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Política

¿En verdad quiere Estados Unidos la paz en Ucrania?

La pregunta es incómoda, pero vale la pena hacérsela. Desde finales del 2021 cuando la inteligencia estadounidense advirtió a la Casa Blanca que una invasión de Rusia a Ucrania era inminente, la administración Biden utilizó la diplomacia y la disuasión para intentar evitar el desenlace bélico. La estrategia de Washington de filtrar dicha información en la prensa para contener la pulsión militar de Putin, el viaje del Secretario de Estado Antony Blinken a Suiza para reunirse con el canciller ruso Serguéi Lavrov en enero del 2022 y la llamada telefónica entre Biden y Putin a mediados de febrero son ejemplos contundentes. Estados Unidos quería evitar la guerra, de eso no había dudas. En los días posteriores al 24 de febrero cuando Moscú decidió comenzar la invasión a su vecino, la retórica y las primeras acciones estuvieron enfocadas a empujar a Putin a una mesa negociadora. 

Sin embargo, con el paso del tiempo la persecución de Washington del objetivo de alcanzar la paz se fue diluyendo. El lento (y poco eficiente) avance de los objetivos militares de Rusia y la inesperada resistencia cívico-militar ucraniana comenzaron a cambiar la percepción en Estados Unidos. La revitalización de la alianza atlántica, el rápido acuerdo del G-7 sobre un aumento cuantitativo y cualitativo de las sanciones económicas y financieras (SWIFT, embargo de reservas), el acompañamiento del sector corporativo en dejar los negocios en Rusia y el fuerte respaldo diplomático de gran parte de la comunidad internacional en el ámbito multilateral mostraron una relativa fortaleza de occidente. Sin juzgar cuán correcta es la percepción, la Casa Blanca dejó de pensar cuánto podía ganar Moscú con la guerra para pensar cuánto podía llegar a perder en su jugada bélica.

En los últimos diez días de marzo cuando se anunciaban ciertos avances en las negociaciones entre las delegaciones de Kiev y Moscú, Biden parecía sistemáticamente boicotear un proceso de alto el fuego. En el lapso de dos semanas el presidente de Estados Unidos llamó a Putin “criminal de guerra” y afirmó que el ex KGB “no debía permanecer en el poder”. Muchos nos preguntábamos en ese entonces ¿Estados Unidos quiere la paz?

De repente y sin esperarlo, la administración Biden encontró en la Guerra entre Rusia y Ucrania una oportunidad para intentar recuperar su liderazgo en el plano internacional y mostrar sus músculos de poder, aspectos que en la competencia con China no se han dejado ver. Al rivalizar con Rusia, la administración demócrata encuentra una comodidad que nunca logró en su confrontación política y comercial con Beijing.

En primer lugar, Estados Unidos no pone los muertos. No hay body bags que se agolpen en los aviones generando (como pasó en Vietnam e Irak) el rechazo de los estadounidenses. El involucramiento es contundente, visible y decisivo pero indirecto. 

Segundo, la inédita asistencia militar a su aliado Ucrania ha tenido sus frutos en el terreno militar. Sin esta variable hoy la guerra ya habría terminado a favor de Rusia.  Entre los ganadores de la guerra está sin lugar a dudas el complejo industrial militar de Estados Unidos cuya producción está al tope de la capacidad ociosa, a tal punto que tuvo que detener la venta de armas nada más ni nada menos que a Taiwán. El terreno de operaciones ucraniano es campo fértil para poner en acción gran parte de las innovaciones tecnológicas desarrolladas, un gran laboratorio mirando de reojo el Indo-Pacífico. Se suele argumentar que el gasto anual militar de Estados Unidos (770.000 millones de dólares para 2023) es la suma del gasto de los diez países que vienen por detrás. La actual guerra pone de relieve que eso deja de ser una simple abstracción numérica. El reciente paquete de ayuda humanitaria y militar para Ucrania que Biden propuso al Congreso (33.000 millones de dólares hasta setiembre) muestra que la paz no está entre los escenarios proyectados.

En tercer lugar, Estados Unidos ha evitado el colapso energético a partir de jugar un rol como oferente de un elemento que es sin lugar a duda un bien público global. Se comprometió a liberar reservas de petróleo ante la caída de la oferta global, logró récord de exportación de crudo y se convirtió en un sustituto (vía el GNL) del gas ruso para muchos países de Europa. 

Cuarto, como bien explicaron Henry Farrell y Abraham Newman en un artículo en The New York Times no quedan dudas que Estados Unidos es el único sanctions superpower del sistema. Más allá de discutir la efectividad, no quedan dudas del monopolio del rol de disciplinador financiero y del uso de su moneda (dólar) desde una lógica de economic statecraft (el uso económico para fines políticos). 

Quinto, la narrativa predominante sobre el origen del conflicto, así como su evolución, sigue siendo la que Estados Unidos pone sobre la mesa. En una guerra queda claro como en ningún otro acontecimiento la frase nietzscheana de que “no hay hechos sino interpretaciones”. El aparato comunicacional occidental ha estado al servicio para identificar buenos y malos. El ejemplo más claro ha sido el rótulo (“medio afiliado al gobierno de Rusia”) que la red social Twitter ha colocado a distintos usuarios, muchos solamente por tener una voz crítica sobre el rol de la OTAN y de Estados Unidos. 

Los fierros, la energía, las finanzas y las narrativas. Cuatro recursos de poder desplegados al calor de la trágica guerra en Ucrania. Sin involucrarse directamente en un conflicto que es de “terceros”, Biden susurra su eslogan de política exterior: “America is back”

Los fierros, la energía, las finanzas y las narrativas. Cuatro recursos de poder desplegados al calor de la trágica guerra en Ucrania

La funcionalidad de la guerra para Estados Unidos está en la distribución de los costos entre los principales actores. Está claro que la guerra está siendo un acelerador hacia la estanflación de la economía estadounidense. También que el uso indiscriminado de sanciones puede lesionar en el largo plazo el rol del dólar como moneda de reserva internacional y que Rusia puede terminar en los brazos de China. El punto que pocos marcan es que Estados Unidos puede perder con la guerra, pero pierde menos que el resto. 

En Europa muchos no pueden dormir por la posibilidad de un escenario nuclear. Además, tienen el problema de los refugiados y de la seguridad energética. Ante un contexto global rígido, si Moscú se respalda en China, Europa necesita como nunca a Washington. Para China la guerra ha sido un gran dolor de cabeza tanto en el plano diplomático como económico en una coyuntura de resurgimiento del Covid-19. La aquiescencia de Beijing con Rusia en un contexto de inéditas sanciones y tensiones geopolíticas contribuyó a una inédita salida de capitales (sell off) y la devaluación del Yuan. China no parece salir para nada fortalecida en un escenario de prolongación bélica, por lo menos en el corto plazo. Por último, Rusia podrá obtener algún premio territorial y político en Ucrania, pero parece difícil que pueda soportar una guerra larga, tanto militar como económicamente. Las sanciones parecen no tener impacto en el corto plazo (el rublo volvió a valores pre guerra) pero no caben dudas que en el horizonte la desconexión con occidente será social y materialmente muy costosa. 

En definitiva, la guerra en Ucrania parece prolongarse en el tiempo y entrar en una lógica perenne. Para Biden y la Casa Blanca el escenario parece brindar una relativa comodidad estratégica. Parafraseando a Tucídides, en esta guerra los fuertes (Rusia y Estados Unidos) hacen lo que pueden, los débiles (Ucrania) sufren lo que deben. 

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