La amplitud del patio hogareño de los Chumpitaz, en barrio Belgrano, bien podría ser un símbolo de lo que esa familia expresa hacia su interior. En ese mismo patio se han sucedido, por años, sinceros debates sobre cómo sacar del atraso a la sociedad argentina, cómo reducir la pobreza en Rosario, sobre el destino cruzado de naciones sudamericanas, sobre tratamientos médicos, sobre los derechos individuales y la defensa de las instituciones republicanas; también sobre la actualidad del tan lejano como cercano Perú, que siempre atrae a los protagonistas, pues los Chumpitaz provienen del linaje incaico; acaso los entusiasmen otros temas que ahora escapan al repaso. Y el repaso viene a cuento por la historia de esta familia —diversa en enfoques y proposiciones— que, por estos días, tiene un singular protagonismo en la vida sociopolítica de Rosario y la provincia de Santa Fe: uno de sus hijos, liberal, pugna por una banca en la Cámara de Diputados de la Nación; otra de sus hijas, socialista, por una en el Concejo Municipal de Rosario. Un expediente de diversidad condensa la actualidad de los Chumpitaz.
—La riqueza se ha concentrado en pocas manos y debería haber mayor redistribución. Hace cuarenta años la clase media era muy fuerte. Hay un grupo más poderoso de lo que era en ese entonces, y otro mucho más miserable, y una clase media debilitada. Hay que poner más impuestos a las personas que pueden pagar para garantizarle igualdad de oportunidades y derechos a las que menos tienen, para que puedan constituirse como seres dignos —dice Analía Chumpitaz.
—La Argentina ha fracasado en los últimos 70 u 80 años, eso está demostrado en los números —responde su hermano, Gabriel Chumpitaz—. Tenemos un cincuenta por ciento de pobreza; con eso se explica el fracaso de la política, pero sin embargo hay que sacar esto adelante con más política. Que no significa más Estado. Tiene que haber un Estado presente, regulador, pero no omnipresente. Creo en la propiedad privada, en la República, en las instituciones. Argentina tiene que volver a un Estado moderado, como supo tener durante muchas décadas…

Analía Chumpitaz, 52 años, médica, es —además de directora del Sistema de Epidemiología Municipal y profesora adjunta de Medicina Preventiva y Social en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR— precandidata a concejala por la nómina socialista del Frente Progresista Cívico y Social. Su hermano Gabriel, 45 años —con una trayectoria como empresario en el área de seguridad y ex rugbier consagrado en la ciudad y en Italia— es precandidato a diputado nacional de Juntos por el Cambio en la lista que impulsa Maximiliano Pullaro. Gabriel ya sabe lo que es ocupar una banca: fue concejal de Rosario por el frente Cambiemos en 2015 y desde 2019 diputado provincial santafesino por la misma fuerza. “Yo soy feminista, indígena y socialista”, se apresura a diferenciarse, por lo bajo, su hermana.
Analía y Gabriel leen y escuchan en las convulsionadas jornadas del momento —y no ya en el patio de su casa materna, sino en redes sociales y medios masivos— sus respectivas opiniones, a veces tensamente contrapuestas, de cara a las elecciones legislativas primarias que se avecinan. Suma Política reunió a los dos hermanos en aquella casa, en una conversación donde se filtraron los derechos ciudadanos, la pandemia, el fútbol y hasta la actualidad del Perú.
Apenas cruzada la puerta de ingreso de ese hogar aparecen, sonrientes, los cordiales anfitriones. Los rasgos indígenas están marcados en la mayoría de los rostros de la familia, excepto en el de la madre de la casa, María Isabel (78), que desciende de italianos. Y esas facciones indígenas remiten al Perú: “Tenemos una raíz incaica —se adelanta Analía—; mi padre vino de Perú en los años 50 y además su abuela era africana; venimos de la etnia de los zambos”. Los zambos son una etnia mestiza, originaria del continente americano, surgida de la unión entre negras o negros africanos con indias e indios americanos. Esa etnia mestiza se remonta a los tiempos de los esclavos traídos desde África por los colonizadores.
Pienso y asocio: “Chumpitaz, Perú, los zambos…” Y no puedo contener la pregunta, ya que Héctor Chumpitaz, que ahora tendrá unos ochenta años, supongo, fue un jugador de fútbol que brilló en el excelso seleccionado peruano que lideraba el extraordinario Teófilo Cubillas, alias “El Nene”. Teófilo y Chumpitaz llevaron a Perú a lo más alto en el Mundial de México del 70 (estuvieron a punto de ganarle al Brasil de Pelé y Rivelino), luego se coronaron en el Sudamericano del 75 y participaron del plantel que jugó el Mundial 78, donde Teófilo convirtió un inolvidable gol de tiro libre contra Escocia.
—Ustedes nada que ver con Chumpitaz, aquel defensor de Perú, ¿no?
—¡Pero claro que sí! ¡El tío Héctor! ¡Es uno de los hermanos de papá! —exclama Analía.
—¡Claro, es nuestro tío! Y papá también fue un gran jugador; papá vino a la Argentina primero a Buenos Aires y jugó en River pocos partidos, y también en Racing. Después ya vino a Rosario y siguió jugando en el campo. Ahí, en el campo, papá ganaba un dinero y con eso costeaba sus estudios de Medicina —completa Gabriel.

Que Analía y Gabriel (más Karina, la tercera hermana, 46 años) sean sobrinos del gran Héctor Chumpitaz me lleva a hablar de fútbol y de Teófilo Cubillas, y más aún cuando Felipe Chumpitaz —81 años, médico jubilado, el padre de la familia—, se asoma desde el ambiente contiguo al que estamos y parece compulsado a participar del diálogo, aunque se contiene. Gabriel empieza a mostrar fotos, guardadas en su celular, en las que aparece el tío Héctor. Pero ese es el momento en que me recuerdo que estoy allí para hacer este reportaje para Suma Política, con los acentos puestos en lo que “los Chumpi” piensan hacer para mejorar la calidad de vida de la gente, y no en su parentesco con aquella gloriosa selección albirroja de los años 70. “Nuestro apellido sería en verdad Chumpi, que es un vocablo inca y remite a un color; taz es un sufijo agregado por los españoles”, me explica Analía. Y la conversación salta así de una punta a la otra en cuanto a temas y así también transcurre hasta el final.
—¿Por qué eligieron la política?
—Estoy en la política desde hace muchísimo tiempo; participamos en política cuando estamos en la cooperadora de la escuela o en una vecinal, o cuando nos afiliamos a un sindicato. Son herramientas que utilizamos a diario. La política es fundante en mi vida y creo en los partidos políticos como instrumentos para llevar adelante las transformaciones —dice Analía.
—Creo en los partidos políticos, en las instituciones, en las organizaciones, pero soy un tanto más pragmático, más sencillo —apunta Gabriel—. Ella lleva la política en la sangre, lo mío es un poco más nuevo. Hice política gremial empresaria durante doce años en distintas instituciones, en la Federación Gremial del Comercio e Industria, pero vengo del ámbito privado. Recién fui convocado en 2015 para encabezar la lista de concejales. Sí entiendo que la política es una herramienta transformadora.
—Es perceptible la decepción de gran parte de la sociedad respecto de la dirigencia política, ¿qué opinan de eso?
—Es fundamental volver a escuchar para transformar lo que está ocurriendo —considera Analía—. La situación es crítica por la gran desigualdad a nivel global y eso genera todos los problemas que observamos. La sociedad se ha modificado fuertemente: han irrumpido el feminismo, la ecología, la diversidad… y la política no ha acompañado esos cambios al mismo ritmo. Ahí hay que hacer hincapié. El discurso antipolítica es perjudicial. Hay que ponerle más política a las listas, y no menos.
—Coincido en parte —señala Gabriel—. Creo que hay que ponerle más política a las listas. No creo en las alquimias temporales, no creo en el maquillaje electoral de figuras artísticas, si bien he participado junto a ellos. Creo que los dirigentes políticos, gremiales y empresariales deben tener coraje, capacidad técnica y, sobre todo, transparencia y ética.
Aparece en escena mamá María Isabel con tazas de café y entonces, momentáneamente, nos quitamos los barbijos para tomar unos sorbos en el inclemente frío de la mañana rosarina. Así aparece, en el diálogo con “los Chumpi”, el tema inevitable: la pandemia, los cuidados, las vacunas, etcétera. Gabriel toma la delantera y se explaya:
—La sociedad se comportó demasiado bien. El tema es que el Estado se ha mezclado con el gobierno. Los gobiernos a veces se apoderan del Estado. Fijémonos lo que ha pasado: “alargaron” la vacunación para que ese proceso esté más cerca de las elecciones. El contexto fue el mismo para todos los países, lo diferente fue la administración que se hizo de la pandemia. En la Argentina fue pésima, empezando por el vacunatorio VIP allá por enero, cuando se vacunaron los amigos del poder, mientras que nuestros padres, amigos y seres queridos, la gente común, no pudo…
—El Estado debe ser el garante del derecho de la ciudadanía a vacunarse y eso no ocurrió —dispara Analía—. Se le exige a la población hacer cosas cuando el Estado no cumple con lo que debería. No ha habido suficiente cantidad de vacunas en el tiempo que debió haberla y tuvimos la segunda ola con un aumento importante de casos; podríamos haber llegado en otras condiciones, de haber vacunado como se había prometido para febrero pasado. Además, se privilegió el envío de vacunas a provincias que estaban más de acuerdo con la política nacional. Y lo mismo ocurrió a nivel provincial: en algunos lugares no llegaban vacunas, en otros sí… Y a nivel local también: vacunatorios que privilegiaron a las personas que vivían en el centro y no en los barrios. No se descentralizó la vacunación. Todo eso generó la situación que vivimos con la segunda ola, con personas fallecidas; me pongo en el cuerpo de todas esas personas que perdieron familiares en los meses de marzo, abril, mayo y que debieron haber estado vacunadas en ese momento. En una Argentina donde el Estado es garante de ese derecho, eso no debió haber ocurrido.
—Mezclar la ideología con la cuestión de salud, que como dice Analía es un derecho, es una barbaridad… A mí no me interesa si es Pfizer, AstraZeneca o Sputnik. Uno lo que quiere es que toda la población esté vacunada. No tengo nada contra la gente que se saca la foto con el cartoncito, acaso agradeciendo que la hayan vacunado. Pero nos han lavado el cerebro, porque es una obligación del Estado darte esa vacuna ¿Vos agradecés una vacuna de siete dólares cuando durante todo el año pagaste miles de dólares en impuestos? El ciudadano paga miles de dólares para alimentar una maquinaria que no cumple con brindar los servicios que se requieren. Hoy vemos una ciudadanía arrodillada pidiendo vacunas…

Analía observa cómo su hermano incorpora conceptos de política económica y de concepción del Estado que están en las antípodas de su pensamiento. Pero para los Chumpitaz la versada (imaginada, impuesta o inventada) grieta, sencillamente no existe. Ella completa las conclusiones de su hermano desde otra perspectiva:
—La pandemia —dice—desnudó muchos problemas que veníamos teniendo, como la violencia, no solamente simbólica sino física, en el caso de las mujeres, a las que se obligó a “quedarse en casa” con sus violentadores. Desnudó la falta de políticas públicas respecto de estos problemas, para los cuales ha habido siempre maquillaje.
Analía Chumpitaz, además de profesora universitaria y médica recibida en los claustros de la UNR, forma parte del Movimiento de Mujeres Indígenas del Abya Yala, donde también salen a la luz, y se estudian, herramientas, procedimientos y saberes ancestrales de la medicina chamánica latinoamericana. Tan hija de la universidad como de aquellos conocimientos, es una emergente de esa simbiosis.
—Desde este enfoque indigenista, ¿qué podrías decir, Analía, acerca del coronavirus?
—Yo me autodeterminé indígena, nuestra familia tiene ancestros incas. Hay una situación compleja a nivel global por el cambio climático, que está generado por el “extractivismo” y por el avasallamiento de la naturaleza en todo el mundo. Eso genera un aumento de las enfermedades zoonóticas, porque el humano no respeta los espacios donde hay animales o plantas y así se transforman los ecosistemas. Y eso puede generar enfermedades nuevas, emergentes, como esta. Estas zoonóticas, que un animal transmite al ser humano, pueden generar situaciones pandémicas como la que estamos viviendo. Decimos que esta va a ser la era de las pandemias, por el gran avasallamiento que hacemos de la naturaleza. Los pueblos originarios plantean respeto por la Pacha Mama. No somos dueños de la naturaleza, sino constitutivos de ella.
El hermano Gabriel se abstiene de comentar sobre estos asuntos. Su pericia es la seguridad y reclama coraje para enfrentar el flagelo del narcotráfico.
—En la provincia y en Rosario estamos en la antesala de la cartelización. El narcotráfico ya ha traspasado tres estadios: filtración, ocupación y copamiento. Y ahora sigue la cartelización, que es cuando la mafia ya te instala ciertos candidatos… Fijate lo que ha pasado en el último tiempo: un gobierno provincial (el de Omar Perotti) que prometió paz y orden lo primero que hizo fue traer a un ministro (Marcelo Saín) que se dedicó a hacer sicariato político, pero no a la seguridad… Perseguía a los quinieleros y al juego clandestino en lugar de meter presos a los narcotraficantes. Y todos sabemos quiénes son los narcos: cuando estaba abierto el casino de Rosario, uno iba a la sala VIP y los veía. Falta coraje en Rosario para decir las cosas. Todos conocen quiénes eran muchos de ellos…
—Hablemos un poco de Perú ¿cómo ven la situación política actual allí, donde acaba de ganar por una mínima diferencia el candidato izquierdista Pedro Castillo?
—Creo que vamos a pensar un poco diferente, Gabriel —dice entre risas Analía—. Hay un cambio importante para Perú, desde la izquierda, desde la justicia social, pensando más en la igualdad de oportunidades y de derechos a muchas personas postergadas. Saludo la actual situación
—Si todos pensáramos lo mismo, alguien no está pensando —aclara Gabriel—. Está bueno que pensemos diferente, lo importante es que dialoguemos. La de Perú es una situación muy similar a la de Argentina. Creo que es negativo lo que está sucediendo allí: se repite lo de Argentina, el país dividido con esta famosa grieta que no le gusta a nadie, pero de la cual todos participamos. Perú está teniendo una cuestión tensa entre los que laburan y los que no laburan: la gente que paga impuestos, el obrero que trabaja, el emprendedor, el comerciante, está cansado de sostener un esquema perverso que se relaciona con lo electoral, de la mano de la asistencia social. Eso está creciendo en Perú. Y ahí hago autocrítica porque nuestro gobierno de Cambiemos también incentivó esto, no me estoy borrando…
—Gabriel, en Rosario, de cada tres personas, una necesita asistencia —replica Analía—. Y esa persona pierde así su dignidad. Para que vuelva a tenerla hay que garantizarle oportunidades y derechos.
—No estoy en contra de esa asistencia, pero debe ser temporaria —se defiende Gabriel—. Los 20 millones de planes sociales en el país hay que frenarlos en algún momento. A la gente hay que generarle empleos y para eso se necesitan inversiones. No veo esa voluntad. Para tener un mejor Estado hay que tener mejores políticos. No se mejora el Estado con maquillaje o artistas, sino con gente capacitada, con honestidad y coraje.

Suena el timbre de la casa y es la fotógrafa de Suma Política que ha llegado. Los hermanos Chumpitaz se desparraman entonces en el amplio patio, entre plantas y flores, para las fotos de ocasión. Quedo solo en el living de la casa y me sorprende la aparición de Felipe, el papá de “los Chumpi”. Sin que medie pregunta alguna, Felipe parece leer mis ansias y empieza a contarme cómo fueron sus fugaces tiempos de jugador en River y evoca jugadas de algunos de esos partidos, con él como protagonista. Jugaba de mediocampista y aún hoy luce delgado y fibroso. Cuenta también historias de su hermano Héctor, el crack, que vive en Perú, y desgrana tres o cuatro anécdotas imperdibles en torno a la concentración de la selección peruana en el Hotel Majestic durante el Mundial 78. Podríamos estar horas hablando con Felipe sobre esos años del fútbol peruano.
La casa de los Chumpitaz es ahora un saludable bullicio, siempre teñido de diversidad. “Es como nos criaron mamá y papá —destaca Analía—. Nos dieron la libertad para ser quienes queremos ser, para autodeterminarnos, para estudiar lo que deseábamos, para viajar todo lo que quisiéramos. Eso es mérito de ellos. Así somos los tres hermanos. Y absolutamente diferentes”.
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Ver todas las entradasMúsico, periodista y gestor cultural. Licenciado en Comunicación Social por la UNR. Fue editor de las revistas de periodismo cultural Lucera y Vasto Mundo.

































