A menos de dos semanas, la tragedia de San Cristóbal tiene una explicación oficial. El comisario inspector Guillermo Díaz, jefe del Departamento de Investigación Antiterrorista de la Policía Federal, fue quien expuso los detalles: el caso de Gino C., el adolescente de 15 años que mató a Ian Cabrera, de 13, en la Escuela Mariano Moreno de esa ciudad, se inscribe a la vez en comunidades digitales que enaltecen la violencia y en el movimiento incel. “Tal cual se vio en la serie Adolescencia”, de la que “se dan todos los indicadores”, dijo el funcionario, se trata de jóvenes “que odian a las mujeres considerándolas de cierta forma, odian a los varones que obtienen relaciones románticas felices y llegan a masacres contra esas personas”.
El discurso del comisario inspector y la intervención del Departamento Antiterrorista revisten lógicamente al episodio de un léxico policial y hasta le dan un sesgo conspirativo de carácter mundial. La True Crime Community, en cuyos foros participaba Gino C., es así caracterizada como “una subcultura digital, descentralizada y trasnacional” que exigiría “nuevas herramientas de prevención e investigación” de las fuerzas de seguridad.
No hay una organización sino usuarios que comparten y comentan contenidos sobre asesinos y crímenes reales en plataformas. Las responsabilidades parecen desdibujarse y no habría objeto de persecución en los términos policiales de costumbre.
Pero no se trataría de una cuestión policial sino de un problema más amplio, como indica la referencia a los jóvenes incel (célibes involuntarios). Este movimiento no exalta cualquier tipo de violencia sino la que reafirma valores masculinos convencionales: como plantea el psicoanalista Juan Carlos Volnovich en un análisis de la serie Adolescencia, “asistimos al retroceso de una ideología que buscó una mayor igualdad entre varones y mujeres, y a un nuevo avance de las ideologías que tienden a la denigración de las mujeres, al refuerzo de las diferencias de clase y a la discriminación racial, y tiene que ver con la ideología de ultraderecha”.

Gino C. tiene 15 años y como el nuevo Régimen Penal Juvenil entrará en vigencia a partir de septiembre no es punible; Nicolás C., acusado de participación secundaria en homicidio agravado por el uso de arma de fuego y de doble tentativa de homicidio agravado, tiene en cambio 16 y permanecerá en prisión durante noventa días. La insistencia en el carácter punible o no punible de los menores atraviesa el discurso de funcionarios, investigadores y medios de comunicación como si la intervención idónea en el caso fuera el castigo —y dentro del castigo, exclusivamente la cárcel—, como si alojar a Gino C. en un centro cerrado fuera una gracia y como si no hubiera otras posibilidades de abordar el problema.
Gino C. había sido distinguido como mejor compañero de su curso en diciembre del año pasado, un dato que no cuadra con el aislamiento social que el comisario inspector Díaz describe en los participantes de la comunidad criminal. Para la psicóloga Gabriela Gañan, integrante de los Equipos Socioeducativos del Ministerio de Educación de la provincia, en cambio, interpretar la tragedia de San Cristóbal según “los indicadores” de la serie difundida por Netflix reduce el problema.
“Nos encontramos con muchas dificultades de los adolescentes para tener espacios de referencia. La escuela viene siendo el único espacio donde pueden encontrar una mirada distinta de la que encuentran en lo familiar, y no da abasto porque aparecen muchos jóvenes sin acompañamiento de adultos. Hay que complejizar la explicación de este tipo de acontecimientos”, destacó Gañan en una entrevista con el programa Trascendental de LT8.
Gañan descartó además “una mirada desde la penalización para los adolescentes y jóvenes; al contrario, tenemos que pensar en espacios donde los contengan” y señaló el retroceso de “políticas públicas para que los adolescentes puedan encontrarse con pares y con otros adultos: faltan espacios culturales, deportivos, sociales”.
“La alegada participación del adolescente en redes de la llamada True Crime Community no lo vuelve parte de una supuesta (sub)cultura de glorificación de violencia letal masiva —afirmó por su parte el criminólogo Enrique Font en la red X—. Pero incluso si así fuera la pregunta ineludible es: ¿Qué tensiones estructurales, culturales y biografías concretas ese adolescente ‘resolvía’ con la adhesión a esa subcultura? Y esa pregunta obliga a indagar la realidad vivencial de ese adolescente y los problemas estructurales, culturales y subjetivos que resolvía con la supuesta adhesión a la alegada subcultura”.

La elección de las armas
Las adhesiones que provoca el crimen de San Cristóbal agregan más preguntas. Después del ataque que causó la muerte de Ian Cabrera y heridas a otros ocho estudiantes, hubo elogios al tirador y publicaciones con fotos que celebraron la tragedia en la plataforma Discord. Como los discursos negacionistas en curso, estos usuarios no relativizan los crímenes sino que se jactan al respecto y se arrogan el derecho de matar.
El disparo que acabó con la vida de Ian Cabrera volvió a estallar con otros episodios sombríos. El 1° de abril un adolescente de 15 años que asiste a una escuela de San José del Rincón dijo que llevaba un arma en la mochila. Era una broma, pero a la noche circularon mensajes en redes sociales con amenazas sobre tiroteos en el mismo establecimiento. Otro de 16 años hizo circular mensajes sobre ataques contra escuelas de Rafaela y Sunchales, y terminó detenido el 4 de abril. El cierre de la Escuela Mariano Moreno fue aprovechado por personas desconocidas que ingresaron para llevarse celulares y otros objetos de valor, supuestamente cuando la policía resguardaba lo que era la escena de un crimen.
El Ministerio de Educación de la provincia envió por su parte una nota en la que instruye a los equipos directivos de las escuelas. “Ante esta situación que nos conmueve, nos interpela y modifica el modo de ver lo que nos pasa, debemos generar espacios aúlicos reducidos para la circulación de la palabra y la escucha, que posibiliten poner en palabras lo sucedido, sin juzgar; se trata de alojar y es fundamental que la docencia que está acompañando se posicione como adulto de confianza”, plantea la circular.
“Nos encontramos trabajando muchas veces con pibes que van con armas a la escuela, o con fotos que circulan entre compañeros y compañeras de personas con armas”, destacó la psicóloga Gañan. En mayo de 2025 un niño de 4 años asistió al Jardín de Infantes número 65, de bulevar Seguí y Rouillón, con un arma de aire comprimido. En la ciudad de Santa Fe alumnos de 14 y 16 años protagonizaron otros casos similares, y una de las situaciones condujo a un allanamiento donde la policía incautó una pistola 9 milímetros y una escopeta tumbera. En la Escuela número 364, de Bordabehere 2243, Villa Gobernador Gálvez, hubo tres episodios con alumnos armados; en uno de ellos un estudiante de 15 años hizo un disparo antes de salir corriendo hacia su casa.
El caso de la Escuela Mariano Moreno se inscribe así en una secuencia con antecedentes que parecen episodios desconectados entre sí, dentro de las escuelas y en otros ámbitos, como el femicidio de Guadalupe Montoya en Rufino por parte de un joven de 18 años o el asesinato de Rosalía La Roza, por su hijo de 15, en Villa Gobernador Gálvez. Y a la vez marca un quiebre por el asesinato de Ian Cabrera, por su contexto en una ciudad de 15 mil habitantes y por la actividad de Gino C. y Nicolás C. en la plataforma Discord.
Pero el crimen de San Cristóbal no es una serie de Netflix. La masacre de Columbine, señalada como hito del fenómeno en 1999, promovió además en EEUU debates sobre el acceso de los jóvenes a las armas. Otro aspecto soslayado detrás de la “subcultura digital, descentralizada y trasnacional”.



































