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Panorama

J. E. King: Días de virus y hastío

Días de virus y hastío



Por J. E. King

Inspirado en El Mar Cambia, un cuento de Ernest Hemingway de 1939  

Desde el bar instalado en el muelle se percibe el ritmo de la marea que hipnotiza a media docena de pescadores. A medida que el oleaje se hace notar dándole colores distintos como en un mágico caleidoscopio, el mar baila armoniosamente al compás de la paciencia de los hombres que esperan enganchar una pieza salvadora. Nadie le presta atención a la pareja que toma café en el deck, hasta que el tipo revolea el brazo, se para y buscando con la mirada un horizonte perdido exclama: ¡Debería matarla!

Ella se cubre del viento envolviéndose la cabeza gacha con un pañuelo verde por donde sobresale un agitado mechón rubio. Es joven. Unos diez o doce años menos que él, que se sienta con furia sobre una silla de plástico acostumbrada a los malos tratos. En el salón vecino las mesas están vacías y el encargado del bar, apoyado en la barra junto a la máquina de café, es el único que está atento a la escena de la pareja. Tiene años en el bar del muelle y ha lidiado con pescadores violentos de fuerte aliento a ginebra, matrimonios desavenidos y parejitas necesitadas más de un motel que de un pancho con gaseosa.

El hombre lo llama a través de la ventana y apenas está llegando le pide whisky. Una botella y dos vasos. Asiente sin preguntar y vuelve con lo solicitado. Es el mejor que tenemos, le dice. Y le muestra la etiqueta. El hombre, visitador de los bodegones del lugar, se sorprende. Es una botella sin abrir de un escocés etiqueta negra. Un milagro, dice el hombre sonriendo. Su piel tostada resalta los ojos grises del hombre, acostumbrado a la buena bebida y las mujeres no tan buenas pero hermosas. Se acomoda y cruza las piernas. No usa zapatillas como la mayoría. Calza un par de mocasines de cuero azules ribeteados de negro. Espectaculares, piensa el mozo que los mira con envidia. Y pide permiso. El tipo, más relajado, sirve dos buenas medidas y antes que desaparezca pide algo de hielo para la señora. Ella sigue con el mentón recostado en el pecho. Hace rato que no pronuncia palabra. Pero el hombre sabe que hay una delgada línea que puede ser cruzada en cualquier momento y está atento a un gesto o movimiento de ella. Seis meses de prisión en un coqueto chalet frente a la playa juntos no bastaron para que se conocieran tanto como para acabar en una historia que araña las almas.

De un trago vacía el vaso y le pregunta como si la estuviera retando: ¿Entonces, te vas nomás? Ella lo mira de frente y asiente con la cabeza. Parecería que estaba por pedir perdón. Y ese rodeo en su decir alude a cierta culpa. Pero los labios están apretados, sellados. Y empieza a llorar despacio. Sin agitación. Sufre. Como si quisiera pedir lágrimas prestadas murmura que lo quiere pese a lo sucedido. Y él, percibiendo algo de perversión en la declaración le dice con sorna que sí, que se nota. La pérdida es de los dos y están quebrados. Él se sirve nuevamente, esta vez hasta el borde del vaso. Piensa que se trata de un calmante y lo va sorbiendo de a poco sin dejar de mirarla.

Acá está el hielo, interrumpe el mozo. Él hace un gesto de agradecimiento al tipo, que se retira presto como una sombra detrás de bambalinas. Le hace acordar a esos malos actores recompensados para pronunciar una frase clave en una obra como: Señoras y señores, la mesa está servida. Él, desechando las pinzas, le agrega con la mano un par de cubitos al vaso de ella, que finalmente opta por humedecer sus labios. Los hombros de la pareja descienden. La tensión les duele todavía. Él se pierde en el mar como antes se hundió en los ojos celestes claros, clarísimos, de ella.

Un auto blanco, descapotable, se estaciona frente al muelle de pesca. Lo conduce una pelirroja de cabello cortísimo, labios exuberantes, anteojos de sol y llamativa blusa roja de mangas cortas. Enciende un cigarrillo y mira a través del  ventanal. Hace sonar una vez la bocina. Ella se para y le dice que lo llamará. Para qué, responde el hombre vencido. Sincera ella dice que no lo sabe, pero que igual lo llamará. Él, haciendo gala de un perfecto dominio y pulso ejemplar, toma su vaso y lo vuelve a vaciar. Son todas como una calesita, se dice. Dan vueltas y vueltas y es difícil, imposible, saber cuándo y dónde se detendrán. No quiere discutir. La mira y asiente. Fría despedida para lo que fue una ardiente aventura donde calmar el hastío de tanto encierro y normas severas impuestas por un virus desconocido y mortal.



Está confuso. Y finalmente entiende que sólo el amor sostiene la vida. Le dan ganas de maldecir al reconocer la imprescindible necesidad del otro. Y darse cuenta muy, pero muy íntimamente, que nadie puede por sí completar una tarea en este mundo. Que siempre se está a la búsqueda de un bastón para el alma. Ella camina despacio cuidando que los tacos no caigan en alguna trampa del puente de madera gastada que lleva a la salida.

Llega al pequeño coche deportivo y saluda con un beso en la boca a la pelirroja, que le acaricia una mejilla con el dorso de la mano quitándole una lágrima olvidada. Toda una señal. Ella la quiere sin lágrimas ajenas. El coche se aleja por la avenida inundada por el aroma a eucaliptus. Él vuelve a refugiarse en un mar que lo atrae como a un viejo faro. Ayer estaba azul y la playa bordada de espuma blanca. Piensa y espera que la llegada de la primavera ponga fin a una pandemia que desparramó aburrimiento, intolerancia, ira a tanto barbijo y temor. La vida armónica un día se ve alterada. Y esa costumbre de pretender controlarlo todo da un soberano cachetazo. Se cae el velo y se descubre que se es vulnerable ante las vueltas del destino.

El mozo se acerca y al escucharlo hablar solo se detiene y pega media vuelta. Enciende el televisor del salón. Pasan un documental en blanco y negro del cuarteto de jazz de Dave Brubeck en París, de 1966. El piano tapa la voz del tipo que pregunta a un Dios ausente por qué abandonarlo por una mujer pero nadie le contesta. Olvidarla, quizá. Después de todo sólo se puede olvidar cuando se tiene una memoria plena de recuerdos. Buenos o malos. Tanto da. Es la nostalgia de otra vida que no volverá aunque la pandemia pase, si es que pasa. Después de todo es parte de la condición humana, que se ve puesta a prueba de tanto en tanto. Comienza a creer que poco y nada puede hacerse para modificar algunas realidades. El cambio puede siempre más. Se apoya en la veranda y aferra con fuerza la madera despintada hasta que va aflojando la presión. Vuelve a perderse en el oleaje y el cielo a los que nunca quitó la vista y se dice que todo, absolutamente todo, cambia. Como el mar.  Y llama al mozo.



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