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Política

Placeres de cagatintas o de cómo se arruinó el mejor oficio del mundo

Hay dos carreras universitarias en las que no se es nada, aún con el título. Por supuesto, no es filósofo quien haya estudiado filosofía, pero tampoco es periodista quien haya cursado y aprobado comunicación o periodismo, en cualquiera de sus posibilidades académicas. Hasta tanto no haga periodismo, ese egresado no será nada.

Solo sus acciones, o peor aún su trabajo, convierten a alguien en periodista. Nadie pide títulos. A los verdaderos filósofos, mucho menos.

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Para el marxismo, el trabajo en el capitalismo es por definición alienante. Pero curiosamente no hay experiencia práctica en la historia en la que se haya podido ejercer el periodismo fuera de ese sistema.

Es casi una regla de tres simple. Hasta ahora, solo capitalismo más democracia permiten el periodismo. En su ausencia en lugar de periodistas hay propagandistas (lo quieran o no) y arriesgados opositores a los autoritarismos que, desesperados, también están dispuestos a formas militantes de la propaganda política.

Lo grave es que hoy, en el periodismo en la Argentina, hay de los dos: propagandistas y opositores, militantes ambos, y demasiado presentes, muchas veces, con traje de periodistas.

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La historia lo prueba. Fue necesaria alguna forma económica similar al capitalismo, como mínimo los prolegómenos del mercantilismo, para que hubiera un “diarismo”. Al término la prensa se lo debe a Sarmiento. Suena como un enfermo fanatismo social por la lectura de diarios, muchas veces partidarios. Más aún, el autor de Facundo decía algo así como que el “estado de civilización” de una sociedad se puede medir por el desarrollo de su prensa. 

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En estas líneas a mano alzada se busca meditar con otros periodistas sobre tantas malas nuevas para el que creímos era el mejor oficio del mundo. Están escritas con enojo porque un jovencísimo fotógrafo lucha por su vida en terapia intensiva en Buenos Aires. Fue  gravemente herido por las fuerzas del orden de un Estado cuya primera figura, el presidente, aviva el odio a la prensa sin medir consecuencias.

Ojalá no sea un mártir Pablo Grillo. El reportero gráfico herido por hacer su trabajo está en el punto más alto de los ataques al periodismo desde la Casa Rosada en las últimas semanas.

A los acostumbrados discursos contra “los periodistas ensobrados” que  critiquen al líder, para el primero de marzo se agregó una restricción inédita en la cobertura periodística del discurso presidencial a las Cámaras: se vedó el ingreso de fotógrafos y camarógrafos al recinto. Y más tarde, se produjo la amenaza de un “botón de mute” para cuando alguna pregunta moleste al vocero presidencial. No hubo casi reacciones.

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Al cabo de unas tras tres décadas y fracción de que me paguen por lo que me gusta, por escribir, me ha aparecido indefectiblemente en este texto la primera persona. Lo que tanto le he prohibido a mis dedos sobre el teclado hoy me resulta inevitable. Me disculpo por la falta de estilo al hablar demasiado de mí.

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Mientras recorro los entripados que sufren últimamente los periodistas frente al gobierno nacional, que afortunadamente condenan todos, desde las asociaciones gremiales de trabajadores de prensa hasta las que procuran un mejor periodismo sin rozarse con lo gremial, una entrometida arroba se cuela en mi libreta de apuntes de WhatsApp.

El mensaje intruso me sugiere que no me esfuerce más y que use inteligencia artificial para escribir. Y sí, es cierto, con un celular en el colectivo es difícil.

Seguramente el aparato  -maldito cómplice de unas redes que atrapan nuestra existencia con cambios que van hacia algo que no es solo capitalismo- sabe donde estoy y en qué ómnibus. Debe algoritmear hasta mi destino. La tecnología parece resolverlo todo y sin embargo promueve una velocidad que causa fallas humanas. Como la que sucedió en la web de TN.

Es una coincidencia saludable que opinen igual Fatpren, miembros de la Academia Nacional de Periodismo, así como Fopea, o las asociaciones sindicales de periodistas Santa Fe y Rosario. Los gremios nuestros propusieron años atrás discutir un código de ética profesional, sin la repercusión esperada.

El daño a la prensa ya está hecho. El país ha visto lo que ya sospechaba, que un asesor puede acallar una pregunta de un periodista en medio de una entrevista. Unos y otros lo han dicho: quien acepta una nota en exclusiva con el presidente bajo la condición de que el poder controle las cámaras y hasta la edición de sus imágenes sabe que se expone a una puesta en escena. 

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 Un poderoso editor, acaso uno de los más poderosos de la provincia, me advirtió hace unos años que con Inteligencia Artificial puede reemplazar a los periodistas (y no estábamos hablando de los magros sueldos por los que generalmente discutimos). Me advirtió, casi paternalmente, que el “periodismo artesanal”, así lo llamó, tiene poco por delante. Que mi productividad se multiplicaría, en cambio, si acepto que los bits hagan su trabajo, o sea, mi trabajo. Me sentí como un artesano textil inglés a punto de destrozar una máquina de coser. Pero debo en parte darle la razón.

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En tiempos del diarismo, que ciertamente era un periodismo militante, cuando lo sagrado era la opinión (y los hechos demasiado libres), poco hubiera importado que el presidente se ocupe de descargar su ira sobre los periodistas, o que -desde hace demasiado- no haya conferencias de prensa de un mandatario con verdaderas preguntas.

¿Los periodistas debemos sucumbir a la tentación de la colegiación profesional y apartar a quienes para los cánones más elementales no se comportan como periodistas? Creo que no, que la libertad de expresión es anterior y que es vital que cualquiera pueda ejercer el oficio, sin límites. Aún para los que no merecen ser llamados periodistas. Tal como ocurre desde los años diarismo.

La pregunta entonces es ¿cómo defender al periodismo de los productores de contenidos  que se han mezclado entre nosotros? ¿Cómo no ser presa de las publinotas que ya no advierten que alguien las ha pagado, o de las operaciones y censuras? Sólo puedo atreverme a pensar en una palabra redentora: “placer”.

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Si algo queda claro es que la IA se presenta como un fiel servidor obsecuente. Capaz de repetir nuestros errores y aceptarnos tal y cómo escribimos. El teclado predictivo ya me ofrece “diarismo” mansamente y sí, la inteligencia artificial es capaz de imitar mi manera de escribir. Usar mis giros, copiarme las oraciones. El problema es que si ella se apodera de mis construcciones mentales mi escritura no podrá nunca ser mejor (ni peor).

¿Qué será de las letras de alguien que hace sus primeros palotes en el periodismo escrito? ¿Cómo hará para crecer, para encontrar su propia voz aún en tercera persona sin periodismo “artesanal”? 

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Como en las viejas historietas, la IA sería como una voluptuosa secretaria en mis rodillas a la que puedo dictarle lo que quiera. Solo que al paradójico costo de no tener más placer al escribir. Tengo que decirlo ya mismo: el periodismo escrito da placer, se nos lea o no.

Mitre afirmaba que si La Nación sufriera un descenso en su número de lectores al punto de que nadie más compre ningún ejemplar, igual ordenaría imprimir dos: uno para él y “otro para la colección”, que es como decir para la historia. (En las últimas semanas ese diario ha ganado por varios cuerpos la cobertura sobre $Libra. Leer esa excepción de calidad y masiva renueva las esperanzas).

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Sin placer no hay periodismo. Es verdad que hay rutinas, pero los periodistas necesitan de vez en cuando tener en su poder unos datos tan contundentes que no necesiten de ningún adjetivo. Y también que esa noticia deseada sea un problema para alguien con poder, en fin, “contar algo que alguien quiere ocultar”.

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Cuando se trata de placer no convienen los eufemismos, salvo para lo imposible: explicar el disfrute del arte. En un orgasmo no hay reflexión y sin embargo no se me ocurre otro momento más profundo o cercano a un saber filosófico al que cualquiera puede acceder. Es un vacío que llena. Una muerte plena de vida.

Volviendo atrás, a la distancia entre aquel diarismo y el hoy decadente periodismo, a la evolución únicamente capitalista (a mi pesar) de las condiciones reales para poder hacer periodismo, y al placer de dar una primicia (esa noticia que los demás periodistas ni siquiera sabían que querían escribir), digo que sí, que es cierto, que la IA seguramente multiplicaría mis chances de producir textos agradables, y hasta placenteros. Pero lo mismo sucede con un consolador en la cama. Es un artificio.


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