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Archivo Negro

Enigmas de la crónica policial: tres amigos de Echesortu, un secuestro y el manto de silencio que cubrió todo

Era un grupo de amigos del barrio Echesortu. Uno vendía telas, ropa de cama y artículos de bazar, otro estaba desempleado y el tercero tenía una verdulería. A la tarde solían encontrarse en el bar La Estrella, en la esquina de Urquiza y Cafferata, y hablaban un poco de todo. Corría el año 1975, los secuestros extorsivos de empresarios por parte de organizaciones armadas y delincuentes comunes conmocionaban a la opinión pública: el tema debió salir en la conversación, y también el plan de la propia empresa criminal.

Hugo José Felipe Risiglione, dueño de un pequeño negocio en una galería de Echesortu, tuvo la idea. Miguel Ángel Ramón Cazón, recién casado y sin trabajo, pensó que era una oportunidad. Ambos decidieron incluir a otro amigo, Luis Eliseo González.

—Vamos a hacer un trabajo —dijo Risiglione—. Te necesitamos para manejar un auto.

—¿Qué trabajo? —preguntó González.

—Levantar a un muchacho de la calle San Luis.

El muchacho se llamaba Pablo León Reinstein, tenía 23 años, estudiaba Ciencias Económicas y vivía en bulevar Oroño al 1000. Hacía falta un escondite mientras negociaran el pago del rescate, y concluyeron que la verdulería de González, en la calle Córdoba antes de llegar a la esquina de Alsina, era un lugar apropiado. Parecía un plan perfecto.

Risiglione conocía a la familia Reinstein. Sabía que Pablo salía de su casa después de almorzar en un Peugeot 504. Sabía que iba hasta el centro de Rosario y estacionaba en una cochera ubicada en Mitre entre 9 de Julio y 3 de Febrero. Sabía que en esa zona tenía un negocio el padre, el comerciante textil Emilio Reinstein.

La fecha elegida fue el 3 de septiembre de 1975. Pablo Reinstein siguió la rutina ese día y apenas estacionó en la cochera fue abordado a punta de pistola por Cazón y obligado a acostarse en la parte trasera del Peugeot. González se hizo cargo del volante mientras Risiglione permanecía en el ingreso del garaje para impedir el paso de otros vehículos.

No hubo testigos del secuestro. Reinstein fue llevado a la verdulería de Córdoba y Alsina, donde lo encerraron en una habitación, maniatado y con los ojos vendados.

Con 32 años, Risiglione era el mayor del grupo y según el expediente judicial dio las órdenes. Le dijo a Cazón que vigilara al cautivo y a González que se llevara el Peugeot y lo abandonara en la calle, con cuidado de no dejar huellas.

No parecían delincuentes primerizos. Pero el plan perfecto comenzó a fallar esa misma noche.

La culpa compartida

Pablo Reinstein pudo liberarse de la venda y las ataduras. Salió de la habitación donde estaba encerrado y se arrojó sobre Cazón, que había escuchado los ruidos. Según su declaración, Cazón le disparó con un revólver calibre 22 en medio del forcejeo, y Reinstein se desplomó herido de muerte.

Cazón le extendió el arma a Risiglione.

—Para que tengamos la misma culpa —dijo.

Risiglione no dudó. Levantó el arma e hizo otros dos disparos contra Pablo. Fue la escena decisiva en la leyenda que rodeó al caso, lo que explicaría años más tarde el segundo acto: los disparos contra Reinstein se volverían contra sus victimarios, en la cabeza y en el pecho, tal como los había recibido.

A la mañana siguiente, González fue desde su casa hasta el Mercado de Concentración de Rosario para proveerse de mercadería y abrir el negocio a las 8 de la mañana, como todos los días. Recién entonces se enteró de los hechos.

—Ya está todo terminado —le dijo Cazón—. No hay nada que hacer.

Risiglione y Cazón no perdieron la calma. Consideraron la posibilidad de sacar el cadáver de la verdulería y la desecharon por temor a ser vistos. Tenían que deshacerse de la prueba del delito sin salir a la calle. Cavaron un pozo de casi un metro y medio de profundidad en una habitación trasera de la verdulería, arrojaron el cuerpo de Reinstein para que quedara boca abajo y lo taparon con cal y tierra.

A continuación, Risiglione llamó desde un teléfono público a Emilio Reinstein, le advirtió que no se comunicara con la policía y pidió 1.500 millones de pesos como rescate; el auto de Pablo, agregó, estaba en la calle Crespo al 1300, con las llaves en el piso.

Emilio Reinstein respondió que no tenía ese dinero. “A partir de ese momento, las llamadas telefónicas se repitieron en forma espaciada y siempre las efectuaba la misma persona”, contó al denunciar los hechos ante la Justicia un mes después, el 6 de octubre de 1975. El caso ya había tomado estado público el 8 de septiembre, informado por el diario La Tribuna en su portada con un texto de dieciséis líneas bajo un título en cuerpo catástrofe: “Otro secuestro hubo en Rosario”. Había antecedentes resonantes en la ciudad y en la región: Emilio Schoeller, secuestrado en Rosario; Néstor Parnasso, en Venado Tuerto; Roque Vassalli, en Firmat, por una banda liderada por Roberto Andrés Acerbi, el mismo que en 1990 planeó el secuestro de Guillermo Ibáñez, hijo del sindicalista petrolero Diego Ibáñez

Pero la familia Reinstein negó la primicia de La Tribuna, tanto al periodismo como a la policía.

Risiglione se hizo llamar Raúl en las comunicaciones telefónicas. En la madrugada del 1° de octubre informó a la familia que en una cabina telefónica vecina a la Terminal de Ómnibus había un papel con instrucciones para la entrega del rescate. Emilio Reinstein aceptó pagar 270 millones de pesos, que dejaría envueltos en una bolsa de color rojo junto a una columna del antiguo puente de acceso al balneario La Florida.

Reinstein cumplió con lo acordado en la madrugada del 2 de octubre de 1975: retiró el papel con las instrucciones sin notar que González lo vigilaba desde la vereda opuesta y dejó el dinero bajo el puente del balneario. Risiglione y Cazón lo observaban de cerca, pero se asustaron porque el verdulero, todavía más aturdido, les dijo que había visto “cosas raras”.

Los secuestradores pensaron que la policía podía estar al acecho y decidieron esperar antes de retirar el bolso. Cuando al fin se decidieron no encontraron nada: un grupo de cartoneros que recorría la zona se había llevado la plata, aunque de eso se enterarían más tarde.

“Al día siguiente, siendo las 19.30 y sin tener hasta el momento ninguna noticia de Pablo, recibimos un nuevo llamado en el que los secuestradores nos acusaron de no haber cumplido las instrucciones y no haber entregado el dinero”, denunció Emilio Reinstein ante la Justicia. La comunicación se suspendió hasta el 6 de octubre, cuando “Raúl” conminó a la familia a pagar el rescate en veinticuatro horas y colgó el teléfono sin responder después que le pidieron una prueba de vida.

A partir de la denuncia ante el juez José María Peña, la policía intervino los teléfonos de la familia Reinstein. Pero no hubo novedades, ni siquiera cuando Emma Epsztein, la madre de Pablo, se presentó el 19 de diciembre en Canal 5 y mirando a cámara le habló a “Raúl” y le pidió que volviera a comunicarse.

La familia reiteró el llamado a través de avisos publicados en los diarios La Capital y La Tribuna entre el 27 y el 31 de diciembre: “Raúl —el nombre en cuerpo notoriamente destacado en la página—: te pedimos volver a comunicarte con el doctor, asegurándote reserva y recompensa”. En la calle corría el rumor sobre los cartoneros que se habían vuelto millonarios del día a la noche y celebraban fiestas pantagruélicas en una villa; Risiglione decidió responder al llamado.

El día de año nuevo de 1976 la policía supo que los Reinstein habían recibido un llamado desde una línea telefónica que llevaba a un departamento de Crespo al 400. Agentes de Robos y Hurtos detuvieron en el edificio a Risiglione, el 2 de enero, y después de someterlo a torturas durante una semana —lo que el parte policial pasó en limpio como “múltiples diligencias”— obtuvieron una confesión y los datos para apresar a Cazón, de 29 años, y González, de 25. Esa misma noche los bomberos zapadores exhumaron el cadáver de Pablo.

Cazón relató así su captura ante el juez federal Pedro Alegría Cáceres:

—Comencé a trabajar con González en la verdulería, ayudándolo, porque me había casado y estaba suspendido en mi trabajo en la Municipalidad. El sábado 10 de enero estaba en la casa de González y nos pasó a buscar Risiglione en el auto. Fuimos a la verdulería, él se quedó en la puerta y aparecieron varios policías.

“Risiglione era amigo íntimo de Pablo Reinstein y siguió tratando a la familia después del secuestro, mientras se ignoraba lo que había pasado”, recordaría en 2002 el exjuez Peña.

El expediente fue a la Justicia Federal y volvió a la provincial, sin que se profundizara la investigación. Las diligencias del juez de instrucción Hugo Castagnino se concentraron en gestionar los embargos pedidos por el abogado de la familia Reinstein, sobre el auto y el fondo de comercio de Risiglione y las módicas cuentas bancarias de sus cómplices. La versión policial quedó consagrada como historia oficial, sin que la Justicia investigara los apremios ilegales denunciados por las defensas.

En cambio, la Justicia se preocupó por recuperar el reloj Rolex que llevaba Pablo Reinstein el día del secuestro, un regalo de su padre comprado en Suiza. Risiglione dijo que lo había arrojado al río Paraná junto con el revólver, pero terminó por confesar que se lo había entregado a su hermana; el arma fue secuestrada en el allanamiento de su negocio, en Mendoza al 3800.

Las declaraciones de los secuestradores fueron en principio coherentes entre sí y encajaron sin ninguna fisura. Más tarde, ante el juez provincial, denunciaron que habían recibido palizas y submarino seco de parte de los llamados investigadores policiales y que habían firmado los papeles que les pusieron por delante, sin leerlos.

Sin embargo, no hicieron descargos que pudieran contradecir la versión policial. González ratificó su primera declaración y Risiglione aportó más detalles ante el juez federal. Teresa Risiglione confirmó que su hermano le había llevado el Rolex en la primera quincena de diciembre, “diciéndome que lo había comprado pero que tenía una falla y como soy empleada de Aerolíneas Argentinas, cuando algún compañero viajara a Suiza podía llegarse hasta la fábrica y pedir que se lo cambiaran”.

En realidad el reloj tenía un dispositivo en la cuerda para poner la fecha y la hora, que Risiglione no había advertido.

—Soy el único que lo sabe manejar —dijo Emilio Reinstein, en el juzgado, donde demostró cómo funcionaba y puso en hora el Rolex—. También lo sabía manejar mi hijo.

El 12 de julio de 1978, el entonces juez del crimen Ramón Teodoro Ríos condenó a Risiglione y a Cazón a prisión perpetua por secuestro extorsivo y homicidio calificado por alevosía, e impuso 12 años de cárcel a González como partícipe primario de secuestro extorsivo.



Condenados a muerte

Las condenas de la justicia, siendo duras, no parecían suficientes. “Alguien deslizó, en aquella época, que allegados al joven inmolado juraron vengar aquella injusta muerte”, afirmó una crónica del diario Clarín del 8 de octubre de 1988.

Los tres condenados recibieron varias conmutaciones de pena que mejoraron su situación. González fue excarcelado en diciembre de 1982, mientras que Risiglione y Cazón comenzaron a tener salidas transitorias del penal de Coronda en noviembre de 1984.

El 12 de julio de 1986, Risiglione viajó a Maciel para visitar a su madre. Al bajar del colectivo, en la ruta provincial 11, se le acercaron tres hombres que lo balearon a quemarropa. El cadáver apareció en el camping del Club Alba Argentina.

Risiglione fue asesinado de un tiro en el pecho y otros dos en la cabeza. Como Pablo Reinstein.

Los asesinos siguieron al colectivo desde Coronda. No conocían a Risiglione y casi matan a otro preso, cuando el micro hizo una parada en Barrancas. Parecían profesionales, y no ahorraron muestras de crueldad: esa noche, la madre de Risiglione recibió un llamado telefónico en el que un hombre le avisó que su hijo no podría ir a visitarla. 


En otra versión, publicada con firma de Enrique Sdrech en Clarín, Cazón es el preso al que los asesinos confunden con Risiglione:

“Pocos días antes, quien había salido en uso de similar permiso desde la misma cárcel había sido Cazón. El ómnibus de pasajeros de línea regular que lo transportaba desde Coronda a Rosario hizo una parada de rutina en Barrancas. Allí descendió todo el pasaje. Cazón solo lo hizo para ‘estirar las piernas’. Dos sujetos lo interceptaron: ‘¿Vos sos Risiglione?’, le preguntaron. Casi tartamudeando Cazón juró que no”.

Según la misma crónica, Cazón dio cuenta del incidente a las autoridades de la cárcel y suspendió sus salidas transitorias. La prisión era más segura. Pero el 30 de junio de 1987 recibió la libertad condicional y tuvo que volver al peligroso mundo exterior.

Sus temores no tardaron en confirmarse. El 4 de julio de 1987 fue interceptado en la calle por tres hombres que dijeron ser policías, le pusieron un alambre en el cuello y empezaron a apalearlo “por lo del pibe Reinstein”, según le dijeron. Cazón se salvó entonces porque una vecina presenció la paliza y se puso a gritar.

“Estaba arrepentido. Me contaba que tenía horribles pesadillas y se despertaba bañado en sangre”, contó Osvaldo Roig, un amigo que ayudó a Cazón y lo tomó como empleado en una rotisería en Paraguay y 3 de Febrero, a una cuadra de la sinagoga de la Asociación Israelita de Beneficencia.

—Sé que soy boleta —se lamentaba Cazón.

Pasó un tiempo sin sobresaltos. Cazón creyó tal vez que podía pensar en el futuro. Compró una máquina de coser zapatos. Hizo planes, se instalaría con un pequeño local en el centro de Rosario. El 6 de octubre de 1988 iba a dejar de trabajar en la rotisería de su amigo. Y así fue, pero no de la forma en que había previsto.

Un sicario en escena

A las 20.50 de aquel día, cuando terminaba de atender el negocio de su amigo, Cazón cayó herido de dos balazos de calibre 22. El mismo calibre utilizado para matar a Pablo Reinstein; uno de los proyectiles lo alcanzó debajo del omóplato izquierdo y el otro en la espalda. La leyenda elaborada a través de rumores, versiones orales y notas periodísticas corrigió las trayectorias de los disparos para situarlos en el pecho y en la cabeza y confirmar el ojo por ojo.

—Me la dieron, Osvaldo —dijo Cazón, a Roig—. Llamá a una ambulancia —y expiró.

El crimen de Cazón tenía el sello de un sicario. Las pericias  determinaron que le habían disparado desde el segundo piso de un edificio vecino que estaba en construcción. En el lugar la policía encontró dos vainas servidas y otras dos balas intactas de calibre 22, de punta hueca y sin encamisado, un proyectil particularmente letal al deformarse con facilidad al impactar y generar mayor arrastre de tejidos. El asesino quiso asegurarse de cumplir su misión.

Vecinos de Paraguay y 3 de Febrero habían visto que dos personas sospechosas se alejaban rápidamente del lugar después de la muerte de Cazón. Habían subido a un Peugeot 504, del que anotaron la patente.

El dueño del auto era José María Distéfano, un oficial de la policía provincial que llevaba un año fuera de servicio “con carpeta médica”, el eufemismo policial que suele utilizarse para designar problemas de salud en general. Fue el primer detenido.

El segundo se llamaba Oscar Piedrabuena. Era el chofer de Emilio Reinstein y había sondeado a distintos policías en busca de un tirador que pudiera “hacer un trabajo”, según reveló la prensa local.

En el interrogatorio policial, y después en indagatoria ante el juez Arnaldo Martín Ayarza, el chofer admitió que había contactado a Distéfano para que matara a Cazón a pedido de Emilio Reinstein. El comerciante fue también detenido, aunque permaneció en un sanatorio privado.



Mientras tanto, la suerte de Luis Eliseo González, el tercer involucrado en el secuestro de Pablo Reinstein, disparó infinidad de conjeturas. El 17 de octubre, González concedió una entrevista al diario La Capital donde se mostró arrepentido de su pasado y afirmó haber actuado “muy llevado de los pelos por mi carácter endeble”. Y no hubo más noticias sobre su vida.

Pese a los avances de la investigación, según Clarín, corrían rumores sobre el lobby judicial y político de “un conocido abogado rosarino, de grandes e invisibles influencias” y “ciertas presiones muy poderosas (que) impedirían el esclarecimiento”. El diario no identificó al abogado ni la fuente de información y asoció el asesinato de Cazón con el del diputado demócrata progresista Mario Lisandro Armas y el intento de homicidio del abogado Jorge Majul. La secuencia no tenía ningún sostén fuera de que los antecedentes estaban impunes. Pero una frase de la crónica resultó premonitoria: “Todas estas investigaciones entrarán muy pronto en vía muerta”.

A fines de octubre, el expediente pasó al juez Daniel Terani. No hubo avances, al contrario: el chofer Piedrabuena se rectificó de su declaración. El 23 de diciembre el juez liberó a los detenidos “al no haberse reunido elementos probatorios suficientes de su culpabilidad” y en agosto de 1989 la Cámara de Apelaciones de Rosario confirmó la resolución. Pero la historia —la de los asesinatos de Risiglione y Cazón— quedó abierta.

Una revelación inesperada

El caso Reinstein y los asesinatos de los secuestradores retornan en El hombre que vivió con miedo, un documental de Baltasar Albrecht y Gastón Del Porto estrenado en diciembre en el Festival de Cine de Mar del Plata.



El hombre que vivió con miedo ganó una convocatoria de Espacio Santafesino en 2018 y reconstruye la historia con testimonios de Daniel Terani, Ramón Teodoro Ríos, Carlos Alberto Carbone, Jaime Belfer (abogado de la familia Reinstein, a cargo de la negociación con los secuestradores), Ricardo Canaletti, Juan de San Segundo (un amigo de Luis Eliseo González) y quien escribe. La película pone el foco en González y escenifica la búsqueda que hicieron los realizadores del único sobreviviente.

“La primera parte es un documental más clásico, donde se cuenta la historia del secuestro y qué pasó con los secuestradores. La segunda parte es una puesta en abismo del documental mismo, que muestra la investigación y qué pasó con González para volver sobre el caso en general”, cuenta Baltasar Albrecht.

La verdulería de González fue demolida con las edificaciones de la cuadra donde ahora se levanta una plaza, frente a la terminal de ómnibus; el bar La Estrella tampoco existe. Fuera del expediente judicial y de la prensa de la época no existen imágenes y las investigaciones periodísticas son contadas. El hombre que vivió con miedo ilustra también la falta de una memoria criminal en Rosario: Albrecht está convencido de que el caso es comparable en su dimensión trágica “al del clan Puccio”, pero “nos costó encontrar a quienes recordaran los hechos”.

La policía y la Justicia rosarina no avanzaron sobre las muertes de Risiglione y Cazón. El expediente quedó cerrado, pero su mismo trámite ilumina la forma en que actuaba la justicia. La declaración de Piedrabuena ante el juez Ayarza; la agresión en la calle contra Cazón y el mensaje de que era “por lo del pibe Reinstein”; los testimonios sobre las gestiones del chofer en busca de un sicario; el vínculo entre Cazón y Risiglione; los indicios de la presencia del tirador Distéfano en la escena del crimen de Cazón: esos hilos quedaron sueltos, pero no dejan de constituir señales de una historia oculta.

Las respuestas que no se dieron en la versión oficial se tramitan desde entonces en la leyenda de una conspiración secreta y una venganza ejecutada a sangre fría. Algo que me desmintieron en 2002, cuando publiqué una primera crónica sobre la historia en el diario La Capital; en ese momento una persona se presentó en la redacción como un amigo de Pablo Reinstein, negó la represalia y quiso saber los motivos de mi interés por el caso.


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