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J. E. King: Conviviendo con el enemigo

Conviviendo con el enemigo



J. E. King


Hasta las más brillantes estrellas se apagan cuando se quedan sin combustible, pensó mientras se servía una tónica de dulzor escaso con un gin doble que de tan seco podía evaporarse en el aire rojizo del atardecer. Había leído hacía un rato la presentación de la última obra de una afamada astrónoma donde comenta que un trozo de material estelar puede golpearnos en cualquier momento y abrir un cráter gigantesco que levantaría tanto polvo que oscurecería la luz del Sol por muchísimo tiempo. La irradiación causaría la desaparición de todo aquello que son nuestros alimentos. Se alteraría la capa de ozono y todo lo que protege la atmósfera. Y al final quedarían monumentales edificios vacíos, sin vestigios de humanos o animales.

Un panorama desolador que ni siquiera hubiera imaginado Hipatia de Alejandría, la primera mujer matemática y astrónoma, allá por el año 300. Para mi tía Brígida, una nueva evidencia de que no somos nada, apenas pasajeros de floja mente en un viaje indoloro a ninguna parte. Si es así, Dios ha muerto, como dijo Nietzsche. O quizá resultó herido y perdió la memoria y lo único que recuerda son bombas y metralla sobre una multitud en la Plaza de Mayo un 16 de junio de 1955 en nombre de un Cristo Vencedor. Y ese Dios, que no lo puede creer, vuelve a sentir el dolor de los clavos y el lanzazo. Pero más lo revuelve y rebela es el pedido, ruego, exigencia, de que ponga fin a la pandemia. Hubieran rezado antes, opina marcado el rostro por un rictus el viejo que está condenado a la soledad y todo porque se lleva bien consigo mismo. Es un bicho raro. Un espécimen que nadie extrañará cuando no esté en este mundo. Se acomoda vaso en mano en el sillón frente a las plantas que cuida regularmente y han florecido despreocupadas de mutaciones y rebrotes de un virus que no las huele y ni siquiera ve.

Las tecnologías se desarrollan a pasos agigantados. Grandes inventos de la ciencia que, apoderados por el nuevo capitalismo vendedor de lucro y comprador de almas, acabaron por dominar, atrapar al hombre; lo convirtieron un experto en asesinar bacterias y casi todo lo que aparece bajo el potente microscopio, pero hoy desorientado en una partida de ajedrez con un simple, elemental virus frágil ante un buen lavado de manos con jabón, mascarilla, ambientes ventilados y mantenerse a cierta distancia unos de otros.

Aunque sea muy capaz el bastardo de engañar al sistema inmunitario y, por ahora, salir indemne o casi a los sofisticados sistemas científicos. Pero la partida acaso acabe en tablas. Si el virus depende de un huésped vivo para poder replicarse y sobrevivir, resultaría favorecido si se transformara en un virus que no nos enfermara, que no nos agrediera. No pocos aventuran que así sucederá a la larga. Un modo de recurrir a la sabiduría de un antiguo refrán: si no puedes contra ellos, únete a ellos. Así piensan prestigiosos infectológos, que aseguran que el futuro de la lucha contra el virus no necesariamente debería concentrarse en atacar al patógeno sino en la defensa del organismo. Lo de las vacunas vale, y cuánto. Pero podría ofrecerse un amplio espectro contra cualquier amenaza viral. Para eso debería tolerarse la infección y permitir que el cuerpo sobreviva hasta que la enfermedad remita. Es decir, salvar al paciente sin combatir al virus. Una estrategia que permitiría proporcionar recursos persuasivos incluso ante patógenos futuros aún no conocidos y también protegernos un poco de nuestra propia naturaleza optimista lindante con la locura irresponsable.

El hombre repite su trago y vuelve a sentarse a contemplar el cielo estrellado de la madrugada que agoniza. Una costumbre atávica compartida, ancestral. Como buscando un hogar perdido cuyo recuerdo quedó grabado eternamente en los genes. Y le parece que todo esto que nos pasa no es nuevo. Quién sabe si la batalla de hoy no ocurrió antes. Aquí o en otro sitio. Piensa que, Dios mediante si no murió, permite que se repita para que así el hombre insista y avance en su conocimiento. Si el virus y el hombre son afines, seguro se reconocen por su maldad. Y así, como no es tan difícil vivir con la culpabilidad, tampoco debe serlo convivir con un virus. Puede que mañana sea nuestro mejor enemigo.



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