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Cultura

Florencia Balestra: “No puedo laburar en un lugar donde yo no crea y en este momento creo en este teatro”

Hasta ahora lo único que Florencia Balestra colgó en su oficina es un cartel fileteado que dice Primeros Auxilios. “No toqué nada todavía, ni lo voy a tocar por un rato largo”, dice. Medallas, trofeos, placas conmemorativas, libros, recortes de diarios enmarcados, una escultura de Sarmiento, diplomas y pinturas cubren las paredes del despacho de la actual directora del Teatro Astengo. Sentada en un sillón con el posabrazos gastado por las lecturas de su padre, Balestra mira las fotos que la rodean.

—Hay fotos divinas acá pero no son de artistas. Hay muchos políticos porque mi papá es y fue político. Está Illia, Alfredo Palacios, Alicia Moreau de Justo, Usandizaga, De la Rúa, todos porque, afines o no, pasaban por acá.

—Es una escenografía que para vos debe tener una carga significativa.

—Sí, porque mi papá estuvo toda la vida acá.

El padre de Florencia es René H. Balestra. Un abogado y docente universitario que se dedicó a la política y que durante casi cinco décadas dirigió el Teatro Fundación Astengo. “Mi viejo es un político bastante particular porque siempre estuvo muy cerca de la cultura. En mi casa había libros en bibliotecas de piso a techo, paredes enteras recubiertas de libros, una cosa monstruosa. La cultura siempre estuvo presente, a mí me llegó de un modo muy natural, no era una cosa forzada”.

Balestra dice que en esta entrevista va a hablar de apreciaciones. Cuando responde las preguntas cruza roles sin distinción: habla como artista, como productora, como dibujante, como gestora e intercambia experiencias entre los espacios que transitó a lo largo de su vida. “A veces me preguntan en qué año pasó tal cosa y yo trato de ir de acá para adelante”, dice mientras ofrece “información fidedigna” en un folleto que conmemora los 80 años del Teatro.

—Acá tenés algo de la historia, leela en voz alta:

—“Todo comenzó en 1895 con el Nuevo Politeama. En este teatro-circo la historia del desarrollo teatral vivió episodios inolvidables. Bastaría con reunir los nombres de los Podestá, Parravicini y Guillermo Battaglia y un hecho verdaderamente insólito: el estreno de la ópera Puccini en la Argentina”.

Balestra toma la posta y continúa la lectura:

—“El Nuevo Politeama fue demolido en 1917. En el mismo lugar donde estuvo este teatro se levantó luego el elegante Teatro Odeón. Fue el 5 de octubre de 1927. Lola Membrives daba vida a la protagonista de La mariposa que voló sobre el mar, de Jacinto Benavente. Esa noche inaugural Rosario ganó un teatro. La sala del Odeón sería desde entonces el ámbito propicio para albergar el arte de figuras eminentes, algunas ilustres como Ermete Zacconi; Sacha Guitry; Emma Gramática; Margarita Xirgu; Madelaine Ozeray; capaces de transmitir a públicos ávidos la emoción y la grandeza del drama. Llegó luego el triste tiempo de la decadencia. Desfalleciente, el Odeón mantuvo su estructura física, pero debió ser entregado al cine. Años después, Héctor Ignacio Astengo, con verdadero espíritu renacentista, crea una Fundación que recupera para la ciudad de Rosario un teatro cuyo prestigio se iniciaba a principios de siglo”.

—¿Entonces el Teatro es una de las partes de la Fundación Astengo?

—Una cosa es la Fundación, que es un grupo de gente, y otra cosa es el Teatro. De alguna manera la Fundación es la que soporta y sostiene al Teatro, no necesariamente desde lo económico pero sí con decisiones.

—¿Cuál es tu primer recuerdo en el Teatro?

—Yo era muy chiquitita y me llevaban a la casa de Astengo. Él era realmente un mecenas, un señor acaudalado que venía de vivir en París con una mujer preciosa que era la madre de la actriz Anouk Aimée, de eso tengo algunos recuerdos mínimos. Después empecé a venir al Teatro a ver todas las funciones que te puedas imaginar; de teatro, de música, de lo que sea. Toda mi infancia y toda mi adolescencia transcurrió viniendo acá como espectadora.

Fotografía: Alan Monzón

—¿Y tu papá cuándo empezó a dirigirlo?

—En 1968, fueron alrededor de cincuenta años.

—¿Eso cambió tu relación con este espacio?

—No, porque yo siempre hice un recorrido muy aledaño, más marginal. El Teatro para mí era el lugar de mi viejo pero hace unos meses él me dijo: yo no puedo estar más en el Teatro, qué vas a hacer vos ¿lo vas a tomar? Y bueno, lo tomé.

Esto es como una tercera versión de gestión para mí: una fue independiente en el Pasaje Pan, otra fue estatal como Subsecretaria de Cultura en la gestión de Miguel Lifschitz y esta es privada, por decirlo así.

—¿Cómo suma cada experiencia de gestión?

—Son todos formatos diferentes, nada de todo lo que hice me sirve de experiencia pero de alguna manera sí lo hace. Lo importante es el contacto que una tiene, ha tenido y sigue teniendo con el mundo del hacer y del producir en la ciudad. Siempre estuve muy cerca de todos los ámbitos. Hice un paso por la Municipalidad cuando me invitó Miguel Lifschitz, que era una cabeza alucinante y para mí fue un orgullo haber participado en ese gabinete, haber trabajado con él y todo lo que aprendí. Creo que esos trabajos solo se pueden sostener si uno cree profundamente en la persona con la que está trabajando. Yo soy así: no puedo laburar en un lugar donde yo no crea y en este momento creo en este Teatro, creo en la posibilidad del desafío, creo que, sin exagerar, este puede ser el desafío de mi vida, sostenerlo y hacer que esto arranque porque hace muchos años que está medio dormido, hibernando.

—¿Con qué te encontraste al llegar como directora?

—Me encontré con una estructura impecable, mantenida y sostenida a lo largo del tiempo. Pero creo que está impecable porque no se está usando todo lo necesario. El año pasado fue un año muy crítico, en el 2020 no pasó nada y en el 2019 ya estaba languideciendo. Son varios años así y tener esto parado es peligrosísimo. El Teatro todos los meses tiene un costo, todo se sostiene con seis empleados y todavía no da ninguna ganancia, al contrario, estamos arañando las piedras para ver si podemos sostenernos con algunos auspicios y apoyos de empresas.

—¿Con esos aportes se sostiene el espacio?

—Sí, yo incrementé esos auspicios que no tienen nada que ver con el Estado, son todas empresas privadas.

Fotografía: Alan Monzón

—¿Entonces el Teatro venía parado desde antes de la pandemia?

—Sí, ya venía parado porque no es fácil. Hace veintipico años el teatro era un furor pero ahora ya no está ese rito de cambiarse, arreglarse y comprarse un vestido para ir al teatro. De la misma manera que nadie compra el diario o que muy poca gente se sienta a ver el noticiero en la televisión. Es complejo y es un desafío porque hablamos de cambios de hábitos y costumbres. Pero si me quedo pensando en oh, qué dramático no hago nada. Tengo que pensar y encontrarle la vuelta, ver de qué manera atraer y convocar. Todavía no lo sé, no tengo la respuesta, lo voy viendo casi día a día, paso a paso, minuto a minuto.

—¿Cómo pensás la gestión?

—Angélica Gorodischer me dijo algo que nunca olvidé y me cuadró siempre. Cuando alguien le preguntaba qué era escribir ella decía: sabés qué es escribir: romperse el alma. ¿Sabés qué es dibujar o hacer la carrera que hice yo? es estar veinte horas en el escritorio. La gestión cultural es lo más parecido a la necesidad, una palabra simple, como si dijeras: pan. Necesidad. Básica. Uno gestiona cuando necesita. Yo gestioné 30 años en el Pasaje Pan y puse el primer local de producción rosarina porque necesitaba vender mis cosas y no me las tomaba ningún local. Necesitaba vivir de lo que yo hacía y lo único que quería hacer era dibujar y producir y empecé a poner mis dibujos en las cosas con palabras en castellano y hacía y vendía, mi necesidad era esa.

La gestión cultural es lo más parecido a gestionar tu vida. ¿Qué es gestión cultural? Tratar de ser feliz mientras hacés lo que a vos te gusta, atravesar la vida tratando de ser feliz. Si vos estas 24 horas pensando se te ocurren veinte millones de ideas, pero ponete a pensar. Pensar es una actividad bastante menospreciada y después está el hermoso entretejido que se puede hacer con la gente, los vínculos.

—¿Hay un diferencial al gestionar como artista? ¿Hay un plus, una mirada distinta?

—Probablemente. Puede ser que uno tenga un pie adentro y un pie afuera y eso hace una diferencia en el sentido de que no haría lo que no querría que le hagan a uno. Cuando puse un negocio, lo puse pensando en que no quería tratar a la gente como me trataban a mi en otros locales. Al ser artista yo sabía lo que le costaba a cada uno eso que hacía y acá también son todos colegas, por más que canten, bailen o que actúen; yo sé cómo viven y sé cómo sienten, somos todos iguales, somos pares por eso me ha gustado el trabajo horizontal toda la vida.

—¿Y en Rosario por qué se da tanto esto de que los artistas son gestores?

—Porque nosotros hacemos todo, pero hacemos todo porque no nos queda otra. Acá tenemos que hacer todo porque no estamos tan desarrollados para que todas las mini partes necesarias existan, somos una multiplicidad de partes y hacemos todo. Y creo que lo sabemos hacer. Hemos aprendido a hacerlo para sobrevivir porque es una necesidad. Entonces volvemos de nuevo a que la gestión cultural es una necesidad, pero también le podemos decir capricho, ganas, deseo.

Fotografía: Alan Monzón

—¿Cómo convive ese deseo con lo más concreto, con las necesidades reales de este espacio?

—Lo digo sin pedantería: a mí no me vencen las cosas que se caen o que no salen, nunca me pasó. Si hacía un dibujo para un cliente y finalmente no lo quería, le hacía algún cambio y lo terminaba usando para otra cosa, es todo medio shing- shang, si algo no va para acá va para allá. Nada fracasa, no creo en el fracaso. Nunca desde el lugar de la pedantería ni omnipotencia, no. No creo en el fracaso porque no es tiempo perdido porque vos sacás un montón de cosas de ahí, ganás un montón. Es fácil. No me quedo rumiando en un lugar de víctima. Cuando digo: a esto lo voy hacer, no sé cómo pero lo hago.

—Y para hacerlo estás en vínculo con otras personas, estás en red.

—Todo el tiempo, todos los días vengo 6 o 7 horas y me quedo acá. Solo estando en los lugares se te ocurren las cosas. Hay que estar, de cuerpo presente, hay que habitar los lugares: bajo, subo, me quedo en la escalera, miro para allá, llamo a uno, a otro, me encuentro.

—Tampoco la idea es quedarse en las tribus.

—El Pasaje Pan no tuvo tribus pero porque todo se parece a su dueño. Nunca fui amante de las tribus, la gente tiende a querer vivir todos los días el mismo día, como en la película Memento, por eso van a los mismos lugares a ver siempre a la misma gente porque la sensación es de que el tiempo no pasa. Para mí esto es como el Pasaje Pan pero con otras características, pero en cuanto a estructuras es re parecido. Yo quiero que este sea un lugar muy abierto, lo más abierto posible.

Ese sería el desafío

—El desafío más grande es que la rosarinidad venga a ver lo que hacemos. Eso sería un sueño: que nos pudieran ver como valiosos, que sea un lugar multicultural, que pudieran pasar muchas cosas a la vez, que tenga mucha vida, que puedan entrar los artistas rosarinos al Teatro. Estamos viendo mil formatos y alguna vuelta le vamos a encontrar porque la sala es muy grande, está como fuera de escala en la ciudad, pero creo que si no hay un desafío no hay ni por qué levantarse a la mañana o seguir caminando, me da miedo eso, es como no creer en nada pero básicamente es como no creer en uno.

Fotografía: Alan Monzón

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