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Cultura

Vivir en vivo

En vivo, por Telefé, Tomás Holder conversa con Georgina Barbarossa. El zócalo de la pantalla reza: “La dramática historia de Tomás Holder”. El pobre de Tommy escucha la misma música sensibilizadora (esas melodías utilizadas para predisponer a la melancolía) que los televidentes, Georgina le hace ver las fotos de él niño que se ponen en pantalla, le pregunta sobre el padre ausente, sobre la madre, y Tommy empieza a llorar. Copioso llanto que no le impide hablar, y entonces aparece en la escena digital, desde Rosario, su novia (Tommy la nombra “mi mujer” o “Pauli”, Georgina le dice “Paulita”), y el musculado joven rosarino, en el pico de su popularidad por ser el primer eliminado de Gran Hermano 2022, se emociona aún más. Pero justo por un desperfecto técnico se corta el contacto con Rosario, la novia de Holder desaparece de escena y Georgina, que se relamía por lo que había conseguido (las lágrimas masculinas en vivo “garpan” en rating), desespera. Mientras espera que “desde la producción” retomen el contacto con la novia de su entrevistado trata de mantener el nivel de intimismo que había conseguido establecer en el diálogo, pero algo se rompió en Holder, que se para, manifestando sentirse incómodo, y trata de despedirse de la conductora. Georgina rechaza el saludo, le pide que se calme, que se quede un poco más, y pide un corte comercial. En la pantalla de la tele aparece un avance de otro programa de Telefé protagonizado por Cris Morena, a quien no veía desde hace años, y quedo impresionado, shockeado: la cara de la viuda de Yankelevich se parece a la de Mickey Rourke: ambos emparentados por las deformaciones causadas por cirugías plásticas y excesivas dosis de bótox o quién sabe qué alquimia de estos tiempos, en los que los mandatos de lo aparente en la estética corporal prevalecen por sobre el sentido común y la belleza natural.



Sin poder quitarme la imagen monstruosa de Morena, sigo viendo, pero sin prestar atención, la larga tanda publicitaria mientras trato de imaginar lo que le estará diciendo Georgina a Holder para tranquilizarlo. Reflexiono sobre el hecho de que desde su reaparición hace nueve días (escribo esto el jueves 27 de octubre de 2022) Gran Hermano marcó picos de rating (rozando el 29 %) que no se veían desde antes de la pandemia, aunque sin alcanzar ni por las tapas las gloriosas (para los empresarios televisivos) mediciones de más del 50 por ciento de las ediciones “doradas”, cuando el conductor estrella era el mundano Jorge Rial y no el aséptico Santiago del Moro.

Pero ya volvimos a los estudios de Telefé y, tal como preveíamos, allí están Barbarossa y Holder conversando apaciblemente, sonriendo y hablando de bueyes que se pierden lejos, alejándose de lo que sucedió en los momentos vedados, o velados, a los telespectadores. Holder explica cómo funciona TikTok (campo en el que consiguió notoriedad haciendo videoficciones con su madre en el papel de pareja) y vuelve a aparecer, digitalizada, Pauli, Paulita, cuyas contestaciones a insinuaciones procaces (de mal gusto) de Georgina resultan atinadas, medidas. Le corta el rostro a la metiche conductora. Deja en claro que quien emprendió la gira de exhibición de sus contradicciones es su novio y no ella. Porque Holder, cuando estaba en “la casa” de GH dijo que nunca saldría con una mujer que toma colectivos, siendo que luego le cuenta a Georgina que su novia va a la universidad pública en colectivo; y antes de ser eliminado le había asegurado a GH que si lo echaban él no iba a dar ni una nota que ayudara a la difusión de la mina de oro de Telefé, sin embargo lo cual estaba haciendo exactamente lo contrario “en vivo” con Georgina, a quien le había confesado que no fumaba, ni tomaba alcohol ni drogas, pero sí se inyectaba esteroides anabólicos… ¡Que son una potente droga que cambia el cuerpo e incide en el funcionamiento cerebral! (¿No es eso de lo que habla Stevenson con su Doctor Jekyll?)

Los pensamientos se me disparan en direcciones divergentes, el ojo izquierdo me comienza a palpitar en un tic nervioso que me ataca cuando mi entendimiento se ve superado o abrumado por el exceso de información difícil de procesar. Me detengo, voy a la cocina y me hago un té de menta peperina tratando de ordenar mis ideas. Todavía no es mediodía pero el futuro inmediato se augura aciago. Será un jueves reacio a la domesticación, mejor trabajar en la psicoprofilaxis.

Los pensamientos se me disparan en direcciones divergentes, el ojo izquierdo me comienza a palpitar en un tic nervioso que me ataca cuando mi entendimiento se ve superado o abrumado por el exceso de información difícil de procesar

Con el vaso de té junto al teclado, vuelvo al trabajo de escribir una respuesta a una pregunta que me hicieron: ¿qué pensás de Gran Hermano 2022?



Pongo “Holder” en Google y aparecen en cascada cientos de actualizaciones sobre lo que acabo de ver. El tema de “la situación incómoda” que vivió Georgina ya fue deglutido, digerido y excretado. Ya es pasado inmediato, pero pasado pisado que se sigue pisando en paralelo con otras decenas de cuestiones referidas a Holder y a su paso por Gran Hermano, a su vida personal, pero nunca (¡nunca jamás!) en lo atinente al pensamiento de Holder, a las confusas y absurdas expresiones de su pensamiento, lo que sería su opinión. Y esto se multiplica en progresión geométrica al seguirse los casos de los otros diecisiete participantes (los llaman jugadores, o hermanos) que permanecen en “la casa”, aislados del mundo como lo estábamos todos hace no mucho, cuando la pandemia nos puso en contacto con el Gran Hermano de verdad, el que no da premios millonarios ni casas de regalo.

No hay medio de comunicación que no replique, que no contribuya al rebote del eco. Se nos propone, en tanto masa, sociedad de cifras de consumidores, que tomemos posición en las gradas para el público de un gran circo, una gran calesita en la que compiten unos cuantos “elegidos”, para analizar y/o protagonizar un especie de experimento antropológico sin fines científicos. Un juego de entretenimiento que supera todos los juegos de entretenimiento basándose en la expresión máxima del “espectáculo de la realidad” (reality show). 

Sobrevuelo por el fárrago del mundo de los chimentos y me entero de cosas de las que no me interesa enterarme, pero noto que se despierta la parte morbosa de mi ser y me dejo llevar. Resulta que Alfa, el más viejo de los participantes (60 años), el que habló mal del presidente Alberto Fernández, es amigo de Georgina Barbarossa y del Mago sin Dientes, aquel a quien Ricky Maravilla le pegó una trompada “en vivo” que lo dejó sin un diente, que luego fue fotografiado en la soledad del búnker del PRO tras la derrota electoral del 2019, y cuya novia se suicidó hace poco en extrañas circunstancias… Pero vuelvo a Alfa, que fue nominado para abandonar “la casa” y al poco tiempo fue salvado (sacado de “la placa”) por el “líder” de la semana, Maxi, tras lo cual se puso a llorar desconsoladamente, por la emoción, como un chico (otra vez lágrimas masculinas para picos de rating). Mientras, en la transmisión en vivo de Telefé (las 24 horas de corrido por su conexa Pluto TV) la pantalla en la que las y los “panelistas” analizan y “chismean” en vivo sobre el vivo en la casa está dividida, y en una subpantalla (o pantallita de rincón) unos influencers van guiando y comentando en vivo las repercusiones en redes. A un costado del monitor (si se está viendo por streaming) se puede ver en tiempo real lo que éstos comentan: a la velocidad de un misil se suceden las frases de los usuarios registrados, que son miles y miles, y escriben frenéticamente sus opiniones o sus respuestas a las preguntas que van haciendo los influencers contratados por Telefé. Resulta imposible de leer, no hay ojo capaz, ni mente, por poderosa que sea, que pueda captar el sentido de lo que sucede. Es un fenómeno de vacío por exceso de contenidos. La telebasura alcanzó su cota más alta y su función licuadora de cerebros marcha a la perfección.

Resulta evidente que Gran Hermano 2022 no está hecho para el consumo de quienes gusten de detenerse a meditar, o quienes busquen algo que resulte educativo o al menos dispare algunas pesquisas que puedan enriquecer el intelecto. Sin embargo, algunas cabezas filosas (o que no están romas por la realidad del mundo de hoy) pueden tratar de interpretar por qué todas esas personas que decidieron meterse en una pecera de observación lucen tan tristes, desestimuladas, desinteresadas. O por qué el tema de los romances despierta tanta expectativa, como si se tratara de animales en proceso de extinción.

Y pensando en esto de los “observadores diferenciados” me acuerdo de una película de Alain Resnais, Mi tío de América (1980), en la que se observa la vida de tres personas a través de la lente de un procedimiento científico, haciendo foco en el estudio de los “tres cerebros” que coexisten en el ser humano. Y transcribo lo que relata la voz en off del narrador omnipresente: “Así, en el cerebro de los animales, encontramos formas muy primitivas. Hay un primer cerebro, que Paul MacLean llama el cerebro de reptil, que permite la supervivencia inmediata, sin el cual ningún animal podría sobrevivir, y le permite copular y reproducirse; después, cuando llegamos a los mamíferos, un segundo cerebro se suma al primero. MacLean y otros llaman a esto el cerebro de la afectividad. Yo prefiero llamarlo el cerebro de la memoria. Sin memoria ¿qué es agradable o desagradable?, no hay diferencia entre estar feliz, triste, angustiado, enojado, o enamorado. Podríamos casi decir que una criatura viva es una memoria que actúa. Entonces un tercer cerebro se agrega a los otros dos: se llama cortex cerebral. En el hombre se halla muy desarrollado. Lo llamamos el cortex asociativo, que conecta. Conecta las diversas trayectorias de los nervios que han conservado huellas de experiencias previas. Las conecta de una manera diferente a la que fueron influidas por el medio ambiente en el momento mismo de la experiencia. Es decir que nos permite crear, realizar ideas imaginativas. En humanos, estos tres cerebros coexisten, sobrepuestos. Nuestros impulsos siempre son primitivos, al venir del cerebro reptil…”



Me refresco con Mi tío de América al colegir que priman, al ser considerado el “éxito” del Gran Hermano, los impulsos primitivos en la masa colectiva, la que conforma el grueso de eso que llamamos sociedad de individuos, y entonces, mientras me doy cuenta de que el té de menta peperina se enfrió sin que lo bebiera, aparece en la selección aleatoria de YouTube (donde pongo la música que me acompaña al escribir) un video reciente de una conversación de Franco “Bifo” Berardi, titulado Proyecto Ballena, en el que el escritor, filósofo y activista izquierdista italiano da su punto de vista respecto de qué es lo que nos pasa hoy, a nivel global, como sociedad. Sus palabras, incisivas y rabiosas, hacen centro en la cuestión de la “sensibilización fóbica producida por la pandemia”, considerando que “el trauma no pasa”, sumiéndonos en una “psicodeflación”, o “pandemia depresiva” (cita a Sándor Ferenczi), que afecta especialmente a los jóvenes (da cifras de consultas estadísticas), quienes sumidos como la gran mayoría en el mundo de “las pasiones tristes” asisten inermes a la “hipersemiotización del deseo”. Habla de la “decepción predominante”, de “la gran resignación”, que lleva a la pérdida del interés, o el desinterés llano, por cuestiones y problemáticas que antaño, antes de la pandemia, todavía seguían vigentes.



“Ya no hay movimientos pacifistas”, dice Bifo, que analiza la reacción de quienes debieran ser los jóvenes revolucionarios de hoy ante las guerras en Europa y Asia. “Hoy los jóvenes no quieren tener hijos. Hay un rechazo a procrear”, explica, y da el dato espeluznante de que en China, contrariamente a lo que se piensa, no está prohibido tener más de un hijo sino todo lo contrario, pues el gobierno incentiva la procreación y el aumento de la población para “reforzar la economía”, y ni así “las mujeres aceptan la idea procrear”, “contradiciendo la política del Estado chino, a tal punto que el Partido Comunista decidió que los integrantes del partido tienen que producir tres hijos. Y la respuesta es no, no, no. Deserción total”.

Los dieciséis jóvenes y el “pendeviejo” Alfa, que todavía compiten por la zanahoria de diamantes, no hablan de Holder, no saben lo que sucede con él ni ninguna otra cosa que suceda en el exterior de la pecera. Tampoco saben que para poder ver los partidos del Mundial de Fútbol deberán “ganarse” el derecho a hacerlo, y que quienes se lo ganen no podrán escuchar las transmisiones en directo, porque así son las reglas del juego de Gran Hermano: cero contacto con el exterior. Lo que sí pueden hacer es luchar con denuedo para no dejarse tomar por la nostalgia, por el “magún” (en piamontés, sensación de falta de la energía vital y del sentido de la existencia), y pegarle para adelante, porque lo importante, más que ganar, es competir. El desafío, tener lo necesario para prevalecer, no es un asunto menor, porque si ya es difícil vivir, mucho más lo es vivir en vivo.


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