Desde la contaminación del aire en la atmósfera superior estamos obligados a respirar con desconfianza, más cuando un fumador nos inunda a la fuerza con su vicio. Y el gesto es de desagrado cuando el humo isleño colisiona con nuestros ojos dejándolos enrojecidos. Cada día el mar luce más bello pero el fondo de los océanos está colmado de plástico. Imposible hallar en nuestro planeta un sitio que no haya sido arrasado, violado. En pocos años una temporada de calor nos dará una prueba apocalíptica de la insensatez. Pero los llamados para poner fin al suicidio colectivo no son tomados en cuenta.
Algo parecido sucede con esta pandemia que nos estremece y fue presentada en sociedad obligando a optar cómo enfrentarla. Quién será el encargado de hacerlo: el Estado o el Mercado insaciable. Aquí prevaleció un punto de vista humanista que protege la vida sobre todo otro valor como el económico. Y hay perjudicados que reclaman poder volver a trabajar y cumplir con sus compromisos. Los paliativos en práctica, en algunos casos, puede que no satisfagan plenamente por su llegada complicada o poco organizada.
De todos modos, si bien estrictas, las medidas se espera no serán mantenidas indefinidamente pero igual deprime meditar sobre la transitoriedad de la existencia y pensar si alguna vez vio alguien trabajar a un muerto. En condiciones propias de un esclavo sí. Muchas. Presenciar, imaginar la muerte del otro provoca miedo, escozor por lo menos. Si se observa bien a quien ya no está entre nosotros se descubre un mismo rostro. Cabellos más, arrugas menos, somos uno.
No compremos grietas que venden incautos y aprovechadores aprendices de aristócratas, odiadores enrolados en la derecha de la derecha buscando recuperar privilegios de ayer que sumergieron al país en la peor crisis de su historia. Estos comportamientos salen caro. Carísimos. Alguien se olvidó que los tontos también mueren.
Poco le importa a quien elucubra la supuesta resistencia desde Suiza o el hotel más caro de París insuflado por acólitos que añoran un poder perdido. Intolerantes amargamente satisfechos de haber contribuido a expandir el veneno que los atraganta sin saber más de uno por qué o para qué. El odio no alimenta. Consume, roe las entrañas como un cáncer incurable. Pestes como las que hoy enfrenta el planeta condujeron a acelerados descubrimientos postergados sobre el mundo poco conocido de los virus.
Muchos de ellos han mantenido vivo al hombre. Son los virus buenos que lo han preservado de los malos. Infantil explicación. Pero lo cierto parece ser que la ciencia se ha ocupado más de los patógenos que en los que nos protegen de ellos. Deben tener mala prensa los buenos y dar menos ganancias, siempre la misma historia. Como los unos y los otros. Que están frente a frente. A un paso. Pero divididos.
El lema de la libertad individual, el hartazgo de la cuarentena y la falsa excusa de que el barbijo no deja respirar y otros reclamos desnudan un enfrentamiento político feroz, descarnado e inútil. Triste. Aunque para sus oscuros fines una oposición confundida decida tomar de rehenes a toda la comunidad poniendo en grave riesgo la integridad física de sus congéneres.
Aconsejado por expertos en el complejo tema el primer mandatario argentino evaluó la situación dada pero por las dudas aclaremos que no se sacó un puñado de virus del bolsillo ni inventó la cuarentena. La humanidad sufrió la viruela, sarampión, gripe española, Peste Negra, Fiebre Amarilla, cólera, lepra, sífilis, HIV, tuberculosis, neumonía.
En Italia, en el siglo XIV, ya se acordonaban las ciudades para frenar la peste bubónica. Entonces, Hipócrates y Galeno, sabios innovadores en asuntos de medicina, aconsejaban: vete rápido, vete lejos y tarda en regresar. Y en el Antiguo Testamento consta que Yavé le dijo a Moisés que echara del campamento a leprosos y a impuros que hubieran tocado un cadáver. Todas estrategias de la salud pública destinadas a separar sanos de enfermos y prevenir la propagación del mal.
Hoy sabemos que la ciencia no es un dogma y que al desarrollarse arroja constantemente nuevas posibilidades para cuando alcancemos el tiempo de la pos pandemia, que por ahora parece tener un costo oculto y que se intuye dramático aunque se la mencione en voz baja. No son pocos los que están convencidos de que 2020 es el año que cambió el mundo tal como lo conocimos. Mientras, se aguardan vacunas salvadoras para los primeros meses del año venidero. Se aplaude con fervor una posible temporada veraniega, pero desaprensivamente se incumple con el uso de los barbijos, la higiene adecuada y el distanciamiento social. Mas se pretenden respuestas que la ciencia aún no posee. Esto terminará cuando se termine.
Y entre más dudas que certezas. Eso sí, tanta inactividad compulsiva nos pone cara a cara con la realidad que mirábamos cada día pero sin ver. Como, por ejemplo, la indigencia moral, la desigualdad y la injusticia social traducidas en falta de educación adecuada, protección de la salud, vivienda. Inseguridad. La brecha es, despertemos, entre pobres muy pobres y ricos cada vez más ricos. Los que sueñan con un mundo mejor creen que es posible una nueva realidad más justa y por sobre todo feliz. En la historia de la civilización las grandes crisis han sido decisivas para la sociedad. Y la salvación, no está de más repetirlo hasta el cansancio, será entre todos para todos por igual o no será.

































