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La crecida del Paraná, un ciclo natural previsible y positivo que se choca contra un problema evitable

Las islas del delta del Paraná son un gigantesco mosaico de humedales fluviales que, de manera periódica, se llenan y se vacían de agua. Esa es la definición básica de los humedales: ecosistemas que permanecen con su suelo saturado o en condiciones de inundación o anegamiento durante períodos de tiempo variables, normalmente considerables. Este año, de la mano de un evento El Niño muy fuerte, el río alcanzará con mucha probabilidad alturas que hace 10 ó 12 años no alcanza ayudando a resetar y regenerar todo el sistema, muy castigado desde 2019 a esta parte por sequías sucesivas, quemas desmesuradas y construcción de diques, terraplenes y demás obras ribereñas que afectan el bienestar y el equilibrio de este ecosistema. La llegada del agua, sin embargo, es percibida por algunos sectores productivos como un problema o una amenaza, que hay que neutralizar. Es recurrente el pedido de productores ganaderos, sobre todo, respecto a la urgencia por evacuar ganado de zonas inundables, pródigas en pasto de excelente calidad justamente por la presencia intermitente del agua. Así lo explicó Roberto Bó, biólogo de la UBA especializado en humedales: “la inundación no sólo es lo normal para la zona, sino que además determina los importantes bienes y servicios ambientales que nos brindan los humedales fluviales, como las muy buenas posibilidades de realizar actividades ganaderas”. El problema, entonces, no es que se inunde una vez más, lo que siempre se inundó. El problema es la exportación de un modelo productivo nacido y criado en otra zona (la llanura pampeana) a una zona de humedales, donde la presencia del agua es la clave.

Un sistema dinámico y cambiante

Después de siete años secos, con episodios incluso nunca registrados como la prolongadísima bajante 2020/2023, esta primavera y verano el río se pondrá panzón para volver a llenar de agua y de vida el sofisticado y multidiverso sistema de lagunas, bañados, riachos y canales de su vastísimo delta y poder así restaurar, al menos en parte, el equilibrio perdido. Damián Lescano, que es biotecnólogo, naturalista y acuarista, sigue de cerca los cambios y los pulsos del Paraná: “ya pasaron 11 años desde la última gran crecida, que fue en 2015/16. En el medio tuvimos una súper excepcional sequía y ahora parece que tendremos de nuevo mucha agua; es el ciclo natural del río”, dijo el especialista, quien recordó que estos pulsos hídricos tienen una importancia fundamental para la propia naturaleza del sistema, que está adaptada a eso, que se nutre de eso y que se explica, justamente, por eso. “En la ecorregión Delta e Islas del Paraná, la mayoría de las especies está adaptada a la abundancia de agua. Estos últimos años fueron secos y partes de este humedal comenzaron a pampeanizarse, muchas zonas bajas se convirtieron en pastizales con especies de llanura y avanzaron muchas especies invasoras como las moreras, que no se veían casi en las Islas”, graficó Lescano, para agregar que ahora —de manera natural— muchas plantas no nativas pueden ahogarse y desaparecer, mientras que otras nativas lograrán sobrevivir. “La crecida es un evento gigante de reseteo natural del sistema. Así como en otros ambientes es el fuego, acá es el agua. Después de estos años de sequía y quema, el agua va a ayudar a la recuperación de estos humedales, a recuperar especies vegetales y nutrientes en los  suelos, de cierta manera vuelve la normalidad”, sintetizó. De igual manera, para las poblaciones de peces del Paraná la creciente es un excelente momento para reestablecer los ciclos reproductivos interrumpidos o dificultados por la escasez de agua de los últimos años. “La reposición de las poblaciones de las grandes especies migradoras depende de estos pulsos de agua. Si además ocurre en verano, estas reproducciones masivas son mucho más exitosas. Tendremos una gran reproducción de peces y esto garantizará la existencia de estas especies para los próximos años”, subrayó. 



Evacuación de ganado: un problema previsible

¿Puede seguir siendo considerado como un costo y un problema evacuar ganado cuando hay creciente, siendo que es algo que ocurre y seguirá ocurriendo de manera periódica? Para Roberto Bó, cuando el agua sube efectivamente el numeroso ganado que allí fue llevado debe ser evacuado y “casi siempre esto se presenta como un costo y un problema”. “Desde la perspectiva de un productor ganadero esto es un problema y puede demandar un costo importante si no se actúa rápido y adecuadamente”, razonó, para luego subrayar que “si ya conocemos cómo funciona naturalmente el sistema, no sólo desde la experiencia de vida de los pobladores locales sino también desde la de los científicos y técnicos que investigan y gestionan sobre el tema, ya sabríamos que eventos extremos de inundación tendrían altas posibilidades de ocurrir”. Entonces: si esto puede preverse, tanto el “problema” como los costos asociados podrían, al menos, reducirse de manera considerable.

Para Bó, así como para muchos otros especialistas en humedales, existen maneras de conciliar cuidado de la naturaleza y producción ganadera, una práctica muy antigua que ya practicaban los jesuitas en la zona de San Javier. “Siempre se hizo la llamada ganadería de isla, que implicaba llevar un número no muy elevado de vacas durante la época ecológicamente más productiva, más húmeda y de agua relativamente baja y retirarla antes de la época productivamente más limitada desde el punto de vista biológico y de agua relativamente más alta en los humedales internos”, contó el biólogo, quien detalló que esa escala amigable con el entorno cambió a partir de los años 90 a partir del fenómeno de agriculturización de la zona núcleo, cuando se decidió —sólo desde una perspectiva rentística— hacer agricultura todo el año y abandonar el modelo mixto, que incluía ganado. Una idea reforzada, pocos años después, con el boom de precios de los commodities agrícolas argentinos, con la soja a la cabeza. “Gran parte del ganado, y con cargas relativamente altas,  fue llevado a sitios más complicados para la actividad”, puntualizó el biólogo, quien concluyó: “la decisión de usar en las islas del delta una modalidad propia de tierra firme genera, sobre todo en años como éste, un problema autoinfligido”. Finalmente, el especialista subrayó que los pulsos de inundación en sistemas ecológicos como el de los humedales fluviales del Delta del Paraná “pueden ser muy positivos para actividades ganaderas” si se adapta la actividad “al normal funcionamiento hidrológico de los humedales, y no pretendemos que sean los humedales los que se adapten a la actividad”. 

Buenas prácticas ganaderas

Finalmente, Bó enumeró algunas de las buenas prácticas que permiten hacer ganadería de islas de manera sustentable, comenzando por dejar de querer “importar” un modelo pensado para la llanura pampeana, y no para un humedal. “De esta forma, efectivamente conservaremos la identidad del sistema de humedales, lo que debe incluir la conservación de su diversidad e integridad ecológica” y, fundamentalmente, su funcionamiento ecológico, que en el caso de los humedales fluviales depende del adecuado mantenimiento de su régimen hidrológico natural “o sea, básicamente, de los pulsos de inundación característicos. Un sistema sano, para una producción sana. La ecuación que cierra para todos. 


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