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Producción fotográfica: Kevin Dolce

Sociedad

Donde va a parar todo eso que tiramos

Al relleno sanitario de Ricardone se llega por caminos de tierra, pero ya desde la Autopista Rosario-Santa Fe se divisan las montañas de residuos. Desde lejos parecen mini sierras, porque están recubiertas con tierra. Es parte del proceso: cuando las montañas llegan a su altura máxima permitida, unos 24 metros, se tapan con tierra y esa parte queda clausurada. Es decir, la disposición final de los residuos continuará por otros sectores del lugar. Hoy cerca de la mitad del predio ya está en su tope. 

En la entrada al predio están las oficinas de Resicom, la firma dueña del relleno. A pocos metros se encuentra la balanza donde los camiones pesan la cantidad del material que cargan, y una sala de conferencias para recibir a escuelas y universidades; en este caso a medios. Cruzando la calle de tierra están los talleres, donde la firma realiza el mantenimiento y las reparaciones de sus maquinarias: retroexcavadoras, topadoras, cargadoras frontales, motoniveladoras, camiones. 

“Los equipos que se usan acá son parecidos a los de una obra vial, solo que en lugar de trabajar con tierra trabajan con basura”, explica el ingeniero ambiental Daniel Blanco. Suma Política recorrió por dentro el centro de tratamiento y disposición final “La Gallega”, donde se encuentra el relleno sanitario en el que desde 2003 Rosario envía sus residuos. Allí ingresan camiones las 24 horas transportando unas mil toneladas diarias en total, de las cuales 800 salen desde nuestra ciudad. 


Producción fotográfica: Kevin Dolce

El lugar, como se ve hoy, se fue construyendo paulatinamente sobre los residuos que se fueron depositando en el lugar desde su creación en 1998. Las montañas cuentan con caminos y senderos que requieren de un mantenimiento acorde y constante para que circulen los camiones y toda la maquinaria necesaria para hacer la disposición final de los residuos que llegan de toda la región. 

La basura se arroja en celdas que son una especie de piletas gigantes, de 60 metros de largo, por 120 metros de ancho y una profundidad de 2,80 metros. Antes, una vez hecha la excavación, el fondo se cubre con bentonita, que es como una arcilla que sirve para impermeabilizarlo, y sobre eso se coloca una membrana de polietileno de alta densidad, que va soldada. Luego todavía irá una cobertura de tierra de unos 30 centímetros, a modo de protección de la membrana, y recién ahí se empezará a depositar la basura. A la vista, las celdas son como parcelas en donde se depositan los residuos a medida que se necesita y así se va trabajando por sectores, hacia los costados, y por capas, hacia arriba.

Todo eso se hace para evitar que los residuos filtren hacia la tierra. La profundidad de las celdas no es mucha, explica Blanco, porque están condicionados por la capa freática —el nivel del agua subterránea—. Los residuos tienen que estar como mínimo a un metro y medio del nivel histórico y alrededor de todo el predio se observan unos pozos donde se accede a las napas para controlar no solo la calidad del agua sino su nivel. En el lugar, explican, se realizan constantemente controles de agua, aire y suelo. 

Hoy las tareas de la firma se concentran sobre la zona oeste del predio. Por eso desde la autopista el relleno luce más como montaña: la basura expuesta está del otro lado y es más difícil verla. Para saber donde está la basura desde afuera uno puede guiarse por el vuelo de los caranchos, que revolotean en búsqueda de residuos frescos. Los pajarracos son muchos, y son gigantes. Desde adentro, en cambio, basta con subir en camioneta por uno de los caminos hacia una suerte de meseta donde se observa todo el lugar: al oeste las celdas donde los camiones descargan; al norte las montañas ya “clausuradas” que alcanzaron su capacidad máxima; al este el predio inmaculado donde se construirá el relleno anexo para seguir depositando residuos cuando el actual llegue a su tope de capacidad, y al sur la planta de tratamientos líquidos, porque la basura también genera líquido. 

Blanco explica que el relleno cuenta con buena parte de residuos expuestos. Cuando llueve se generan líquidos que se tratan en el mismo lugar en piletones de distintos tamaños, llenos de un agua verdosa tirando a negra que está constantemente en movimiento, como un gran jacuzzi de aguas oscuras. Los piletones también están impermeabilizados con un procedimiento similar al de las celdas. Allí se realiza el tratamiento correspondiente para que luego los camiones atmosféricos chupen el agua y la lleven a la planta de desagüe de líquidos cloacales que tiene Aguas Santafesinas en Baigorria. No es tan sencillo el procedimiento, aseguran. En el medio hay todo un protocolo: se acumula un lote de líquido, se realizan los análisis correspondientes, Aguas Santafesinas controla y si todo está en orden da el visto bueno para realizar el traslado. 

En el último tiempo un proyecto quedó trunco: la posibilidad de recuperar el biogás que se genera con los residuos para transformarlo en energía e inyectarlo a la red. Habían avanzando en un convenio con una firma para llevarlo adelante cuando el gobierno de Mauricio Macri insistía con el despegue de las energías renovables. El cambio de gobierno y la disparada de los precios, dicen, paralizaron la iniciativa. 

El desafío ahora está puesto en la construcción de un nuevo relleno en el terreno contiguo. “Está verde, todavía”, cuentan desde la firma, pero ya está comprado. Proyectan ir avanzando de a poco porque en el relleno actual todavía hay lugar para varios años más. Por el tamaño del terreno estiman que tienen margen para más de 20 años, una vez clausurado el relleno actual.



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