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Cultura

Arte Litoral, el lagrimal trifurca, Lucera y Vasto Mundo: otras cuatro revistas de Rosario suben al kiosco digital de Ahira

Cuatro revistas rosarinas que escribieron su historia en el siglo XX —Arte Litoral, el lagrimal trifurca, Vasto Mundo y Lucera— serán subidas en los próximos dos meses a la plataforma digital del Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira), que dirige Sylvia Saítta. La posibilidad de que estas publicaciones sean ahora consultadas, además de permitir el inexplicable placer de leerlas, amplía sustancialmente perspectivas y ofrece derivas impensadas a nuevos campos de creación e investigación. Ahira comenzó un extraordinario trabajo de registro y digitalización de revistas argentinas hace casi ocho años; en tanto, un grupo de rosarinos, sabedor del emprendimiento, propuso al Archivo la subida de publicaciones de Rosario. “Era un nosotros un poco difuso —dice el escritor Martín Prieto, miembro de aquel colectivo—: investigadores y estudiosos de la ciudad empezamos, voluntariamente, a armar colecciones”. 

Las primeras publicaciones rosarinas subidas a la plataforma fueron Rosario ilustrada. Guía literaria de la ciudad, Setecientosmonos, Paraná (“una revista importantísima de los años 1940 que sólo conocíamos quienes íbamos a la librería Longo a comprar sus ejemplares, a medida que las libreras los iban poniendo en vidriera”, apunta Prieto) y Pausa. Estas dos últimas tuvieron un texto de presentación de Marina Maggi y he aquí un valor agregado del proyecto de Ahira: todas las publicaciones subidas a la plataforma cuentan con una presentación. 

Un tiempo después de aquel origen, por un acuerdo entre Ahira y el Instituto de Estudios Críticos de Humanidades (Iech) —que dirige Sandra Contreras y que reúne a investigadores del Conicet y de la Universidad Nacional de Rosario—, se agilizó la chance de que más publicaciones rosarinas formaran parte de la plataforma. “En ese momento —recuerda Martín Prieto— estábamos trabajando en un proyecto muy importante en el Iech, Políticas y usos del archivo. Producción, interpretación y puesta en valor de archivos históricos, culturales, artísticos y literarios (siglos XIX a XX). Ahí se nos ocurrió institucionalizar el aporte rosarino al Archivo”.

De ese modo subieron a la plataforma Grandes Líneas, el suplemento de cultura del diario El Ciudadano de fines de los años 90 (indexado y presentado por Bernardo Orge y Nieves Battistoni); el Boletín de Cultura Intelectual (presentado también por Orge), una revista de la década de 1940 poco conocida pero muy valorada por especialistas; el arremangado brazo (indexada y presentada por Érica Brasca), mitológica revista de los años 60 en la que colaboraron, entre otros, María Teresa Gramuglio, Aldo Oliva y Juan José Saer. Para el arremangado brazo se contó con la colaboración y generosidad de Rafael Ielpi, cuyo aporte resultó imprescindible.

Un tiempo después ya estuvieron en la plataforma de Ahira las rosarinas La Cachimba, la revista de Jorge Isaías, Alejandro Pidello y Guillermo Colussi (presentada por Paola Chinazzo), y Paradoxa, la revista de Alberto Giordano. Y por fuera del acuerdo con el Iech también se sumaron, entre otras, Ciudad Gótica (que salió de manera intermitente entre 1993 y 2005), Viajeros de la Underwood (se publicaron once números entre 1997 y 2000) y Smog (se publicaron cuatro números entre noviembre de 1980 y agosto de 1981).



Lo que viene 

Ahora aquel grupo de investigadores trabaja con Marina Maggi para subir el lagrimal trifurca, de los Gandolfo; con Maia Bernardi para hacer lo propio con Vasto Mundo, la revista de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario que comenzó a editarse a mediados de los 80 y atravesó distintas épocas hasta comienzos de los 2000; con Marcelo Bonini para Lucera, una publicación del Centro Cultural Parque de España de Rosario que se publicó entre 2003 y 2006 y que dirigió Fernando Tolosa, y por último para digitalizar Arte Litoral (“una revista medio rara de fines de los años 50 —dice Prieto—, donde Nicolás Rosa publica una muy extraña también reseña sobre la obra de Borges”). Muchas veces, como en este caso de Arte Litoral, un artículo vale la digitalización de la revista entera, porque al artículo lo ampara una publicación: el índice de ese número y de otros, su staff, su diseño o las publicidades, entre otros elementos.

Como se ve, todas las colecciones están indexadas y tienen su presentación por jóvenes investigadores de Rosario: “Son todos jóvenes graduados de nuestra facultad, muchos además becarios del Conicet —dice Prieto—, y destaco esto para desactivar la sanata resentida anti universitaria según la cual en la facultad no se estudian a los autores o las revistas o los fenómenos literarios locales: los estamos mirando a todos”.



En un par de meses, los días 18 y 19 de agosto próximo, en la Biblioteca Vigil de Rosario y en el marco de las Segundas Jornadas La ciudad que yo inventé organizadas por el Centro de Estudios de Literatura Argentina de la UNR —dedicadas a estudiar, valorar y discutir obras, autoras y autores, revistas, editoriales, movimientos y representaciones literarias de la ciudad de Rosario— Sylvia Saítta y Sandra Contreras se explayarán sobre la digitalización de publicaciones periódicas rosarinas por el acuerdo entre el Iech y Ahira. Esa será entonces la ocasión en que serán presentadas públicamente el lagrimal trifurca, Lucera, Vasto Mundo y Arte Litoral.

Sylvia Saítta

Desde la academia, para todo el mundo 

Suma Política dialogó en extenso con Sylvia Saítta, directora del Archivo Histórico de Revistas Argentinas y factótum del proyecto. Saítta es doctora en Letras de la UBA, investigadora y docente; su trayectoria es vasta y prolífica en ese campo. Habla con pasión cuando se refiere a lo que hicieron con Ahira y al futuro de ese emprendimiento. Su entusiasmo tiene sentido: el de Ahira es un programa singular pues su acción, al rescatar y poner en circulación reflexiones y artes de un pasado no tan remoto, incide en las producciones futuras. Sylvia Saítta tiene una imagen en su mente, con la cual dice trabajar a diario en el Archivo: que éste sea un gran kiosco, como los del siglo XX, pero interminable, con decenas de títulos apilados en sus imaginarios escaparates.

—¿Qué intereses te motivaron para llevar adelante este emprendimiento?

—Éramos un grupo de gente de distintas disciplinas que hacia 2014 y 2015 trabajábamos en proyectos de investigación que tenían como objetivos y fuentes el estudio de revistas literarias y culturales, en el marco de subsidios a esa actividad de la Universidad de Buenos Aires. Éramos fundamentalmente de Letras, aunque también había gente de Historia y de Ciencias de la Comunicación. Este equipo de trabajo académico, que venía estudiando desde hacía bastante tiempo las publicaciones periódicas, los vínculos entre las revistas literarias y los proyectos de los escritores y las escritoras, las relaciones entre esas publicaciones y los programas estéticos y políticos, en un momento determinado tomó la decisión de poner en común, en una plataforma, las fuentes de las investigaciones con las cuales venía trabajando. Ese fue el punto de partida: socializar de alguna manera con nuestros colegas y otros investigadores las fuentes de nuestras investigaciones. Así nació Ahira, con una cantidad muy limitada de revistas. Ya en ese momento nos propusimos no sólo subir las revistas, sino también realizar los índices, presentar las publicaciones y buscar los estudios académicos existentes, tanto de las revistas que estábamos subiendo como de las revistas argentinas en general. 

—El programa empieza siendo académico, pero rápidamente traspasa esa frontera…

—Sí, creció muy pronto un proyecto que era académico y con un objetivo bastante acotado. La aceptación de la plataforma fue increíble y superó en mucho lo que habíamos pensado. Entonces hicimos un cambio de plataforma que permitió reformular la propuesta. A un nuevo subsidio de la UBA se sumó otro de la Agencia Nacional de la Promoción Científica y Tecnológica, relanzamos la plataforma y discutimos nuevamente cuál era el proyecto. Tomamos unas decisiones: primero, ampliar el mapa de revistas e incorporar la inmensa gama de publicaciones que marcan de algún modo la actividad literaria, cultural, política, estética, cinematográfica, teatral y deportiva del siglo XX. El criterio fue, y sigue siendo, que se tratara de publicaciones ya cerradas, que no se estuviesen publicando en la actualidad, y que tuviésemos la colección completa, salvo contadas excepciones. El segundo criterio fue el de ampliar el mapa en términos nacionales, es decir no subir sólo las de ciudad de Buenos Aires, sino que encontraran su lugar en Ahira revistas publicadas en otras ciudades del país porque, y esto lo sabemos, tanto los estudios culturales como los estudios literarios o la historiografía suelen centrarse en publicaciones de la ciudad de Buenos Aires, sin rearmar el diálogo entre esas publicaciones y otras editadas en otras ciudades del país. En tercer lugar, quisimos ponernos en diálogo y comunicación con otros equipos de investigación que tuviesen en sus propósitos de estudio la lectura, el análisis de revistas del siglo XX desde las diferentes perspectivas disciplinarias.

—Si alguien te preguntara qué relieve tuvieron las revistas culturales en la historia argentina del siglo XX, ¿qué responderías?

—Creo que las revistas culturales, tanto como las revistas en general, son uno de los grandes escenarios del debate, la discusión, el intercambio de ideas en el siglo XX. Si vamos a los comienzos de ese siglo, fueron el ámbito de discusión y circulación de la literatura y las artes plásticas, pero también fueron las revistas las que pusieron en discusión y debate a los distintos sectores políticos, ya sea dentro del mismo espectro —y aquí vale recordar la multiplicidad de las revistas de izquierda de los años 30 o 40— o la confrontación entre diferentes zonas de la política. En términos culturales, creo que las revistas cumplieron una función fundamental en más de un sentido.

—¿Cuáles?

—En primer lugar fueron un circuito de circulación de la literatura y de las artes plásticas, inaudito antes. Basta asomarse a esas revistas del siglo XX para ver cómo escritoras, escritores, ensayistas, publicaron primero en las revistas, antes que en los libros, sus poemas, cuentos, adelantos de novelas, ensayos… Esta circulación amplió la base de la cantidad de lectores que tuvieron acceso a esos materiales. En segundo lugar, las revistas ampliaron el universo de intereses para quienes las leían, sobre todo si avanzamos en el siglo y llegamos a los años 60, cuando irrumpen los grandes semanarios, como Primera Plana, Confirmado o Panorama. El lector o la lectora que se sumaban a esos semanarios encontraban una especie de enciclopedia de lo que era la modernización cultural y en las costumbres, las nuevas discusiones sobre la liberación sexual, la liberación de la vida cotidiana, el impacto de la universidad en la vida pública, así como también las discusiones políticas, religiosas, económicas que atravesaban distintas zonas de la sociedad.

—¿Cómo ha sido, cómo es, el criterio de selección de las revistas que ustedes deciden subir? ¿Cómo establecen esas prioridades?

—El criterio de selección de las revistas es muy amplio. Como decía antes, el primero es que ya no se publiquen; segundo, que tengan colecciones completas, y respecto de las prioridades, son amplias. Hay que mencionar lo económico. Recién ahora, y porque ganamos un subsidio de mecenazgo, vamos a poder digitalizar revistas que tienen muchísimos tomos y eso sale mucho dinero. Estamos ahora con Primera Plana y vamos a la segunda parte de Panorama. Las prioridades son las que mencionaba antes: que revistas de diferentes ciudades del país estén en Ahira. Por ejemplo, si en este momento tenemos en preparación cinco revistas que se publicaron en ciudad de Buenos Aires y recibimos una revista que se publicó en Santiago del Estero o en Catamarca o en Bahía, la prioridad la tendrá esta última porque lo que queremos es ampliar el mapa de las publicaciones periódicas. Y como quienes integramos Ahira vivimos en la ciudad de Buenos Aires, muchas veces nos es costoso conseguir esas revistas. Agradecemos el envío, el ofrecimiento, el trabajo en colaboración con instituciones, museos, investigadoras, de otras ciudades que nos prestan las revistas, o nos las envían digitalizadas. Eso nos está permitiendo ampliar el mapa. El acuerdo con el instituto de la UNR es importantísimo y creo que eso ya se ve en la página si uno ve la cantidad de revistas rosarinas que tenemos en el archivo.

—Hablame del impacto que, según vos verificás, tiene el Archivo. 

—El impacto fue muchísimo más grande que el que imaginamos cuando pensamos Ahira. Fue altísimo sobre todo durante la pandemia, porque en estos dos años no hubo acceso a las hemerotecas, a las bibliotecas, a los institutos de investigación. Como todos sabemos, estuvimos encerradas y encerrados en nuestras casas, pero también el rol que cumplió Ahira se diversificó… 

—¿De qué manera?

— Por un lado siguió funcionando como una hemeroteca a la cual investigadoras pueden acceder a consultar, pero también se amplió a una cantidad de lectores que se asomaron para encontrar esa revista que habían leído siendo jóvenes o niños, o maestras y maestros para armar sus clases. Pasó también algo muy increíble: la gente encerrada en sus casas encontró tomos de revistas, publicaciones que estaban en una biblioteca y nos escribió con toda la generosidad del mundo, ofreciéndonos ese material que habían hallado en sus casas. En estos dos años superamos las seis millones de visitas, con ciertas zonas que tienen más impacto: las revistas de ciencia ficción, las revistas ilustradas y de historietas, y últimamente el gran impacto fueron las revistas vinculadas al rock, la revista Folklore, pero también Cerdos y Peces o Canta Rock.



—¿La idea es contemplar todas las revistas o sólo algunas? 

—Nuestra idea es contemplar todas las revistas. La imagen que tenemos es la de armar un gran kiosco. Como cuando en el siglo XX nos asomábamos a un kiosco y allí estaban todas las revistas, una al lado de la otra, sin ningún tipo de orden más que el que el vendedor del kiosco le ponía. Y convivían en ese kiosco la revista de modas con la de actualidad, la literaria, la deportiva, la de cine… esa es la imagen con la que trabajamos. Ese maravilloso mundo de asomarse al kiosco de revistas y ver esa multiplicidad y diversidad de publicaciones con sus diferentes formatos, texturas, modos de presentarse, tapas a color, en blanco y negro… Así que ese sería el universo, la imagen con la que estamos trabajando quienes integramos Ahira. El objetivo es no sólo seguir armando este gran kiosco, sino seguir estudiando cómo funcionaron las revistas, cómo dialogaron entre sí, y a través de este diálogo abordar ciertos objetos de estudios que tienen muchísimas otras preguntas, vinculadas a nuestros trabajos académicos y objetivos más específicos.

Hacia atrás y hacia adelante 

Se dice a menudo que el paso del tiempo —si es que pasa o corre como un arroyo— es inexorable. El Archivo Histórico de Revistas Argentinas ha decidido jugar con el tiempo, manipularlo. Propone a los lectores que ingresan a la plataforma ser viajeros del tiempo, siempre hacia atrás, para releer en unas revistas aquello que, otro día, ya habían leído y resignificado. Viajeros en ese túnel creado por Ahira, esos lectores leen y se parecen a algo de lo que fueron. Pero Ahira a la vez, junto con ese tour al pasado, teje una distopía: levantar un kiosco futurista, interminable, con sus mamparas y alas abiertas donde todas las revistas argentinas del siglo XX, acomodadas según se pueda en imaginarios escaparates, fulguren. Hacia atrás y hacia adelante, melancólico, tan ilusorio como real, Ahira pone en marcha otro sueño colectivo. Basta asomarse a ese kiosco para ser parte del mismo. 

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