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Sociedad

Un año sin Diego

¿Qué nos faltó decir de nuestra vida con Diego? Dijimos todo y le dijimos de todo. Lo pusimos en un cielo construido para él mismo, y lo mandamos al infierno de los que ignoran las responsabilidades de ser idolatrados. Entonces, como dijimos todo y le dijimos de todo, lo que podemos hacer es hablar de nuestro primer año de vida sin Diego.

A partir de cierta edad, los seres humanos empezamos a definirnos tanto por lo que tenemos como por el modo en que aceptamos lo que ya no tendremos más. El primer año sin Diego fue como si hubiéramos prometido dejar eternamente de brindar.

Mientras diableaba sobre una cancha de fútbol, todo era brindis, todo era celebración, todo era armonía. Su modo de cruzarla, un parpadeo con la respiración entrecortada que duraba para siempre: “… yo lo vi jugar a Maradona”. Y cuando moría fuera de la cancha, como murió tres veces, antes de cada renacimiento maldecíamos y nos enojábamos, para luego volver a brindar.

Es que Diego era como una droga, en el sentido de que provocaba adicción. Tan profundamente argentino, tan cortado por la tijera de nuestros sueños, tan indiferente a cualquier tabla de la ley, todos de uno u otro modo, nos encontrábamos con nosotros mismos en la esquina en la que lo cruzáramos a él. También provocaba alucinaciones, como la de que, en realidad, iba a morir después de que nos muriéramos todos; que nos iba a esperar para morirse más tarde.

Este año sin Diego, como penélopes insomnes, hemos tejido y destejido las provincias de la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación, la región de Kübler-Ross. Todos los lugares del mapa que están después de lo conocido. Porque, a fin de cuentas, se terminó Diego, como todo se termina; lo perdimos, como todo se pierde más tarde o más temprano; y supimos la verdad, que puede tardar, pero llega: no somos como nos hacían creer que éramos Diego y la pelota. Tal es el duelo.

Diego fue un sol que cada mañana salía por donde no debía. ¡Cómo disfrutamos los años en los que esa era la manera natural de amanecer! Ahora, amanece por oriente, y gracias. Diego recibía algo que no tenía sentido ninguno, un amasijo de rebotes y de saltos, y lo frotaba con la gamuza de su tranco hasta entregarnos algo convincente, capaz de emocionarnos, apto para el recuerdo perdurable, tema de conversación por años. Ahora, cada vez conversamos menos. Y cuando lo hacemos, es con el resto de entusiasmo que nos va quedando.

Lo que digo, transcurrido este año, es que Diego, con una generosidad que derivaba de su don presente de derramar abundancia, no tenía límites a la hora de hacerlo. En este sentido no era de aquí, y nos permitía sentir que nosotros tampoco lo éramos: mortales, carne transitoria, bajos y comunes, un movimiento en la multitud. En esa ausencia de límites estaba su excepcionalidad. Se habrá preguntado: “¿por qué me aplauden por ser ilimitado en la cancha, y me repudian cuando no tengo límites fuera de ella?”. Esa cualidad nos hizo tanto bien, ¡tanto bien! La generosidad es su propia forma de poder.

Al fin y al cabo, los seres humanos no somos más que lo que deseamos revelar. Este año sin Diego nos dejó con ganas de revelar poca cosa. Vacíos, mutilados. Vulnerables, falibles. Habrá que irse acostumbrando, hasta que llegue la fase final, la de la aceptación.


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