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Política

En la encrucijada entre la cultura y la violencia, ¿cuál es la verdadera cara de Rosario?

Las comparaciones resultan odiosas, como enseña el saber popular, y las que suelen aplicarse a Rosario no son particularmente beneficiosas. Los episodios de violencia que azotan a la ciudad desde que el asesinato de Claudio “Pájaro” Cantero, en mayo de 2013, decretó el final de la pax romana entre las bandas narco criminales la pusieron a la altura de Medellín, Sinaloa y Ciudad Juárez a los ojos de numerosos observadores y cimentaron una imagen que parece imponerse a otra completamente diferente y que también aportó un signo de reconocimiento: Rosario como ciudad integrada por el desarrollo urbano, la producción cultural y el sistema de salud. La vida y la muerte parecen posibles en la ciudad con una intensidad que no se registra en ningún otro punto del país.

Como Jano, el dios bifronte de la mitología romana, Rosario asocia así dos rostros que parecen antagónicos y coexisten sin contemplarse entre sí. En la encrucijada entre la cultura y la violencia parece difícil definir la verdadera cara de la ciudad. La historiadora Agustina Prieto plantea su perplejidad ante la cuestión: “Trabajo con un grupo de historiadores sobre el tema de la identidad rosarina en un período que va de 1850 a 1950 —cuenta—. Podríamos hablar sobre sucesivas identidades en ese siglo, porque han ido cambiando, pero en todo caso siempre hubo algo de colectivo en el fenómeno. Lo que percibo ahora, a raíz de un proceso propio de los últimos treinta años de la historia del país y de la región, es que Rosario es una ciudad escindida”.

Como Jano, el dios bifronte de la mitología romana, Rosario asocia así dos rostros que parecen antagónicos y coexisten sin contemplarse entre sí. En la encrucijada entre la cultura y la violencia parece difícil definir la verdadera cara de la ciudad.

Fenicios, comegatos y soldaditos

La fractura tiene su propia historia: la “ciudad fenicia” también fue sede de un desarrollo artístico a principios del siglo XX y la Chicago argentina en los años 30 coincidió con el surgimiento del mito de la noble ciudad hija de su propio esfuerzo que consagró Juan Álvarez en su Historia de Rosario. Pero la mala prensa es aluvional en los últimos años desde la primicia de los comegatos obtenida por el movilero Julio Bazán en mayo de 1996 con vecinos de Ayolas y acceso sur hasta el “Rosario, ciudad de búnkeres y soldaditos”, estampado como titular en la portada de la edición internacional del diario El País en 2014.

Fernando Farina, secretario de cultura de Rosario entre 2005 y 2007, relativiza el peso de las versiones mediáticas: “No creo que la imagen externa coincida con la interna, y tampoco que los medios terminen de definir una imagen de la ciudad. Sin embargo es evidente que en los últimos años el narcotráfico y la visible guerra de bandas parecen una marca registrada de Rosario, que se incentivó a través de un uso político de diversos sectores que percibieron al socialismo como un enemigo”.

Farina dirigió el Museo Castagnino entre 1999 y 2007 e impulsó la fundación del Macro, Museo de Arte Contemporáneo de Rosario, en 2004. La ciudad atravesaba entonces un período de expansión que resulta todavía más próspero a la luz de un presente donde las últimas noticias de cultura son las goteras en el Museo Castagnino y el malestar exteriorizado con carteles en la Biblioteca Argentina. La “marca Rosario” de las administraciones socialistas, como empezó a decirse en consonancia con las visitas de Toni Puig, el reconocido especialista español en gestión cultural, parece diluirse ante la multiplicación de la violencia.

“La marca Rosario que buscó instalar la gestión socialista no fue una entelequia —afirma Rubén Chababo, director del Museo de la Memoria de Rosario entre 2002 y 2014—. La recuperación de la relación de la ciudad con el río y con ello el nacimiento de una nueva relación de los ciudadanos con su trama urbana, la visibilización de la cultura como un agente modernizador y de construcción de ciudadanía, el reconocimiento de una amplia agenda de derechos, derechos enunciados y conquistados mucho pero mucho antes de que fueran apropiados por el Estado nacional fueron algunos de los muchos intentos por abandonar un modelo de ciudad que arrastraba una fuerte impronta de molicie clerical”.

En 2011 dos escritores invitados al Festival de Poesía de Rosario fueron asaltados a mano armada cerca del Distrito Municipal de la zona Sudoeste, un escenario frecuente de disputas entre bandas delictivas. “Así como hubo astucia e inteligencia en el impulso y gestión de proyectos transformadores —agrega Chababo—, las sucesivas gestiones locales y las provinciales no advirtieron que la violencia era un fantasma cuyo rostro comenzaba a mostrarse y que no era parte de ningún imaginario, como solíamos decir a finales de los 90, sino un dato real asentado en la consolidación de redes delictuales sobre las que el Estado tenía responsabilidad, ya que el sistema policial era y es uno de los engranajes que hace posible el delito”.

En tiempos de oscuridad

La historia de Rosario no parece volverse pasado, y en sus orígenes pueden encontrarse claves de la actualidad según el politólogo Andrés Rolandelli. La ciudad creció “a partir de una dinámica económica en estado puro” sin la participación de un Estado fuerte, a diferencia de la formación de otros centros urbanos. “Todas las dinámicas sociales, económicas y culturales estuvieron vertebradas por una profunda audacia de parte de sus habitantes, lo que se vio en los inmigrantes sin abolengo que pudieron capitalizarse y hacer la América en Rosario. Esa audacia para hacer negocios también se manifestó en la cultura y en iniciativas políticas de gestión, tanto a fines del siglo XIX y comienzos del XX como a fines del XX y principios del XXI, y se manifiesta hoy en el mundo criminal”, dice Rolandelli, subsecretario de Formación y Capacitación del Ministerio de Seguridad de la provincia.

La pandemia del covid 19 también puede ser vista en esa perspectiva, ya que la ciudad afrontó otras pestes en el pasado. “Esas epidemias son constitutivas de muchos aspectos de la historia local —destaca Agustina Prieto—. Dejaron marcas urbanas muy significativas, que a veces pasan desapercibidas, como la primera red de cloacas, la primera red de agua corriente, el Parque Independencia, el Hospital del Centenario, el Hospital Carrasco, obras que se hicieron en función de situaciones epidémicas”.

Con ese antecedente, “para el presente de la pandemia me permito algún optimismo: después de la oscuridad sobrevino algún momento luminoso que tuvo que ver con las obras dejadas por la pandemia y por el modo en que esas obras pudieron mejorar la situación de la ciudad”. En cambio, sigue Prieto, “respecto de la violencia, si bien los ciclos históricos de violencia fueron más bien cortos y en algún momento terminaron o cedieron en su espiral, soy menos optimista sobre la situación actual, porque no logro comprender del todo las características del fenómeno, y ese es uno de los grandes problemas de la ciudad”.

Marisa Germain, profesora de Teoría Sociológica contemporánea en la carrera de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Rosario, analiza la violencia en el contexto social. “Podríamos preguntarnos si los momentos en que recrudece la violencia no están vinculados directamente a situaciones en que la distancia entre los que más y los que menos tienen se profundiza, como en 2001. Después de décadas en que Rosario parecía una ciudad o una región más integrada como lo era la Argentina, con niveles de desigualdad menos manifiestos, la desigualdad empieza a aparecer entonces con un rostro ilegítimo”, plantea.

Para Germain se trata de observar a la vez cómo aparece la desigualdad en la trama cultural de la ciudad: “Desde finales del siglo XX se inscriben mucho mejor culturalmente las cuestiones relativas a la diferencia, a la diversidad. Podríamos pensar si la violencia no decrece mientras las cuestiones relativas a la desigualdad empiezan a quedar cada vez más ocultas, más imposibilitadas de ser plasmadas a través de estrategias sociales y culturales que la tramiten. La desigualdad parece no poder tramitarse política ni institucionalmente, por ejemplo por parte del sistema judicial. Tal vez se trataría de volver a poner en el centro de la discusión las cuestiones relativas a la desigualdad”.

“Después de décadas en que Rosario parecía una ciudad o una región más integrada como lo era la Argentina, con niveles de desigualdad menos manifiestos, la desigualdad empieza a aparecer entonces con un rostro ilegítimo”

Cultura y violencia no son mundos paralelos. “En todo caso tienen la apariencia de estar desconectados —dice Germain—. La violencia de las bandas, del narco, y el imaginario de ciudad integrada, progresista, se conectan por vías que no son inmediatamente palpables y que tienen que ver con los circuitos del lavado de dinero”. También Andrés Rolandelli observa esa vinculación: “Cuando hablamos de violencia nos referimos generalmente a sectores subalternos, a los más desfavorecidos. Pero no hay que perder de vista el desarrollo de delitos de cuello blanco que son necesarios para que este sistema funcione. El lavado de activos requiere una estructura profesional que proviene de otros sectores, pero la presión social por la cual se busca incentivar el accionar del Estado no pondera esta dimensión”. Y ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

El estigma

“La imagen que circula de Rosario, en general, persiste en activar representaciones largamente sedimentadas en los imaginarios a la cual se le van adosando algunos componentes”, dice Sandra Valdettaro, directora de la Maestría en Estudios Culturales y del Centro de Investigaciones en Mediatizaciones. El informe televisivo en que Julio Bazán mostró a unos gatos puestos a la parrilla bajo la mirada atenta de niños y vecinos, con el testimonio del asador que daba cuenta de una dieta cotidiana forzada por la pobreza, es un hito en las representaciones de la ciudad, lo mismo que las imágenes de las personas que se abalanzaron sobre un camión que volcó hacienda en el barrio Las Flores, en marzo de 2002, publicadas en la tapa del diario The Washington Post bajo el título “La desesperación en Argentina”.

“Así como el socialismo fue eficaz al instalar una marca ciudad no lo fue en la desarticulación de la violencia —analiza Rubén Chababo—. Las disputas con el poder central, a partir de la radicalización del gobierno kichnerista, contribuyeron a horadar esa imagen, al contraponerla de manera exitosa con el concepto de narcosocialismo, concepto que rápida e injustamente fue adoptado como estigma por amplios sectores de la sociedad y que terminó por hacerse extensivo al país”. Fue en la sesión de la Cámara de Diputados del 30 de octubre de 2011, cuando el diputado Andrés Larroque creó esa palabra contra el gobierno de Hermes Binner.

Las imágenes de la cultura y de la violencia componen en los medios “una construcción polivalente que dispara distintas trayectorias míticas, muchas veces discordantes entre sí”, agrega Valdettaro. En la historia reciente, dice Andrés Rolandelli, “la consolidación del fenómeno narco coincide con el momento de mayor expansión económica de la Argentina en los últimos cuarenta años, la recuperación que se propició durante el kirchnerismo, que en Rosario significó un revival de su carácter industrial además de portuario”. El aumento de la tasa de criminalidad coincide con el aumento de la actividad económica. El dato “da cuenta de que ya el sector económico formal no podía contener a sectores de la sociedad que antes contenía; el trabajo como articulador social ya no basta para religar un modelo de sociedad, el narcotráfico también entra por ahí y hay que verlo como una instancia de compensación de aquello que ni el mercado ni el Estado pueden hacer en Rosario. Por eso la consolidación del fenómeno narco implica un desafío para los poderes públicos y políticos”.

De regreso a la aldea

Para Fernando Farina no está todo perdido para la cultura de Rosario. “La mística está latente y solo hace falta una buena política que se apropie de lo existente y lo difunda, a la vez que destaque aspectos absolutamente centrales y distintivos de la ciudad como la decisión tomada hace años de que el espacio recuperado del puerto y de los ferrocarriles fuera destinado a uso público y no para un proyecto privado, como ocurrió en Buenos Aires con Puerto Madero”, dice.

Chababo expone una visión más crítica. “Con una celeridad que a muchos sorprende —afirma—, se ha producido en los últimos tiempos un retroceso importante: la idea aldeana y provinciana ha reconquistado fuerza, algo que se constata en la reivindicación del valor de lo local, de lo propio, anclado en la reafirmación orgullosa de un chauvinismo cultural concentrado en un repertorio deslucido y decadente. Rosario ha dejado de dialogar con el mundo, y ha vuelto a su antigua senda parroquial”.

“Con una celeridad que a muchos sorprende, se ha producido en los últimos tiempos un retroceso importante: la idea aldeana y provinciana ha reconquistado fuerza…”

A la decadencia —“no hay revistas culturales, ni producciones radiales o televisivas con contenido reflexivo y polémico; no hay programas radiales en los que se reproduzcan discusiones, salvo algunas revistas digitales en las que se intenta hacer oír una versión menos concesiva”— se le suma lo que Chababo describe como clima de corrección política: “El valor y el reconocimiento público de las producciones culturales pasa hoy más por las buenas intenciones que por el resultado final de las obras: hay que demostrar ser sensible y respetuoso hacia el feminismo y la perspectiva de género, hay que demostrarse dispuesto a combatir y denunciar la cultura hétero patriarcal, hay que ostentar una mirada empática con las diferencias, hay que reivindicar el compromiso con la memoria del pasado reciente, entre otros tantos mandatos cristalizados y sacralizados”.

Lila Siegrist, artista visual, editora y activista dedicada a políticas públicas, valora por su parte “una genealogía prolífica en la que se entrecruzan proyectos culturales pequeños, domésticos, autogestivos, con políticas públicas que han propiciado la creación de organismos y equipamientos culturales insignia, junto a la vida universitaria que convoca regionalmente gran afluencia e intercambio”. El itinerario cultural de la ciudad “aloja escenas preciosas” en un recorrido que iría desde “la voz de Libertad Lamarque bañando el éter de teatritos llenos de hombres anarquistas” a “las nuevas poetas que orbitan en la grosa de Beatriz Vignoli, o Mariana Tellería con su agudeza y refinamiento en cada proyecto que ha craneado y ejecutado trascendiendo fronteras y continentes”. Una marca cultural que, agrega Farina, “todavía está vigente, y estimo que cuando se reactive el turismo interno volverá a ser un lugar elegido por mucha gente, que no se siente más insegura en Rosario que en otro lugar del país”.

Para el ex director del Museo Castagnino “no hubo una continuidad” en las políticas de cultura desde entonces a la actualidad. “Durante distintos períodos, una de las características en Rosario fue la transgresión y eso muchas veces genera temor en los dirigentes políticos, sobre todo en los últimos años en que todo se ha vuelto más conservador y ninguno quiere aparecer expuesto por alguna acción cultural”, dice.

“El desafío que debemos darnos como ciudadanos —opina Lila Siegrist— es expandir la mirada, dimensionando el momento presente con cierta perspectiva histórica, que pone a la ciudad de Rosario en un contexto regional y nacional, y al país en nuevas situaciones a escala global. Es un buen momento para realizar preguntas acerca de las fortalezas y los límites de la administración pública, también”.

La solución es política, agrega Farina: “Solo hace falta cierta visión —definir un plan—, y valentía para potenciar el trabajo de los artistas y de las instituciones culturales. Hago hincapié en las instituciones porque no se mide la importancia que puede tener la ampliación de un museo que posee en sus depósitos un conjunto de obras extraordinario o cómo convertir al Tríptico de la Infancia en un Disney diferente, con otros contenidos que inviten a disfrutar pero también a aprender y reflexionar”. Si la debacle provocada por la pandemia es una preocupación excluyente “hay que recordar que algunos de los proyectos culturales más importantes de la ciudad se definieron y se desarrollaron en el marco de la crisis de 2001”.

“Hay que recordar que algunos de los proyectos culturales más importantes de la ciudad se definieron y se desarrollaron en el marco de la crisis de 2001…”

Chababo enfatiza en la necesidad de problematizar y provocar cambios dentro de la cultura, para no quedar “asfixiados de conservadurismo celebrando la celebración de lo mismo o la apertura de un museo dedicado a la Trova o Rita la Salvaje, o dándole el título de Ciudadano distinguido post mortem, si no es que ya no se los han concedido, al Che Guevara o a Alberto Olmedo”.

El interrogante es si el resurgimiento será posible en un contexto signado por la profundización de las desigualdades sociales, como señala Marisa Germain. Pero la violencia ya no se restringe a los márgenes de la ciudad y afirma su dominio en cada balacera a la luz de día. “No se va a resolver de un día para el otro —dice Andrés Rolandelli—. Hay problemas macro que exceden la voluntad de cualquier gobernante por lo que habría que generar acuerdos con todos los poderes del Estado. Hoy un costo de un mal acuerdo es mucho menor que el costo de un desacuerdo. No podemos hacer de este tema un objeto de disputa política”.

Marisa Germain menciona los emprendimientos de barrios privados en los alrededores de Rosario y las torres y conjuntos de edificios frente al rio, “emprendimientos que al mismo tiempo le dan un estándar de vida y un perfil turístico a la ciudad y están inmediatamente ligados con los negocios subterráneos y oscuros que la vuelven la ciudad que es”. En ese sentido, “hay una encrucijada que parece repetirse, por algo nos bautizaron la Chicago: la ciudad tiene entretejido en su formato los negocios ocultos y cierto bienestar o lujo que se manifiestan en grandes obras arquitectónicas y en una producción cultural que al mismo tiempo se nutre de los flujos de las actividades económicas más oscuras”. La actualidad de Rosario marca la urgencia de la confrontación entre los rostros de la ciudad bifronte.


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