Harto de la conjura de los necios


J. E. King
Qué sé yo de Dios, se preguntó en El Lebrel del Cielo, una oda religiosa de 1890, el poeta inglés Francis Thompson. Fue en un lapsus para él imperdonable, porque no hacía más que recordarle la proximidad de una aborrecida enfermedad de entonces, la tuberculosis, que describió como un demonio que destruye sistemáticamente todos los puentes que conducen a los otros hasta quedarse solo y sin pensamiento. La misma pregunta se formula hoy un joven cura villero más de un siglo después al intentar descansar, aunque no sea más que un rato, en su camastro que un aplastado colchón no logra impedir que la madera le recuerde que es más dura que su cuerpo.
En su dolor interior se responde que tal vez le importe menos el Santo Rosario junto a una panera sin pan en una mesa. Si tuviera por caso la ocasión de hablar con Dios, dejaría que viera imágenes grabadas a fuego en sus retinas: perros que comen mejor que cualquier ser humano. Niños hambrientos y descalzos, sin zapatillas que sólo se probarán cuando las roben. Que no van ni irán a la escuela. Seres donde ya cayó la semilla de la bronca a quienes la solidaridad y la compasión ignoraron. Muchos descubren el rostro de los que sufren y con disimulada indiferencia tratan de huir de esa miseria que podría ser contagiosa como una enfermedad.
El remedio es mirar para otro lado. Somos fugitivos de Dios. Es una característica universal. Podrían trasplantarnos de una región a otra. Hasta de un país a otro, y nada se modificaría. El comportamiento del hombre de hoy está edificado, moldeado por los medios de comunicación y sus mensajes distorsionados, mentiras armadas por intereses mezquinos tan falsos como el telón de una película clase B. Nada es real y cada uno adopta el personaje preferido. La modernidad burguesa ha condicionado mentes y pensamientos hacia un exitoso individualismo y hasta apuestan, por las dudas, al retorno de un Dios que nunca se fue. Ya se sabe cómo actuarán. No habrá sorpresas pero capaz los nominan a algún premio. Nuestra propia historia, cultura, conceptos políticos y actitudes hablan por nosotros.
Temerosos ante el drama de la peste intentamos olvidar por un rato el cáncer, los atacados corazones débiles, el desastre ambiental, la pauperización de la humanidad, las pequeñas y las grandes guerras. Y concluimos con desaliento que este sistema nuestro que inventamos o dejamos inventar es una verdadera mierda. La lucha de clases se hace cada vez más salvaje, cruenta y evidente. También quién pierde junto con la crisis de un capitalismo ya sin disfraces ni dónde ocultarse. La política flota en aguas corruptas donde los personalistas hacen la plancha. No hay corrientes de pensamientos nobles que aglutinen ni guías de verdad. Los estadistas desaparecieron como los dinosaurios. Todo es virtual. El bien común ha sido olvidado. Es mucho más fácil la repartija de beneficios entre pocos.
La opinión pública se envasa y se usa según la ocasión, aunque es de esperar tenga tendrá fecha de vencimiento. Los opinadores y sus pavadas ocupan el espacio vacío de nuestras mentes. El sueño de fama efímera de muchos es ser panelista aunque sea por quince minutos, como decía Warhol. Vale más saber quién fotografió a una ochentosa diva televisiva en malla haciéndola parecer, trucos mediante, en una mujer deseable que admitir que faltan comedores y escuelas y cómo aportar a la solución de la verdadera tragedia. El hambre de hoy será el odio de mañana, si se sobrevive a esta pandemia.
Aunque la peste no roza a los amparados por la cultura del privilegio. Ellos no tienen que rogar por una vacuna que los preserve del virus mortal aunque les manche el alma. Viveza criolla, pretenden vendernos los imperdonables. La pelota no se mancha, repetiría el Diego. Pero los políticos capaces de atacar la igualdad sí. El traje de lodo les calza a la perfección a muchos. La fraternidad no existe y la libertad es relativa.
Merecido castigo tuvo el ministro de Salud despedido por su club de vacunación VIP. Que no fue el único en incurrir en el pecado de la soberbia hasta acabar envuelto en una telaraña tejida por enemigos propios y opositores no disipa su responsabilidad. Ni siquiera que en el olvido haya quedado, parecería, el hallazgo de dos millones de dosis de vacunas antigripales y seiscientas mil de la triple se vencieran durante la gestión macrista. Nunca fueron repartidas ni aplicadas. Costaron entonces 1.400 millones de pesos más otros 20 millones por el almacenamiento en un frigorífico. Hubieran podido prevenir el avance de enfermedades en edades tempranas. Una suma de necedades que no tienen perdón. Escapar de toda esta manipulación general quizá esté exigiendo una revolución, un nuevo modo de vida. Cómo será o cuándo llegará, vaya uno a saber. Quizá cuando se agote la paciencia de la humanidad. O como dijo el poeta en su canto, crecerá desde el pie.
Notas relacionadas

































