió por goleada ante Bélgica. “El entrenador argentino se marcha eliminado del Mundial asumiendo como propias las intromisiones del presidente Trump en la Fifa”, escribió Andrés Burgo en El País de España, en alusión a Mauricio Pochettino.

Nacido en Murphy y con pasado en Newell’s, el DT había reprendido antes del certamen a uno de sus dirigidos cuando éste se quejó del valor de las entradas. “No somos políticos”, le avisó. Pero en la previa a los octavos de final celebró la amnistía de su goleador conseguida por Trump. “Es una decisión fantástica para el fútbol”. Y olvidó el caso en la conferencia post eliminación. “Un repentino silencio acorde a su comportamiento oscilante respecto a su visión del fútbol y la política”, remarcó Burgo.



Pausas (publicitarias) de hidratación

Un aviso grande en El Diario, vespertino uruguayo, invitaba a Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia, goleadores y héroes del Maracanazo de 1950, a retirar sus premios (una frazada y toallas) por el local de Grandes Tiendas Montevideo. Eran otros tiempos, era otra la historia de las publicidades.

Horst Dassler (hijo de Adi, creador de Adidas) es considerado el padre del márketing deportivo. Su aparición en la escena fue promoviendo a Havelange en la Fifa y a Samaranch en el Comité Olímpico Internacional (COI). “Reemplazó a la vieja dirigencia por tipos adictos al dinero”, remarcó Kistner en el libro Fifa mafia.

Estos tiempos atraviesan una exageración de la publicidad. La Selección Argentina tiene una formación casi completa (cuerpo técnico incluido) actuando y sobreactuando para casas de comida rápida y chatarra, bebidas alcohólicas, tarjetas de crédito y casinos online. Hace un tiempo ya que la Fifa castiga celebraciones exageradas de futbolistas que puedan tapar los sponsors de las camisetas. Y en este Mundial censura marcas que no son parte del patrocinio oficial.

Es para destacar el gesto de Mbappé. Ferviente opositor a las ultraderechas, también se negó al acuerdo de la Federación Francesa de Fútbol (FFF) para promocionar casas de apuestas. “Muchos de nosotros venimos de barrios donde estas cosas destruyeron a mucha gente”, declaró.

Toni Nadal, tío y primer entrenador del ex tenista Rafael Nadal, contó que le prohibía a su sobrino tomar agua durante la primera hora de ejercicios. “Para que aprendiera a sufrir”, revela en la serie documental Rafa, la que tanto le gustó a Messi. La Fifa habla en favor de la salud de los futbolistas para instalar el cooling break o pausas de hidratación, un nuevo espacio para meter anuncios.

En 2018, un Diego Maradona de carne y hueso anticipaba —en el programa con Víctor Hugo Morales para Telesur— la intención norteamericana de partidos “de cuatro tiempos”. Consumada esa idea, ahora vemos entre esos tiempos un Diego Maradona hecho con IA invitando a apostar. Esa imagen post mortem, autorizada por la familia, es quizá la más dolorosa del cooling break.



¿Y el fútbol?

En este Mundial 2026 se observan talentos prometedores, consolidación de cracks actuales y, sobre todo, la despedida de astros que marcaron una época. Luka Modric, 40 años, fue el primero en partir. Su primer entrenador, Domagoj Basic, se transformaba en un árbitro injusto en las prácticas “para que los chicos aprendieran a controlar sus reacciones”. Así lo cuenta en el libro autobiográfico Mi partido. Quizá sea eso lo que explica su respetuoso comportamiento cuando Portugal eliminó a su Croacia con una jugada de VAR floja de papeles.

En la instancia siguiente se fue Cristiano Ronaldo, 41 años. Y Lionel Messi, que parecía llegar como pieza de museo al certamen, está más vivo que nunca. Con 39 recién cumplidos, se transformó en goleador histórico y actual. Y líder de la esperanza argentina, que ya tentó la suerte ante Cabo Verde y Egipto.

La prueba de que es humano son los penales que erra o le atajan, una constante en su carrera. Esas estadísticas negativas no se corresponden a su jerarquía goleadora. Los números desde los doce pasos son inversamente proporcionales a la calidad para definir que lo acompaña desde el principio. “Falla penaltis porque marcarlos es demasiado fácil”, escribió Jordi Puntí en su libro Todo Messi. Su teoría es “la ausencia de un gran reto”. En un tiro libre, aclara, “al menos existe la barrera”.

Es que el fútbol también tiene estas situaciones, que lo hacen más atractivo aún. “En ningún otro deporte —subraya Juan Villoro en su reciente obra Los héroes numerados— los astros fallan tanto las jugadas fáciles”. El fútbol, además, tiene geopolítica, historia, guerras y paz, amores y odios. Como suele repetir el periodista Ezequiel Fernández Moores, el fútbol es demasiado deporte para ser sólo negocio, y también es demasiado negocio para ser sólo deporte.


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Autor

  • Facundo Paredes

    Periodista deportivo. Postítulo en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Escribe en la sección deportes del periódico El Eslabón y es director del portal Redacción Rosario, ambos medios producidos por la Cooperativa La Masa. También trabaja en Radio Nacional Rosario.

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