Dos jóvenes toman cerveza desde la terraza de un edificio en el barrio rosarino de Abasto. Desde el piso trece, el encanto del atardecer es ineludible. Mientras empinan las latas de aluminio, escudriñan el horizonte a medida que el crepúsculo del día avanza. De pronto, el contraluz del sol deja entrever lo que a plena vista parece ser una montaña. Una auténtica anomalía geográfica en el medio de la llanura del Gran Rosario.
La sombra puede verse desde un amplio radio de la ciudad, en tanto la vista no se interrumpa por los edificios. Se trata de un relleno sanitario con un curioso y muy irónico nombre: “Bella Vista”, aunque los cartoneros y recuperadores urbanos lo conocen como “La Montaña de Rosario”. El predio se extiende por 35 hectáreas, al borde de la ciudad. Como todo lo que incomoda.
La Montaña alberga en su interior una planta de compostaje y otra de procesamiento de residuos secos, que dan trabajo a cerca de 50 obreros que separan in situ la basura y hacen un encomiable trabajo de recuperación. Pero por más que hubo cambios que hicieron de ese gran depósito de residuos un espacio para el reciclado, sigue siendo foco de cuestionamientos por la crisis crónica del tratamiento de los residuos en la ciudad, a la vez que deja su huella en la salud física y mental de los vecinos que viven en los alrededores, paradójicamente sin servicios de recolección y privados de derechos básicos que la tercera urbe del país les debería garantizar.

Entre montaña y montaña
El otro nombre de Bella Vista proviene de la altitud que alcanza la cantidad de desechos que durante años se han ido concentrando en el terreno ubicado en Uriburu al 800, en el Lejano Oeste rosarino. Las últimas tres décadas no fueron suficientes para que las autoridades municipales de Rosario pudieran idear una alternativa para la disposición y tratamiento de su basura.
Según publicaciones de la propia Municipalidad de Rosario, la planta de compostaje de Bella Vista recibe entre 90 y 100 toneladas de desechos diarios que llegan sin ningún tipo de separación en origen. Eso hace más difícil el trabajo de reciclado de los trabajadores: “La gestión de los residuos de la ciudad está centrada en recolectar, trasladar y enterrar residuos. La separación y compostaje están en un segundo o tercer plano, tienen un lugar muy marginal en la política local. Estamos hablando de que sólo un 2 o 3 por ciento de lo que se genera es lo que se recupera por alguna vía formal como el compostaje, y la mayor parte que se recupera es por el trabajo de cartoneros”, sostuvo Mirko Moskat, integrante del Taller Ecologista.
En diálogo con Suma Política, el activista ambiental advirtió que la Municipalidad de Rosario “no tiene políticas para incluir este trabajo como parte de una estrategia formal de reciclaje, y las que existen abarcan a un sector minoritario de la población y son de mucha precariedad”.
Moskat hace un señalamiento importante: el veloz crecimiento vertical de La Montaña tiene que ver con el tipo de residuos que recibe. Mientras que Bella Vista recibe residuos de poda, escamonda y desechos de construcción, la basura orgánica y comercial va a parar al relleno sanitario de Ricardone, que fue objeto de polémica durante el mes de marzo por la firma tardía del pliego para la adjudicación de la licitación de este espacio, como publicó Suma Política.
El pliego de la licitación es claro en este sentido: dado que Rosario carece de un centro de disposición final propio para los residuos domiciliarios, actualmente el ciento por ciento de la basura recolectada no valorizada se descarga en Bella Vista. La letra oficial habla de 125 camiones de basura que transportan 850 toneladas de basura cada día. Luego, la concesionaria Resicom Ingeniería Ambiental lleva la basura de origen domiciliario en camiones especiales hasta el relleno ubicado a 30 kilómetros de la ciudad, donde desde hace más de una década se entierran anualmente entre 290 y 300 mil toneladas de basura.
“Lo que se recupera en Bella Vista es muy poco y en general sirve para hacer un compostaje de baja calidad”, dijo Moskat y afirmó que hay una “falta completa de interés, de hecho no convocan a las organizaciones o a pensar ideas o propuestas sobre el tema. Hemos presentado proyectos e ideas al municipio, pero ni siquiera las toman en cuenta, no es una prioridad política”, lo cual se refleja en que no hubo ningún tipo de cambio en las políticas de recuperación de residuos durante los últimos años.
A esto se suma otra denuncia del Taller Ecologista: la ordenanza Basura Cero se torna en letra muerta ya que no se aplica ni se controla por parte de la Municipalidad: “La ordenanza de basura cero establecía metas sobre los residuos y no se han cumplido con ellas”.

Basurear
“Solo se arroja basura. Se aspira pimienta blanca. Los corazones supuran”. La canción “En la Ribera” de la banda Bersuit Vergarabat refiere a la vida de las familias de barrios populares que recorren los riachuelos del conurbano bonaerense para rebuscar su día a día pero es perfectamente aplicable a los vecinos que viven en el barrio rosarino Los Humitos, en Segui y Avenida de Las Palmeras, en el suroeste de la ciudad.
Desde la cima de La Montaña pueden verse las casas de quienes circulan por sus pasillos precarios y sus calles sin cordón cuneta, ni acceso al agua ni al servicio de recolección. En el barrio viven 440 familias, según el relevamiento del Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap), ninguna de las cuales tiene conexión cloacal o de gas. Los días de calor estar dentro de las casas es difícil, pero salir a la calle es chocarse con el barrio y con los microbasurales que se generan en casi todos los asentamientos desperdigados por la ciudad. Ante la vista de los impotentes vecinos, un microbasural adquiere cada vez mayor tamaño en un enorme terreno que separa Cabin 9 de Los Humitos.
“Hemos trabajado con gente que vive enfrente de la planta procesadora de residuos, la gente que vive ahí son pacientes nuestros, es justo en el límite entre Rosario y Cabin 9” —en jurisdicción de Pérez—, comenzó a describir a Suma Política el médico general y familiar Alejo Herrera, que atiende a nueve cuadras de allí en el centro de salud “María Josefa Roselló”.
Según el médico, los vecinos concurren al efector con “consultas puntuales que reflejan las afectaciones a la salud que implican vivir cerca de un basural”, como gastroenteritis e infecciones en la piel: “La mayoría de los vecinos viven en casas precarias y sin servicios, tienen agua de pozo, los que hacen la perforación, y otros tienen que ir hasta la garita de trenes para cargar agua”, sostuvo. Un referente barrial en diálogo con este medio señaló que “al sacar agua de una manguera de una zanja o beber agua que no sabes si es potable, tenés esos problemas”.
A lo largo de los días, los vecinos de Los Humitos recorren las calles y llegan a caminar hasta 15 cuadras con bidones de 20 litros para ir hasta una canilla a buscar agua potable. A estas condiciones deplorables de vida se suman los constantes focos de quema de basura y la cercanía con alimañas y espejos de agua que actúan como criaderos de mosquitos, en pleno crecimiento de la epidemia de dengue.
Un relevamiento de la organización Igualar Rosario publicado a mediados del 2024 detectó un total de 270 microbasurales en toda la ciudad: el informe revela que dos de cada tres (66,6 %) “se presentan al interior y/o en las inmediaciones de los barrios populares de la ciudad” y explica que esto se debe a que la mayoría de ellos son asentamientos que cuentan con “pasillos y calles angostas, calles de tierra o conexiones eléctricas informales con cables que se ubican a baja altura, entre otros factores” por los cuales los camiones recolectores no pueden ingresar. “En estos casos, y frente a la nula existencia de un sistema de recolección, los residuos se acumulan en distintos puntos de los barrios, generalmente en veredas de las esquinas, terrenos baldíos o descampados”, apunta el estudio.
El microbasural que de a poco aflora en Los Humitos crece en un terreno privado, olvidado por su dueño hace décadas, ubicado entre las calles Jauretche, Larralde, Hermana Paula y Uruguay, a la altura de Jauretche al 8000. “Hay muchos basurales. Con los vecinos logramos eliminar uno poniendo un potrero y ahora logramos poner unos jueguitos de plaza para que los chicos puedan jugar. Y con eso fuimos erradicando al basural”, contó contento el vecino de Los Humitos.
No obstante, el referente apuntó que las autoridades municipales les dijeron que no pueden intervenir para la limpieza “porque es un terreno privado y se están tratando de comunicar con el dueño porque está en infracción, ya que no puede tenerlo así, pero todavía no han tenido ninguna respuesta. Está en un vacío legal donde no se hace nada. Planteamos con gente de la Municipalidad la posibilidad de hacer una expropiación pero no lo tomaron”. Más allá de esto, están en conocimiento del potrero y la plaza, y “prometieron no tumbar los arcos de la plazita”.
Caminar por el barrio de noche es peligroso ya que las calles no están iluminadas y los robos son cosa de todos los días: “La policía se metió el otro día a los cañaverales que hay al fondo del terreno y sacaron una moto robada que se ve que estaba escondida ahí. Después, de día, la gente cruza por la parte que limpiamos para ir a la escuela. Estamos queriendo conseguir unos reflectores para poder iluminar, pero todo es a pulmón y con cosas que van donando los vecinos”, destacó el vecinalista.
“Hay una sola bomba de agua que no da abasto para todo el barrio. Tenés que tener otra más para que en las canillas haya presión”, contó a este medio otro vecino de Los Humitos y aseguró que todo aquel que puede realiza una perforación pero “son los menos. Está el proyecto para hacer una bomba en la zona noroeste que iba a abastecer todo el suroeste y oeste, pero no hubo ninguna noticia sobre esto. Como barrio nos dejaron al abandono hace tiempo”, sentenció, y pidió permanecer en anonimato por temor a una eventual interrupción de las negociaciones con el municipio sobre los proyectos para el barrio.
“La contaminación visual y olfatoria, vivir sobre una cosa bastante ingrata como lo es un basural, las quemas frecuentes que se dan en los basurales que llevan a consultas constantes sobre problemas en las vías aéreas. Todo eso hace a una calidad de vida horrible”, sostuvo Herrera, quien apunta que la peor enfermedad que trae consigo la basura es la desigualdad.
Para el médico, vivir bajo esas condiciones también afecta a lo emocional y por lo tanto a lo inmunológico: “Tiene que ver con sentirse o no querido por alguien. Con sentir que te tienen en cuenta. Ciudadano es el que tiene derechos. Sentir que sos parte de la ciudad, del entramado de la ciudad. Si tenés zanjas descuidadas, calles rotas, basura, eso no se da. La pobreza no es la falta de recursos sino la no posibilidad de hacer algo. Tenemos que construir una realidad que sea más igual, hacer cosas que hagan que otros quieran visitar esos lugares”.


































