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Opiniones

El vil negocio de la muerte

Científico lúcido y prestigioso, Stephen Hawking, astrofísico y divulgador de la ciencia, anticipó en 2001 en una de sus predicciones que hoy parece sombría, que un virus con efectos mortales para los seres humanos provocaría el final de la especie. Creía que sería un episodio accidental o voluntario y que acabaría con la vida como se conocía entonces. Hoy, veinte años después, apenas tratamos de entender que esta peste nos dejará lo mejor y también lo peor del ser humano. Y en ese intento instintivo percibimos la importancia de nuestras vidas en el ámbito público y reconocemos que la vida de la pareja se conduce hacia afuera de los confines del hogar, lo que puede convertirse en estas condiciones en una experiencia muy opresiva. Las parejas están acostumbradas a tomar cada día direcciones diferentes, pero hoy la realidad se repite día tras día indefinidamente, calcada, como le sucedía al protagonista de El Día de la Marmota.

Falta el contacto con la familia, los amigos, resignada al teléfono o frente a una pantalla. Algo es algo. Acaso alcance para algunos.

Un amigo camina apurado las veredas de la ciudad. Lo hace temeroso de una súbita restricción que lo ate sólo a los límites de su hogar. Curioso. Despotricamos por nuestros trabajos pero los extrañamos. Igual que los chicos a sus compañeros y compañeras de escuela. Un médico prestigioso y amigo desde la infancia siente ahogos en ocasiones. Tiene necesidad de gente. Y de practicar esa agradable costumbre de ponerle la mano en el hombro a su interlocutor mientras derrama su inteligente verborragia. De qué nos acordaremos es difícil de imaginar. No estamos seguros si podremos contar que somos sobrevivientes de la pandemia o tal vez otros relaten nuestra agonía. Perdurará en los libros el recuerdo de acciones heroicas de médicos y enfermeras. Al igual que otros capítulos dedicados a la guerra de las vacunas.

Al respecto, el periodista y ensayista Walter Goobar tituló una de sus últimas contribuciones a la verdad La Pandemia, un Crimen Perfecto. Su denuncia apunta a que los países ricos acaparan vacunas y toleran que los monopolios farmacéuticos generen una escasez artificial para maximizar sus ganancias. Y las vacunas se convierten mágicamente en uno de los medicamentos más lucrativos de todos los tiempos. Cuentan con un respaldo que no resiste argumentación y lo valida todo: miles de millones de dólares circulando al compás de la danza de la fortuna. Desde el inicio de la peste los países ricos compraron el 75% de las vacunas producidas a escala mundial. Y se abastecieron de sobra, por las dudas llegara una endemia estacional. Ahora podrían sobrarles porque la ciencia avanza y las modificaciones del virus también. Es más que probable que deban emplearse nuevas versiones para vacunarnos. Ellos, los amos de los países centrales, las tendrán. Los pobres, a la fila con la mano extendida. Porque el planeta está dividido como siempre.

Desarrollados o subdesarrollados, ricos o pobres. Los ricos, obviamente, enfrentan con mejores posibilidades cómo darle batalla al covid. Y eso hace sangrar aún más la grieta. Aunque deberíamos decir desigualdad entre los que tienen recursos y los que no. Fatal olvido, porque para combatir este virus es imprescindible que se haga colectivamente en todo el globo solidariamente. De qué servirá controlarlo exclusivamente en países ricos si el virus sigue circulando como una salvaje amenaza en libertad? La respuesta: con el perdón de los militantes de la pandemia, tan personales ellos, habría un triunfador único: el virus.

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