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Opiniones

Vivir y amar en tiempos de covid: del trauma colectivo al mito de la soledad

Vivir y amar en tiempos de covid: del trauma colectivo al mito de la soledad



J. E. King


No iba a venir. Pero hablo con usted o reviento. Todo esto es el mayor de los contrasentidos, doctora. Ahora que no la tengo a ella a mi lado, la extraño. Pero por lo que leo y dicen supuestos expertos es como haber vivido todo el tiempo en una gran mentira. Parecíamos felices después de tanto tiempo. Creí que la amaba. Y entonces vengo a descubrir que era apenas acostumbramiento. Fui un tonto que no me daba cuenta, no percibía siquiera que vivía en un engañoso sueño. Una fantasía creada por una mente desesperada, desolada al ver que bajo el título de la palabra pandemia se escondía un número desconocido de víctimas fatales a causa de un virus.

Una peste desconocida que siempre había estado ahí, al acecho, esperando acabar con la despreciable raza humana para ocupar en plenitud cada rincón de un planeta  sistemáticamente envenenado por quienes se hartaron de contaminarlo todo llevando al mundo al punto de su más alta calificación de basurero. Lo que sentíamos por nuestras parejas, nuestras mitades supuestas, obedecía tan solo a una sensación de falsa seguridad creada como una ilusión, una pantalla, para no estar solos. Porque pretenciosos y sabiondos manuales aseguran que quien se siente bien estando solo está definitivamente enfermo. Tiene la terraza sin barrer. Y mi sensación de plenitud no era más que una cáscara delgada. Caminaba sobre una fina capa de hielo en un gran lago congelado como el Gran Houdini. Un paso mal calculado y todo se terminaba. 

Explíqueme, estimada doctora, cómo es posible que hayamos estado soportando tan larga convivencia porque no nos conocíamos realmente. Y ahora que la reclusión forzada nos obligó a permanecer en una gran vidriera, como Yoko y John veinticuatro horas al día, y aprendimos a conocernos, a creer que sabíamos quién y cómo es el otro realmente, terminamos alejándonos vencidos por el hastío. Sentimos el choque de dos mundos y ninguno salió indemne.

Habrá sido así quizá que desaparecieron los dinosaurios hace millones de años, por hartarse de verse las caras en un mundo cambiante y en erupción. Acláreme por favor si no es una cruel paradoja. No nos conocíamos y estábamos bien y nos conocemos y está todo mal. Será así que nace la soledad, me pregunto.

Tranquilo, usted está un tanto alterado hoy. Pero pasará. Se lo aseguro. El confinamiento, que aún no termina, ha requerido la intervención de numerosos colegas psicoterapeutas en casos como el suyo. Parejas que eran o parecían felices de pronto pasaron a separarse y muchas llegaron hasta el divorcio. Aunque no siempre se lo debe atribuir al estrés por la pandemia. Es posible que tan solo estén aflorando problemas preexistentes. El cuidado de los hijos, las tareas domésticas, el trabajo y sus cambios de modalidad hicieron estallar una tensión inimaginable antes en la vida de relación. Tenga en cuenta que descubrir secretos del otro y lidiar con ellos han traído falta de comprensión, preguntas sin respuestas que ocultan la intimidad.

¿Acaso usted no tiene algún secretillo por ahí? Y, sí doctora. Pero son míos. Forman parte de mi vida interior. Bueno amigo, pero eso lo nota el otro, se percibe. Y deriva en enfados, desacuerdos, peleas por cosas triviales. Es el gran trauma colectivo. Hay que comunicarse con honestidad y sin herir. Y así como es conveniente ventilar los ambientes, también la relación lo requiere. Eso se puede remediar pasando un tiempo separado como individuos así sea en la misma casa y buscando conscientemente el tiempo para estar juntos. Que no se traduzca en una imposición de amor o desamor. Y sobre todo no desesperar. No buscar a toda costa la dicha puede ser la mejor forma de encontrarla. Piense en esto hasta la próxima sesión. Y templanza. Usted es capaz de superar estas situaciones fortificando la dinámica existente en la pareja. Esa fue la última recomendación  profesional.

Él se levanta, saluda, agradece y se va. Ya no está tan seguro de que este virus marque otro fracaso del hombre dictando el fin de las relaciones humanas. En la calle mira a la gente que se prepara para la Navidad en familia adquiriendo presentes más económicos que el año anterior. Casi todos debimos bajar algunos escalones, se dice palpando su bolsillo  enflaquecido. Y rodeado de mascarillas se siente uno más de la gran banda que marcha por la urbe en busca de un destino común. Apenas un rostro en la muchedumbre. Saca el celular y la llama en vano. No le responde. Contrariando su costumbre deja un mensaje: ‘estoy yendo para el departamento. Voy a cocinar. Es una receta nueva que pasaron por tevé en ese programa que te gusta. Venís? Te estaré esperando’. Se siente aliviado, y aunque a sabiendas de que todo puede pasar en virulandia mientras se negocia cuál  vacuna será la gran estrella, aprovecha el breve recreo y se deja llevar, a la deriva.



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