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Política

Sabag Montiel, un hombre a la deriva entre discursos de odio

Fernando André Sabag Montiel apuntó a la cara de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner y gatilló. Si estaba solo o tenía cómplices, si obedeció a un impulso del momento o siguió un plan y por qué no se disparó el arma son algunas preguntas todavía sin respuesta. Pero si sus motivaciones son un misterio, el perfil del agresor comienza a delinearse a partir del atentado que intentó en la noche del jueves 1° de setiembre y pone en duda la caracterización inicial de un lobo solitario y sin rumbo.

Entre el atentado contra la vicepresidenta y la historia de vida del agresor, o lo que se conoce hasta ahora al respecto, hay un vacío, una discontinuidad. Sabag Montiel es un hombre de 35 años que, hasta la noche del jueves, resultaba insospechable de cualquier acto agresivo para quienes mejor lo conocían: su novia, sus allegados, la persona que le alquilaba una casa en el partido de San Martín. Se quejaba del aumento del dólar y de la situación económica como la enorme mayoría de los ciudadanos.

Uno de sus amigos lo describe como un marginal que no tenía nada para perder, pero también como alguien que no se repuso de la muerte de su madre, hace cinco años. Los estados prolongados de duelo se vuelven patológicos. Un síntoma aparente de Sabag Montiel era cierta tendencia a la fabulación; lo consideraban un mitómano inofensivo, alguien al que no había que tomar demasiado en serio.

Es cierto que la investigación parece obtener indicios para reconstruir los pasos del atacante hasta llegar a la esquina de Uruguay y Juncal, en el barrio de Recoleta. Sabag Montiel tiene un antecedente: en 2019 un policía de la ciudad de Buenos Aires descubrió que llevaba un cuchillo de 35 centímetros de hoja en su auto. El mismo amigo que lo define como un marginal atestigua que hace un año estaba interesado en comprar un arma de fuego en una villa, es decir, por izquierda. La policía encontró cien proyectiles en la casa y un perito comprobó que la pistola Bersa que usó en el atentado fue disparada hace poco.

Sabag Montiel evoca además la figura de los tiradores tan frecuentes en los Estados Unidos, esas personas que llevan una vida aparentemente normal mientras en secreto acopian un arsenal y preparan una masacre. Se propuso un magnicidio, y eso lo pone a la altura de los peores criminales. Sin embargo, a partir de sus publicaciones en las redes sociales es posible seguir su recorrido por otro camino.

Según pudo observarse en Instagram hasta que su cuenta fue cerrada en la noche del jueves, le gustaba fotografiarse con personajes públicos. Más joven, esperaba a músicos famosos en la puerta de los hoteles donde se alojaban. Era un fan, podría decirse, pero esa palabra viene de fanático y se asocia con casos clínicos como mostró Martin Scorsese en la película El rey de la comedia. En Instagram, publicó selfies con Zulma Lobato; con el influencer Cristian de Lugano; con la llamada artista La Chabona; mediáticos de segundo orden, tal vez, pero indicadores de una búsqueda, lo mismo que sus reiteradas apariciones en Crónica TV.



Los tatuajes de símbolos e iconos del nazismo no se corresponden hasta el momento con una militancia concreta. Sabag Montiel exhibía esas marcas en su cuerpo, del mismo modo que los cortes de pelo y looks con los que se fotografiaba. Su álbum de Instagram parecía una galería de espejos en la que se miraba sin descanso.

Entre esas publicaciones hay una que ilumina el rostro del magnicida. En marzo, publicó en Instagram un video en el que intentaba tomarse una selfie con Taylor Hawkins, baterista de Foo Fighters. Lo significativo para Sabag Montiel no fue el encuentro en sí mismo sino que se produjo poco antes de la muerte del músico. “Video con Taylor Hawkings de Foo Fighters una semana antes de morir. Me siento la parca. Muy fuerte conocer a alguien antes de su muerte”, posteó.

Sabag Montiel pudo sentir que representaba a la parca cuando estuvo frente a Cristina Fernández. En el instante en que estiró su brazo lo máximo posible y apuntó con la pistola fue el dueño de su vida y de su muerte. La vicepresidenta sobrevivió no por un defecto del arma, que estaba en condiciones de ser disparada, sino de una distracción o de una torpeza del atacante. Fue un acto fallido, pero al mismo tiempo aparece como la realización de un oscuro deseo, el de salir definitivamente del anonimato.

Se acercó como pudo hacerlo con los famosos con los que quería retratarse. Pero ya no quería una selfie. “Ni Cristina ni Milei”, le había dicho un mes antes a un movilero de Crónica TV que creyó estar ante alguien que casualmente se enfrentaba a una cámara. En esa entrevista puede encontrarse otra clave, tanto del personaje como del fenómeno que lo incluye.

Sabag Montiel no pareció un loco cuando dio su opinión en Crónica TV sobre la actualidad. Tampoco pudo ser asimilado a esa galería bizarra que componen los personajes a los que la señal les concede minutos de fama. Por el contrario, sus comentarios y los de su novia parecieron de sentido común: un sentido común muy extendido que discrimina a los inmigrantes (en su caso, a los peruanos), estigmatiza a los beneficiarios de planes sociales como vagos y estafadores y se desconoce a sí mismo como discurso de odio.

“Los discursos de odio captan y le dan materialidad a una sensibilidad preexistente más difusa —explica la socióloga Gisela Catanzaro—. Funcionan sobrerrepresentando a los otros: los estigmatizan, los reducen a una representación de una sola dimensión. Las muchas cosas que es el otro quedan reducidas a una sola característica, por ejemplo el pibe chorro. Esa característica permite la discriminación, leer rápido al otro como una figura amenazante para saber qué conducta debés tener si te lo encontrás en la calle”.

La singularidad de Sabag Montiel puede consistir en la amplitud de su rechazo: “Ni Cristina ni Milei”. Tal vez cuando dijo que llevaba un cuchillo para defenderse de ladrones —una razón que puede reivindicar el mismo sentido común— no formulaba una coartada para salir del paso sino el pensamiento de alguien que percibe a los otros como una amenaza para la propia vida y se pone en alerta.



“Los discursos de odio tienden a señalar y a legitimar las pulsiones violentas de la población —agrega Gisela Catanzaro, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigadora del Instituto Gino Germani—. Cada uno tiene así derecho a dejar de ser políticamente correcto y a descargar sus pulsiones violentas sobre los otros. En ese sentido se legitima la agresión”. Como contracara, hay una actitud que Catanzaro ejemplifica con el discurso en que Mauricio Macri manifestó ante el rey de España la angustia que debieron tener quienes declararon la independencia del país: “Ese discurso es de sumisión y también pretende serlo de la normalidad, en el sentido de que, nos dice, nosotros tendríamos que reubicarnos en la posición que nos corresponde dentro de la distribución internacional del poder. La agresión y la sumisión son dos facetas imbricadas en el discurso autoritario, que en general se pasan por alto”.

Después de la conmoción inicial, el atentado contra Cristina Fernández parece perder su carácter extraordinario y corre el riesgo de quedar absorbido como otros acontecimientos recientes en la polarización entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. En ese marco, la descalificación como “pantomima” que hizo Amalia Granata provoca rechazo pero ninguna sorpresa, porque es coherente con una postura que sostiene discursos de odio como una postura programática reiteradamente afirmada en el rechazo a la educación sexual en las escuelas, el proyecto de reimplantar el servicio militar y la propaganda a favor de la mano dura. Una posición que recibió el voto de un porcentaje notable de ciudadanos de Santa Fe.

Los vecinos, como suele suceder en estos episodios, no salen de su asombro y afirman que el magnicida era tranquilo, reservado, en todo caso un poco retraído. Nada indicaba algo anormal, pero justamente no pudo ser de otra manera. Sabag Montiel, ese hombre sin ocupación y a la deriva, no es una criatura extraña sino un emergente de la sociedad y un representante de una corriente de pensamiento que se presume normal.


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