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Panorama

J. E. King: Lo que el virus nos enseña

Lo que el virus nos enseña


Fotografía: Luca Dinolfo

Por J. E. King


No se le puede jugar en contra a la fe y a la esperanza. Y menos si va de la mano de la caridad bien entendida. No limosna, sino solidaridad de veras. Desde que comenzó la película de terror el pasado diciembre en China, la pandemia nos metió de golpe en una distopía, un mundo de ficción que no queremos, que no deseamos. Nos dimos cuenta, vaya sorpresa, que la humanidad está atravesando hace rato una dolorosa crisis. Y hay que aclararlo porque algunos con traje de rebeldes quieren hacer creer que acá está todo mal porque un virus que capaz que ni existe, que es un invento para encerrarnos en nuestros hogares y adoptar estrictas medidas para supuestamente protegernos cuando en realidad se busca conculcar nuestros sagrados derechos de cafetear o bajarse unas cervecitas con los amigos. Y sí. El que puede quiere salir. Pero ahora no tanto. A quien se quiere contagiar, adelante, que le dé nomás. Vía libre. Pero pasa que va a infectar a otros. Y nadie es dueño de la vida de los demás.

Ante determinadas situaciones se reacciona porque no se ha enseñado a responder correctamente. Por puro egoísmo unos están acostumbrados a que cuando juegan a la perinola le tiene salir siempre toma todo. Lo joroba mal el todos ponen y lo revienta el todos toman. Así que mejor aferrarse a la realidad. O acaso van a seguir aplaudiendo a los que no quieren terminar el incendio que comenzaron tiempo atrás.

El país estaba hipotecado, liquidado, entregado, vendido. Los bolsillos enflaquecieron y todos tuvieron que bajar un escalón. Salvo excepciones. Hay especuladores que la saben lunga y terminaron vendiendo millones de barbijos con iniciales y otros que gozaron quemándolos. Lo cierto es que esta peste desnudó algo que no todos se atrevían a reconocer. Como la desigualdad, la injusticia social, el racismo y algunos ismos más y fobias al por mayor. Acá todas las protestas tendrían que dirigirse contra la injusticia que mantiene a un tercio de hermanos condenados a la servidumbre humana y cerrar de una vez esa brecha que se agranda más y más entre ricos y pobres. Encima hay que soportar que se hable de pobres buenos y pobres malos. El primero sería el verdadero necesitado. El otro, el que abusa de los servicios sociales que les provee el Estado con plata que es de ellos, dicen. Pagan impuestos. Los que no pudo gambetear claro. Y así su segregación queda supeditada a una supuesta respuesta o disposición a trabajar como sea de lo que sea. Es decir, en negro sin chistar y repitiendo siempre muchas gracias señor, muchas gracias señora. Pero a salir de esta depresión momentánea y pensar mejor positivamente.

Con criterio sanador Francesca Morelli, reconocida psicóloga italiana sostiene que este virus dejará algo más que penas y olvidos. Habrá hecho a todos más fuertes en algunos aspectos. Porque aunque el confinamiento y la tambaleante economía que puede mejorar enloquece más de lo que ya se estaba, no es el fin del mundo. Parece. Y por favor, no digan que nada es lo que parece. Tantos días de encierro en nuestras casas da tiempo para pensar, reflexionar. Se reconoce la efectividad y necesidad de la salud pública. Y en este tiempo histórico, hito de la crisis de la desigualdad, más de un discriminador descubre que un virus nos  iguala y convierte de discriminadores en discriminados.

Hoy la peste hace disminuir la prosperidad económica y, como dijo una vez un rockero rosarino, más de uno tiene miedo de caer de la platea a la popular y tener que mezclarse con la chusma. Pero hay alegrías. Disminuye la contaminación del aire que se respira por la retracción obligada del sector de energía y del transporte y se otorga más atención al cuidado de la naturaleza. Y las hojas de las plantas sobrevivientes del invierno se descongelan y reanimadas recuperan poco a poco el verdor perdido. Además, también se recuerda cómo protegerse y evitar en la medida de lo posible contraer enfermedades contagiosas.



El covid-19 es también un antídoto contra las fake news en momentos en que el consumo de noticias se ha disparado y por suerte hay quienes reconocen que no todo lo que se escucha o ve lo vale ante tanta falsedad y distorsión. Asimismo, el teletrabajo es observado con mayor seriedad en busca de un equilibrio entre producción y reconciliación familiar. Y se replantea la importancia de la interacción social olvidada y suplantada por los celulares y computadoras que apenas logran esbozar una falsa ilusión de cercanía. Muchos ensayan el modo de volver a valorar el silencio, el dejar de correr de un lado para otro sin pensar y volver a disponer de un tiempo propio sin prisa ni egoísmos. Recuperar algo del tiempo malgastado y dedicarlo a la creatividad por ejemplo, que se había desechado por la sensación de soledad y aislamiento.

Refiriéndose a las venideras elecciones en EEUU aunque con puntos en común con otras partes del mundo, el actor internacional Viggo Mortensen, cercano a nosotros por haber vivido parte de su niñez en la Argentina y ser fervoroso hincha de San Lorenzo y aficionado al mate criollo, expresó con sencillez y profundidad que el mal ejemplo de ciertos políticos ha hecho que salgan del armario muchos bichos tóxicos. Que si no hay un esfuerzo por encontrar un punto en común, nada valdrá, Porque cree que de ambos lados, ira social y política, hay frustración, pero de no mediar un esfuerzo para comunicarse, no hay esperanza. Y eso porque irresponsables alimentan la polarización porque les conviene, aunque otros ayudan a suavizar para bajar la tensión. Y llamó a dejar de pensar en que todo tiene que hacerse a la manera que cada uno quiere. Esto es, olvidando el nosotros y sobreponiendo el bien común porque el tiempo de compartir es ahora.

De todos modos, está claro que lo más importante que este trance dejará será sin dudas haber puesto a prueba la olvidada capacidad de solidaridad y relación con los demás. El valor de la solidaridad puede ser la gran lección. Hacer resurgir el sentimiento de ayudar al prójimo y responsabilizarnos más de nuestros actos, recordando que la mejor vacuna para enfrentar esta amenaza global que nos supera es el optimismo y que no está permitido bajar los brazos. Y cuando todo haya pasado, en vez de creer que se ha vencido digamos gracias, estamos en paz.


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