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J. E. King: Relajarse será perder la batalla

Relajarse será perder la batalla



J. E. King


La naturaleza, en sus demostraciones de inimaginable belleza pocas veces percibida, nos sorprende. Y así, en una versión libre podría suponerse que un día un virus se enamoró de otro intensamente. Tanto, que no quisieron separarse jamás, y hasta tuvieron descendencia. Supongamos que la mano del hombre estuvo ausente en ese ínfimo paso que en forma constante, incansable, da la vida. Aunque nunca separada de la muerte. Existe la posibilidad también que un científico, en su innata curiosidad, haya abierto una secreta y maligna Caja de Pandora. Esa inquisidora mujer de la mitología griega. Y así el mito de Prometeo para castigar a todos los mortales se cumplió indefectiblemente y la acción derivó en consecuencias tan terribles como esta pandemia. Una reacción propia del odio comparable a las que causa otro virus, el de la rabia, una enfermedad mortal aunque controlable ya. Los perros, nuestros fieles compañeros, están entre los transmisores de esa enfermedad. Muestran una violencia extrema cuando sienten miedo, intento de dominación o invasión territorial. Las babeantes criaturas malinterpretan gestos y atacan, muerden. Y algunas personas se mimetizan perdiendo su condición humana. Es el odio como regreso a lo peor del hombre. Que el impulso obedezca a presiones políticas, económicas, de poder o por desobediencia no lo justifica. Este regreso es el que se promueven como mecanismo propio, o más bien impropio en esta encrucijada, de las campañas políticas electorales que manipulan, en su favor, lo irracional. Nunca las convicciones o adhesiones políticas legitiman el odio. No se puede estar en contra de todo solamente por no coincidir con el otro. Como sucede con la vacuna contra el covid. Optar por una no convertirá a nadie en comunista. Así como preferir a otra no exigirá renunciar a nuestros derechos sobre las Malvinas. O negar las que puedan aparecer porque así terminaríamos convirtiéndonos o refrendando nuestra condición de colonia. Tendremos, con una mano de San Maradona, una gran ayuda para hacerle una gambeta al virus. Pero faltarán jeringas de fabricación nacional.

Una traba a superar en un operativo que seguramente alcanzará, al menos en la Argentina, niveles épicos. Es tiempo de razonar, terminar con aquello de no sé de qué se trata pero me opongo. Para el reconocido historiador israelí Yuval Noah Harari, el problema peor aún que la pandemia son nuestros propios demonios internos, nuestro propio odio, codicia e ignorancia. Y agrega que provoca temor ver que haya gente que no está reaccionando con solidaridad mundial ante esta crisis ahondada por la pandemia. Poco parece importar que en nuestro país el nivel de pobreza afectará a fin de año al 45 por ciento de las personas, según una proyección de la Universidad Católica Argentina. El camino a tomar depende de nuestras decisiones. Y confiar en la ciencia y el sentido común de quienes llevan la responsabilidad de implementar las políticas de salud más acertadas.

Este lapso de esperanza ante la llegada de una vacunación que nos salve del huésped recién presentado pero insuficientemente conocido exige no desesperar por pasar otro verano en casa y sobre todo no relajarse y cumplir responsablemente con las prevenciones. No es en vano la advertencia de la Organización Mundial de la Salud ya que, sostiene el organismo, podría llegar a quintuplicarse el número de víctimas fatales de la actualidad. Y ni mencionemos la segunda ola de contagios y acaso una tercera. Por una cuota de sol, una birra en mano con amigos y perfume de mujer el precio sería muy alto si falla la responsabilidad personal, tanto en la costa marplatense, en el balneario ribereño La Florida y demás destinos.

Los fatales accidentes acaecidos en rutas a sitios donde vacacionar ya anticipan lo peor. Merecen un control muchísimo más severo y organizado ya que algunos conductores han mostrado aristas demenciales. Para los intelectuales de todo el orbe es muy probable que estemos viviendo el período más influyente de todos los tiempos. Y filósofos e investigadores considerados de referencia debaten si los eventos de este siglo no terminarán por modificar sustancialmente el destino de nuestra especie aún en los miles de años venideros. Algunos, hasta se han atrevido a señalar que nos hallamos en un momento bisagra de la historia de la humanidad. Deberemos tapar ya las grietas que semejan a una guerra civil intermitente. La respuesta la tendrán las generaciones futuras. A ellos les corresponderá juzgar si sus antecesores lograron, por una vez, coincidir, ponerse sanamente de acuerdo y estar a la altura de las circunstancias que impone la hora.


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