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Economía

¿Los sueldos no alcanzan o colapsó el modelo?

Días pasados el presidente de la Nación se refirió a una problemática central de la micro de las familias: ¡los sueldos no llegan a fin de mes! Claro que la referencia no fue en un sentido comprensivo sino más bien socarrón, puesto que puso en duda que una persona o familia no contara con los medios mínimos para subsistir. Y cómo dice el dicho, no aclare que oscurece. 

La intervención sumó múltiples repercusiones en redes y en medios. Nada nuevo ante cada intervención polémica del Sr. Presidente. El caso vale la pena analizarlo, no solo por lo doloroso que representa para cada uno de los millones de hogares que lo padecen, sino porque sintetiza de manera acabada la sumatoria de todos los fracasos del actual esquema económico. Y en una sola frase. 

Es la síntesis de una inflación indomable, el costo del dinero por las nubes y una apertura económica con el dólar planchado que hace perder de a miles los puestos de trabajo y las empresas.

El primer golpe llega desde los precios. La inflación puede desacelerarse, pero los bolsillos no necesariamente se recuperan. En Santa Fe, las familias siguen enfrentando una carrera desigual entre ingresos que llegan tarde y gastos que nunca esperan. La inflación acumulada en los primeros 9 meses del 2026 fue de 23,6%, en tanto que en el 2025 fue de 23%. No retrocede: avanza. Y cuando los salarios no acompañan, cada mes se pierde una nueva porción del poder adquisitivo.

En julio de 2026, una familia rosarina de cuatro integrantes necesitó 1.649.977 pesos mensuales para no caer bajo la línea de pobreza. Si se incorporara el costo de la vivienda, esa cifra podría superar los dos millones de pesos. Según el INDEC, alrededor del 40% de los hogares santafesinos se encuentran por debajo de aquel umbral de ingresos. La pregunta es inevitable: ¿cuántos trabajadores pueden sostener semejante presupuesto sin tomar deuda?

La estructura del consumo santafesino ayuda a comprender el problema. Alimentos y bebidas representan el 32% de la canasta del IPC, transporte y comunicaciones otro 19% y vivienda y servicios básicos el 10%. Entre estos tres componentes concentran más del 61% del gasto ponderado. Son gastos difíciles de postergar. Cuando aumentan, el ajuste familiar termina recayendo sobre todo lo demás.

El segundo golpe llega desde el sistema financiero. Cuando los ingresos no alcanzan, el crédito deja de financiar proyectos para convertirse en una herramienta de supervivencia. La tarjeta reemplaza al efectivo, los préstamos personales cubren gastos de todos los días y las cuotas comprometen ingresos que todavía no fueron cobrados.

Según la ONG DEMOS, el 42,9% de los adultos santafesinos registraba saldos financiados en tarjetas de crédito y el 38,2% mantenía préstamos personales vigentes. Son indicadores que pueden superponerse, pero revelan la importancia adquirida por el endeudamiento familiar. Con tasas de interés elevadas, refinanciar consumos cotidianos puede transformar una dificultad transitoria en un dolor de cabeza. Los intereses comienzan a disputarle a los alimentos, los servicios y el alquiler, una porción creciente del salario. La familia ya no administra solamente cuánto gana y cuánto gasta: también debe calcular cuánto de su ingreso futuro ya pertenece a los acreedores.

Se configura así una peligrosa transferencia de recursos desde los hogares hacia el financiamiento de sus propias necesidades básicas. El crédito que debería anticipar bienestar termina hipotecando consumo futuro. 

El tercer golpe proviene del deterioro productivo y laboral. La apertura económica, la competencia de productos importados, el atraso relativo del tipo de cambio y la debilidad del mercado interno configuran un escenario apocalíptico para numerosas empresas industriales y comerciales. Sus efectos no son homogéneos, pero allí donde caen las ventas y se comprimen los márgenes de ganancias, la continuidad de las firmas y del empleo comienza a resentirse. Así lo registró la última medición del desempleo donde el Aglomerado Gran Rosario alcanzó la cúspide del desempleo en el país con el 11,5% de la fuerza laboral desocupada, cuando 12 meses atrás era de 7,5%.

El problema es especialmente sensible en una provincia como Santa Fe, donde la industria manufacturera, el comercio y los servicios constituyen componentes fundamentales de la estructura productiva. Cada empresa que reduce su actividad, suspende trabajadores o cierra sus puertas, deteriora mucho más que una estadística: destruye ingresos familiares, capacidades productivas y oportunidades laborales. Dos de cada tres pesos que produce la provincia provienen de actividades mano de obra intensiva.

La contracción del consumo alimenta este proceso. En septiembre de 2026, la recaudación del IVA registró, según los datos del Ministerio de Economía, una caída interanual del 6,9%. A su vez, las ventas de supermercados a precios constantes disminuyeron 2,1% interanual en julio. Son señales de una demanda que no arranca.

Menores ingresos provocan menor consumo; menores ventas reducen la facturación empresaria; la caída de la actividad limita la inversión y el empleo; y la pérdida de puestos de trabajo vuelve a reducir los ingresos. Es un círculo contractivo que termina retroalimentándose y cuya expresión más visible aparece en los hogares que ya no llegan a fin de mes.

Tener trabajo registrado o no, tampoco garantiza escapar de esta dinámica. Un trabajador con ingresos deteriorados puede experimentar dificultades semejantes a las de una persona desempleada para cubrir sus necesidades esenciales, aunque sus situaciones laborales sean distintas.

Los tres fenómenos terminan encontrándose en un mismo lugar: el bolsillo. La inflación encarece la subsistencia, los intereses absorben ingresos futuros y el deterioro productivo debilita las posibilidades de obtener o mejorar un salario. No son problemas aislados: se potencian mutuamente. Por eso los ingresos no alcanzan.

La verdadera recuperación económica no se mide solamente por la desaceleración de los precios ni por los equilibrios de las cuentas públicas. También debe expresarse en empresas que produzcan, trabajadores que conserven sus empleos y familias que puedan consumir sin endeudarse para sobrevivir. En todo caso, el problema no es que las familias no pueden administrar sus sueldos: es que la economía dejó de generar las condiciones para tener una vida digna.


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