Connect with us

Hi, what are you looking for?

Opiniones

“Mucho más que un giro electoral”

El crecimiento de las derechas en diversas democracias occidentales —Estados Unidos, Brasil, Italia, España, Francia y también Argentina— revela un cambio de época. No es solo un giro electoral: es el resultado de un malestar social profundo que transformó el sentido común y la manera en que las personas interpretan la realidad política. En este escenario, la política tradicional aparece desgastada, desconectada de la vida cotidiana y asociada a la incapacidad, la corrupción o la indiferencia ante los problemas reales. De allí surge una desconfianza generalizada hacia el sistema: la idea de que la política dejó de ser una herramienta de representación para convertirse en un privilegio de unos pocos.

Ese vacío es ocupado por liderazgos que se presentan como “anti sistema”, que prometen romper con todo lo conocido. Aunque muchas de sus propuestas impliquen recortes y sacrificios para las mayorías, el énfasis está puesto en el rechazo a lo anterior. Incluso entre quienes sufren las consecuencias de las medidas, se repite la frase: “cualquier cosa menos volver a lo mismo”. Hay un voto que no es tanto de adhesión como de castigo: lo que se elige no siempre es un proyecto de país, sino un enemigo al cual derrotar. El castigo se vuelve esperanza.

El deterioro económico prolongado también cumple un rol decisivo. La inflación, la precarización laboral y la falta de perspectivas alimentan sensaciones de injusticia y de pérdida de control sobre la propia vida. En ese clima emocional, la demanda por orden, autoridad y soluciones rápidas se vuelve más atractiva que los argumentos complejos. Las derechas ofrecen un relato simple y potente: “yo sé quién te perjudica y voy a terminar con eso”. El mensaje es directo, emocional y canaliza la bronca hacia figuras concretas: el Estado, los impuestos, los políticos, los sindicatos, los “privilegios” de otros.

A la vez, se consolidó una cultura del individualismo extremo. Se instala la idea de que “cada uno tiene que salvarse solo” y que lo público ya no garantiza protección ni movilidad social. Cuando el Estado aparece como ineficiente o capturado por intereses específicos, los derechos dejan de sentirse como derechos y pasan a verse como costos. Ese corrimiento cultural es clave para entender por qué medidas objetivamente regresivas pueden conseguir apoyo social: la justicia social pierde fuerza como horizonte y la meritocracia se transforma en un criterio casi incuestionable.

Escuchar ese voto es indispensable. En él se expresan frustración, cansancio, sensación de abandono y deseo de un cambio real. Si la respuesta es simplemente etiquetar al votante como “equivocado” (para ser suave), la discusión pública se empobrece y el progresismo queda atrapado en su propia burbuja de certezas.

La pregunta de fondo es: ¿qué futuro prometen las derechas para que tanto dolor presente se acepte como camino? Y además, ¿qué alternativas se pueden construir para volver a entusiasmar y representar? El avance de estas fuerzas obliga a pensar políticamente de nuevo. No alcanza con resistir: hay que reconstruir un horizonte donde el bienestar colectivo vuelva a ser deseable y donde la política recupere su capacidad de mejorar vidas.

Tal vez ese sea el verdadero desafío de esta coyuntura: comprender por qué un país elige este rumbo, para poder imaginar uno distinto. Y que esa imaginación vuelva a tener fuerza democrática.


Facebook comentarios

Autor

  • Verónica Solina

    Periodista y comunicadora; productora audiovisual y de contenidos. Dirige y desarrolla proyectos de comunicación y estrategias en múltiples plataformas desde Rosario, Santa Fe.

    Ver todas las entradas
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar