La bio del rosarino Eduardo Rinesi cuenta que es filósofo, politólogo y educador. Es uno de los intelectuales del Espacio Carta Abierta e integró el Directorio de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual. De manera más directa, se lo podría presentar como un pensador de la política, cuyas opiniones suelen generar incomodidad dentro de su propio espacio.
La explicación para esa incomodidad hay que buscarla en respuestas como esta: “Los últimos tres candidatos peronistas que yo voté fueron decididos lejos de todo espacio de discusión democrática por una persona que nos informó a qué conservador debíamos votar”, le dijo a Suma Política. También recordó que en dos de esos casos el PJ perdió y que en el tercero ganó, “pero la electora fue casi desde el primer momento, al mismo tiempo que la vicepresidenta del elegido, su primera opositora”. Y completó el análisis: “Creo que eso debería formar parte de cualquier autocrítica” porque “en ninguno de los tres casos salió bien”.
No son muchas las voces del peronismo que cuestionan públicamente las decisiones de Cristina Fernández.
Cuando tiene que definir al gobierno de Milei, Rinesi es lapidario. “Es antidemocrático, antiliberal, antirrepublicano, autoritario. Neoliberal, desde ya, pero esto en un sentido mucho más fuerte que ningún otro antes”. También relativizó el peso de las encuestas como instrumento para describir el rumbo que va tomando la sociedad. “Las encuestas no son el centro de los recursos con los que pienso la política”, sentenció.
El lunes 14, Rinesi estará en Rosario para participar de un seminario que coordina Adriano Peirone sobre “Pensamiento Tecnológico Argentino” en la Facultad de Humanidades y Artes.

¿Cómo definiría al gobierno de Milei?
-No es fácil hacerlo, porque es un gobierno que se hurta de los modos habituales en los que veníamos pensando la política desde hace muchas décadas. Si tuviera que ponerle unos pocos calificativos, diría que es un gobierno antidemocrático, antiliberal, antirrepublicano, autoritario. Neoliberal, desde ya, pero esto en un sentido mucho más fuerte que ningún otro antes: en el sentido de que intenta que toda la vida social se rija por la pura lógica del mercado, y no de un mercado de competencias y manos invisibles y todos esos cuentos chinos, sino de un mercado de grandes actores monopólicos y muy poderosos. Pero sobre todo es un gobierno de una sociedad a la que declara inexistente. “La sociedad no existe”, dicen. O no debería existir. Porque esa es la idea: que si la sociedad existe es debido a una lamentable confusión en la que nos mantienen desde hace un siglo los soviéticos, los yrigoyenistas y los kukas, pero que no debería existir. Y que va a dejar de hacerlo. Para eso están destruyendo todas las instituciones, los procedimientos, las normas, las leyes y las regulaciones: para que por fin sea cierto que la sociedad no existe y para que no pueda volver a existir nunca más. Ese es el único “nunca más” que vale para estos tipos: que nunca más pueda hablarse de una cosa tan disparatada, tan loca, tan colectivista como la sociedad.
-¿Por qué cree que una parte de la sociedad, aún cuestionando las políticas de Milei, sostiene que no hay que volver atrás?
-Bueno: si vos le preguntás a un tipo si tenemos que ir para adelante o si tenemos que volver atrás, yo diría que una parte importante del partido la tenés ganada antes de empezar. Adelante y atrás, futuro y pasado, arriba y abajo, sí y no, pro y contra (hubo un partido, creo que hay todavía, que se llamaba “pro”: ¿te acordás?) son pares dicotómicos cuya misma enunciación vuelca la respuesta que pueda dar la desprevenida víctima de cualquier encuesta en un sentido casi automático: “Señor encuestado: ¿usted cree que tenemos que volver al pasado o mirar con los ojos llenos de esperanza al futuro?”. Señora encuestada: “¿Usted tiene una actitud pro o una actitud contra?”. No estoy esquivando la pregunta. Estoy diciendo que no nos tomemos tan en serio las encuestas. Si vos le preguntás a un tipo que perdió el trabajo, al que lo bombardea el discurso reaccionario y racista de estos tipos y al que del otro lado (del nuestro) hace rato que no le decimos nada interesante, qué hay que hacer con los bolivianos, ¿en serio querés que no te responda que hay que mandarlos de vuelta a Bolivia? Las encuestas que sirven para confirmarnos lo conservadores que somos (o peor: lo conservadores que son los pobres o los jóvenes o los más castigados) y que por lo tanto funcionan como presuntamente serias “explicaciones” de cosas tales como “por qué los argentinos votan a Milei” a mí no me dan ni frío ni calor.
-¿Qué responsabilidad tienen los gobiernos populares, particularmente el de Alberto Fernández, en ese rechazo a volver al pasado?
-Perdón, vuelvo: la pregunta no es por qué la gente no quiere volver atrás. La pregunta es por qué ubicamos “atrás” como una “vuelta atrás”, cualquier posibilidad de un gobierno diferente de esta cosa horrible que tenemos. La verdad, suponer que el mileísmo es invencible porque la gente se acuerda de los años en que gobernó Alberto y no quiere volver a ellos me parece muy inadecuado.
-Sin embargo, cerca del 40% hoy sostiene que no votaría ni a La Libertad Avanza ni al peronismo. ¿Por qué? ¿Se los puede volver a enamorar políticamente?
-Ya dejé claro que las encuestas no son el centro de mi vida ni de mis intereses ni de los recursos con los que pienso la política. Dicho eso, no sé si ese 40% es más o menos que la enorme cantidad de gente que en general no sabe a quién votar (lo digo mejor: que en general, cuando viene un encuestador y le pregunta a quién va a votar, lo que seguro era lo último en lo que el pobre tipo estaba pensando un minuto antes de que llegara el encuestador con su formulario, dice que no sabe) en todas las elecciones. Pero lo más importante: a esos encuestados, a esos individuos objetos de esas encuestas, me gustaría dejar de pensarlos como tales encuestados, es decir, como tales objetos, para empezar a pensarlos como ciudadanos, como sujetos. Ni objetos de los encuestadores ni objetos de los políticos-candidatos que, lectores de esas encuestas o asesorados por esos encuestadores, se preguntan cómo volver a “enamorar” a su clientela. A pescarla. El otro día conocí esa expresión: “la gran pecera del centro”. No, perdón: paso. No quiero empezar a pensar a los argentinos y a las argentinas como peces, sino como sujetos de acciones y de discusiones. Tenemos que ayudar a hacer audibles las muchas que ya se están dando en una cantidad de espacios, como los que ha sabido gestar la activa militancia del movimiento de mujeres, y a construir muchos otros más. No a seducir ni a enamorar ni a pescar a nadie.
-¿El peronismo hizo una autocrítica seria sobre la gestión 2019-2023? Y si realmente hizo esa autocrítica, ¿cómo se puede encuadrar la interna kirchnerismo vs. Kicillof? Una interna de la que, además, la mayoría de los militantes y votantes de Fuerza Patria sigue sin conocer los motivos…
-La palabra autocrítica encierra una cantidad de problemas, porque a menudo lo que se pide cuando se la pide es que se diga que lo que se hizo estuvo mal, y a veces lo que se hizo estuvo bien. O estuvo bien pero se lo hizo mal, o estuvo bien pero falló en el trazo fino. Todos los gobiernos recientes del peronismo (y no te cuento los de las otras fuerzas, pero de esos yo no espero nada) se deben con seguridad una reflexión que permita pensar con equilibrio, sin saña ni autocomplacencia, una cantidad de cosas. Por ejemplo: quién decidió en cada caso, y cómo lo hizo, a los hombres y las mujeres que los encabezaron. Los últimos tres candidatos peronistas que yo voté fueron decididos lejos de todo espacio de discusión democrática por una persona que nos informó, en cada uno de los tres casos, a quién debíamos (a qué conservador debíamos) votar: creo que eso es algo que debería formar parte de cualquier “autocrítica”, sobre todo porque en ninguno de los tres casos salió bien. En dos de ellos perdimos; en el otro, ganamos, pero la electora fue casi desde el primer momento, al mismo tiempo que la vicepresidenta del elegido, su primera opositora. Hoy aparece en el horizonte un candidato, que vos mencionás en tu pregunta, que no surge de la decisión de quien eligió a los otros, a los tres conservadores anteriores, y que no es un conservador, sino un progre, un economista anti-neoliberal y un reformista avanzado, que tal parece que viene recogiendo una amplia aceptación en muchos ámbitos. Es una pena que nadie nos explique bien cuál es el motivo de lo que vos llamás la “interna”, porque eso nos autoriza a sospechar que lo que no se soporta es que quien esta vez esté eligiendo no sea una persona, la de siempre, la de las tres veces anteriores, sino un montón.

-¿Cuáles serían entonces las diferencias entre el peronismo progre, anti-neoliberal y reformista que según su apreciación representa Kicillof y el kirchnerismo? ¿Son ideológicas, políticas o las ideas centrales son las mismas y en realidad lo que está en discusión es quién conduce?
-No me resulta fácil responder la pregunta, por lo mismo por lo que no parece haber un debate de ideas abierto y nítido entre ambos grupos. En general, tiende a primar en uno de ellos un tipo de discurso ideológicamente más “duro”, más de “izquierda”, en relación con asuntos tales como el de la deuda y algunos otros, que es un tipo de discurso bastante característico de quien puede (y debe: no me parece mal) sostener posiciones más estrictas en virtud de su no compromiso con las responsabilidades de gobierno. Al mismo tiempo, sin embargo, en este mismo grupo que sostiene estas posiciones, que podríamos considerar más radicalizadas, hay una aceptación y hasta una promoción (no se sabe, porque nadie dice nada, porque es un grupo que practica el secretismo y el sigilo como estilo, si no con miras a las próximas elecciones) de figuras situadas decididamente a la derecha del espectro de interlocutores del otro sector de la, pongamos, “interna”. O sea: de un lado, discursos de izquierda, desfile de figuras de derecha, conversaciones con personajes del país y del mundo con los que nadie nos explica por qué es necesario o interesante o conveniente conversar, prácticas políticas escasamente democráticas y participativas y muchas, casi sistemáticas, evidencias de un “pacto de gobernabilidad” con los responsables del Poder Ejecutivo. Del otro, menos estridencias y, me parece, esmerada elaboración, a través de una forma de la discusión de ideas que me parece que es amplia y auspiciosa, de un plan de gobierno serio y avanzado en medio de estas circunstancias tan difíciles.
-Durante estos años el gobierno de Milei fue anti Malvinas. En las declaraciones públicas y a través de sus acciones diplomáticas. De repente, Milei reivindica por cadena nacional la soberanía argentina sobre Malvinas. ¿Qué ve detrás de ese cambio de opinión?
-Creo que se ha dicho y escrito y opinado ya abundantemente sobre este asunto más o menos grotesco. El alineamiento del gobierno nacional con el gobierno de ultraderecha de Donald Trump y con su estrategia imperial o neoimperial debe preocuparnos seriamente, no solo porque no parece que nuestro país tenga nada que ganar sobreactuando esta afiliación disparatada a un imperio en decadencia que ya no tiene más nada que ofrecer (mucho más sensato sería, desde la perspectiva de un gobierno que mirara a los intereses del país, lo cual evidentemente no es el caso, aprovechar la pelea en la que están trabados los dos colosos que hoy se disputan el dominio del planeta para negociar con uno y otro mayores márgenes de autonomía para favorecer nuestro propio desarrollo), sino porque, como notoriamente ocurre en este caso, se pone en serio riesgo la propia soberanía nacional sobre nuestro territorio. La bravuconada de Milei contra Inglaterra no busca más autonomía del país, sino, como lo revela el hecho de que está acompañada por la decisión de invertir enormes cantidades de esa plata que para todas las otras cosas se nos macanea que “no hay” en la construcción de una base militar en la que parecería que la influencia de los Estados Unidos va a ser decisiva. No estamos ante un descubrimiento tardío de la importancia de defender la soberanía, sino ante la decisión colonial y vergonzosa de entregarla toda.

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