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Detrás de las tensiones, la pandemia profundizó la dependencia del “campo”

La nueva normalidad llega con una economía mundial revuelta por una crisis energética que arrastra a las materias primas, una suba de costos que, según el Consejo Agroindustrial Argentino, provoca un “colapso logístico” que arrincona a las economías regionales, con China frenando el impacto sistémico del tambaleo del gigante Evergrande y con los Estados Unidos trasladando su interna hasta lo más alto del FMI. En otra oportunidad hablamos del amor-odio que genera el campo, al ser la pieza fundamental en la vida económica nacional. Con la pandemia, esa dependencia no hizo más que incrementarse. 

Cuando decimos “campo” estamos hablando de un universo de actividades agrícolas, ganaderas, forestales, pesqueras, frutihortícolas, y también de comercialización e industrialización con una gama de productos amplísima que se destinan a consumidores argentinos y de todo el planeta. El agro es el medio de vida, directo o indirecto, de una parte significativa de la población argentina. Y su grado de inserción federal muchas veces queda reducida por las miradas desde uno y otro lado de la grieta.   

En el marco de la pandemia, además, se subrayó su papel como “actividad esencial”. Cuando el parate afectó a prácticamente todo el entramado productivo, el agro se mantuvo operativo. Cuidar el suelo, experimentar mejores técnicas de producción y adoptar tecnología para hacer más eficientes los recursos, es una práctica cotidiana que ocupa el ingenio de muchos argentinos y constituye la base de saberes que permite cubrir las necesidades alimentarias, energéticas y farmacéuticas de millones de personas. Durante el 2020, dos de cada tres dólares que ingresaron al país por exportaciones provino del sistema de la agroindustria. A su vez, representó 1 de cada 5 pesos de recaudación de impuestos. De la recaudación total de 7,2 billones de pesos, las cadenas agroindustriales representaron el 20,4 por ciento. En el ítem impositivo aparece una de las problemáticas que más incordio genera entre los productores: el impacto diferencial del IVA, donde se paga con un monto y se vende con otro más bajo. Se trata del impuesto de mayor incidencia en el sector, con un 32,3 por ciento del total aportado. Después vienen los Aportes y Contribuciones de la Seguridad Social, y recién en tercer lugar aparecen los Derechos de Exportación, abarcando el 22,5 por ciento del total.

Una disposición reciente del Ministerio de Agricultura referida a las declaraciones juradas de los granos físicos ya adquiridos para exportación de maíz generó la sobrerreacción opositora de la dirigencia rural. La medida busca ordenar las ventas de las nueve cerealeras que exportaron el récord de 38,5 millones de toneladas. Pero el temor de los productores es por cómo impactará en sus precios. En las profundidades de la grieta, cualquier acción de gobierno es percibida como una intervención injustificada. Y el poder relativo de cada actor varía en función de las urgencias.

Empleo y divisas

A diferencia del lugar común, el “campo” es un generador de empleo privado. Entre empleos directos e indirectos, al menos un 18,5 por ciento del empleo privado tiene relación con las cadenas agroindustriales. En el primer trimestre, la esfera de actividades agroalimentarias contabilizó 3.139.108 puestos de trabajo entre sector primario, secundario, comercio alimenticio o transporte de cargas. La incidencia del agro a través de su asociación llega al 93 por ciento en la producción primaria; el 44 por ciento en el manufacturero; el 14 por ciento en el comercio mayorista y minorista, y el 21 por ciento en el transporte. Ese arraigo comunitario es el punto ciego donde las explicaciones sobre el agro de las cúpulas políticas y académicas caen en mayores extravíos.

Pero la mayor, y más tensa, dependencia, es la que surge en torno a las divisas. El agro es el gran actor en las cuentas externas argentinas. El ritmo de liquidación del 2021 es un récord que supera en un 70 por ciento al registro de 2020 y en un 27 por ciento al segundo máximo histórico de 2011. Para lo que queda del año se estima que ingresarán 6.300 millones de dólares para cerrar con el récord de 32.000 millones. Las inversiones en tecnologías y desarrollos productivos, la aplicación de conocimiento y la optimización de procesos, muchas veces quedan opacados por el volumen de los ingresos de dólares. Los complejos del agro tienen una alta competitividad y eso los hace resilientes a las tormentas del mundo globalizado. El Covid-19 no fue la excepción. En estos años hubo un crecimiento de la producción primaria (PP) y las manufacturas de origen agropecuario (MOA) mientras caían las exportaciones de manufacturas de origen industrial (MOI). En 2020, la participación conjunta de la PP y las MOA alcanzó un máximo desde 1988.

En la Argentina de la pandemia, el agro abarcó el 17 por ciento del PBI. Si el Valor Agregado Bruto (VAB) creció 15,7 por ciento entre 2019 y 2020, el VAB del sector creció 37 por ciento. Con la pandemia, el VAB del sector se retrotrajo un 5 por ciento, pero su peso en el total saltó de 19,5 por ciento a 23,1 por ciento. El equilibrio externo y la frágil estabilidad del dólar están ligados íntimamente al desempeño del sector agropecuario. En 2020, con el 70 por ciento de los dólares por exportaciones y un bajo contenido de importados, la agroindustria tuvo la participación más alta en 30 años.  

Un motor desde adentro

Pero una de las contribuciones invisibles más importantes del “campo” es su rol como multiplicador en la vida económica del interior a partir de los eslabonamientos hacia dentro de las cadenas. La estimación de la matriz insumo-producto de la OCDE dice que por cada peso que sube la demanda de bienes finales del sector agroindustrial, la actividad económica crece en 1,64 pesos, y por cada peso de incremento en la demanda de productos alimentarios, la actividad crece 2,14 pesos. Este es el dinamismo de fondo que empuja a actividades textiles, farmacéuticas o de la construcción, como un mediocampista todoterreno que hace jugar al resto del equipo.  Un fenómeno particular se da en el cambio de fisonomía del “campo”.

La producción triguera y maicera o la porcina, tuvieron crecimientos importantísimos en el valor agregado, pero no llegan a compensar la caída del complejo sojero, que viene cediendo hace algunos años. De hecho, la cadena de la soja, por su importancia, es la que explica la caída del VAB sectorial en 2020 por la combinación de menor intención de siembra, sequía y complicaciones internacionales por el biodiesel. La soja cayó 13 por ciento, pero el maíz creció 2 por ciento, los lácteos 3,2 por ciento, los porcinos un 3,7 por ciento, y la caña de azúcar tuvo el crecimiento más importante: 28 por ciento.  

Esa heterogeneidad de resultados suma complejidad a la imagen simplificada del sector agropecuario. Si se tiene en cuenta la relevancia para las cuentas nacionales y para el funcionamiento de la economía en su conjunto, observar su estado de situación es un buen termómetro del presente y un indicador del futuro próximo. En ese sentido, durante el 2020, la inversión agroindustrial cayó un 7 por ciento. El monto que el “campo” volcó en forma de construcciones, maquinarias y equipos de transporte, fue de 8.480 millones de dólares, según la Bolsa de Comercio de Rosario. Entre 2013 y 2017 navegó en torno a los 16 mil millones. El año pasado, la inversión total de la Argentina llegó a los 54.068 millones de dólares. 

El principal motivo de la desinversión fue la incertidumbre de la cuarentena, pero se suman varios años de crisis que aportan factores decisivos: la sequía más importante en 50 años durante el 2018, sumada a la actual sequía récord; las tasas de interés desquiciadas por la crisis en 2019; el reperfilamiento que golpeó, como en Vicentin, al corazón productivo; el retraso de los precios internacionales hasta 2020; la inestabilidad macroeconómica y las modificaciones en los derechos de exportación. El “campo” que debió surfear la pandemia fue uno herido por la frustración reciente del proyecto político en el que su cúpula dirigencial había creído. 

Entre el resentimiento dejado por el macrismo, la angustia de la pandemia y las inquinas con el gobierno, el campo se planta en su potencial para la recuperación: la venta de maquinaria agrícola fue el primer síntoma de reactivación en el último tramo del 2020. En plena puja de tasas para la emisión de deuda en pesos con el objetivo de financiar el gasto, el refuerzo de las restricciones a importaciones y un arsenal para contener los dólares financieros, el horizonte de ingreso de la cosecha fina es la cuota de esperanza que el “campo” ofrece para diciembre. Su virtud, su orgullo y su fuerza negociadora.

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Autor

  • Hace periodismo desde los 16 años. Fue redactor del periódico agrario SURsuelo y trabajó en diversos medios regionales y nacionales. En Instagram: @lpaulinovich.

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