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Cultura

Rosario, 21 de diciembre

Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques —no la hay— / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra.

(Kavafis)

¿Cuántas veces más citaré al viejo Kavafis? ¿Cuándo dejaré de comparar una Alejandría intuida gracias a Lawrence Durrell con una Rosario sentida y presentida día a día? Me hago estas preguntas y en seguida me respondo ¡qué importa! Ahora, al terminar el año, lo inconcluso cobra nuevo significado y la palabra “cierre” expresa precisamente todo lo contrario, y nosotros, los rosarinos, impulsados al insomnio que llamamos nocturnidad (sabedores de que el aire de la noche “se deja respirar”), nos vemos en la misma situación que el protagonista de La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, cuando se descubre “persistiendo en una parálisis insuperable, estremecedora, para la que ya no había ni un adelante ni un atrás, de modo que al primer paso incumplido no podía seguir ya un segundo, porque la distancia entre cada segundo de vida había crecido hasta convertirse en un espacio vacío inconmensurable, insalvable, y desde aquí no hay continuación ninguna, ni rápida ni lenta, porque simplemente nada se deja proseguir, imposible proseguir lo hecho y lo no hecho, imposible lo pensado y lo no pensado, lo expresado y lo no expresado, lo poetizado y lo no poetizado; ¡oh dioses! ¡Hasta la Eneida tendrá que quedar inconclusa, imposible de continuar, inconclusa como toda esta vida!”

Mientras, el solsticio de verano rosarino, febricitante, no se cierne sino que se abalanza sobre nosotros ya desde los últimos días de noviembre, y entrando en diciembre a paso firme, sin retrocesos y con alivios mínimos, nos dice a todos, personalmente: “Ríndete y aprovéchame. Respira profundo y siente el calor de mis olores. Escucha mi música hecha de crepitares, de viento norte que embiste a los otros vientos, de explosiones vegetativas. Recuerda que puedes ver más allá de lo real a través del totalitarismo de la luz solar, que lastimando la vista crea reflejos, formas que soportan alucinaciones sobre la cotidianidad. Deja que tu piel renazca y vuelva a florecer. Déjate bañar por la transpiración, irrígate con tu propia agua salada. Disfruta del fervor enervante, súmete en el horno primigenio de tu alma”.

La ciudad de Rosario, situada a 33 grados de latitud sur y 60 grados de longitud oeste, mucho más cerca de la Antártida que del Ártico, elevada unos 23 metros sobre el nivel del mar, y rodeada al este por el caudaloso río Paraná, al acercarse al Sol a la distancia mínima en esta parte del globo terrestre, por estos días, exhibe sus particularidades estacionales, su personalidad climática, sus cualidades caniculares más extremas.

El calor más potente viene del extremo este asiático, de los desiertos del norte de África, del Golfo de México, del Ecuador, de las islas del Pacífico más calientes. Concurre a la cita, cada vez, cambiada de la anterior, y de la anterior a la anterior. Sabemos cómo es, cuáles son sus características esenciales, pero desconocemos las particularidades que modificará en esta ocasión. Por ejemplo ¿será más parecido a los veranos de hace 40, 50 años, y nos permitirá la evocación reconstructiva de la infancia a los que ya peinamos canas o no tenemos pelo? ¿O se parecerá a aquellos más lejanos en el tiempo que fueron descritos por la crónica literaria e histórica? ¿Cuál será el insecto dominante de la temporada? ¿Qué aromas predominarán? ¿En qué sentido habrá avanzado la tecnología respecto de los productos que nos ayudan a paliar los efectos adversos del clima extremo, del aire que supera por mucho nuestra temperatura corporal? ¿Qué canciones, qué colores, qué modas? ¿Qué novedades?

El calendario, caballo cansado, musitará: 21 de diciembre, marcando el inicio de la temporada altísima de las hecatombes afectivas personales, de las calmas que solo preanuncian tormentas. Cuando de manera enfermiza se arman previsiones, inútiles anticipaciones de lo que sabemos no será como lo esperamos. Días de buscar en los espejos a algunos de los que fuimos, de salir a los demás en procura de miradas que estén tan desconcertadas como la de uno. Necesitados de confirmaciones positivas que nos desencorven, o que al menos nos desarruguen el frunce del ceño.

Ya sabemos que no alcanzarán los niños para corretear tantas bandadas de mariposas desbocadas, para musicalizar con sus risas tantas hectáreas de asombros renovados, para atrapar los pececitos que como sopapitas se nos pegan a la piel en las aguas playas de la Rambla, o La Florida; para decirnos ¡mirá, mirá! a tantos que nos fuimos desinteresando del enfoque en los otros como iguales o semejantes. Y seguiremos atrapados en el pentagrama de las notas tristes a pesar de las invitaciones a la fiesta de la vida que nos hagan desde allí, desde esa dimensión del tiempo que acompaña las edades de crecimiento del homo sapiens. Sin embargo, los rosarinitos pueden ser la llave del conocimiento que abra las ventanas invisibles de la ciudad espiritual, que parecerá, unos días antes y unos días después del solsticio, una caldera a punto de implosionar o explotar. Que «parecerá», o querremos interpretar así, o así la sentiremos. “La ciudad los ama, ¿y qué?”.

Si podemos, estaremos satisfechos con los mínimos logros obtenidos, dejaremos que las justificaciones se explayen, y el inconformismo se irá con la autocrítica a tirarse a la Carlita más cercana, a la Pelopincho más a la sombra. Si no podemos procurarnos ese refrescor límbico, porque no nos dejan o no queremos, habrá que romper el vidrio en caso de emergencia, en caso de incendio de los trajinados discursos que fuimos sosteniendo como un pesado escudo contra los arteros embates del subconsciente, que desde su posición de eterno veraneante nos induce a las soluciones de corto plazo, las instantáneas facilidades de la espontaneidad.

Ahora bien, ¿qué podemos dejar de hacer para que no nos pesen tanto las propias cobardías, la pereza congénita, los errores al inicio y los traumas no asumidos? O mejor: ¿de qué recursos disponemos para alivianar la carga y planificar creativamente sin presiones ominosas ni plazos perentorios?

Rosario da las respuestas a los que le preguntan con amabilidad, y su idiosincrasia de ciudad nueva, de río Paraná, de litoral húmedo, de transformaciones rápidas, la impulsan a la franqueza y a la afirmación ínclita del “adáptate o muere”.

O nos adaptamos y aceptamos el abrazo de oso con 44 grados a la sombra, o escapamos de nuestro cuerpo abandonando la piel y lo que siente, huyendo hacia los seguros territorios del no pensar más en uno. O del no pensar liso y llano.


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