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Panorama

J. E. King: Para matar el tiempo

Para matar el tiempo



J. E. King


El título no alude a ningún sangriento cuento policial. Recoge, apenas, tramos de esas charlas de moscas de bar, en este caso una banda de periodistas inspirados por dos o tres gimlets o, en su caso, gin tonics si no queda remedio por escasez de jugo de lima.

El Poeta de la Noche rompió el hielo diciendo con retórica inspiración que el tiempo es el bien del que está hecha la vida. Y agregó: lo cierto es que cada uno está convencido de que eligió este vano transcurrir por sí mismo y cómo gastar libremente su tiempo, ya que es lo único de lo que somos dueños. Poco creíble. Así nomás, sin influencia ajena ni designio divino, fue la primera crítica. Y Mandebula opinó que el pensamiento de San Agustín suena más acertado en su aproximación a ese misterio del tiempo que algunos no esclarecidos pero si pudientes creen haber resuelto finalmente con un Rólex Submariner de oro en la muñeca.

El caso es que el doctor de la Iglesia pensaba sobre el tiempo que si nadie se lo preguntaba sabía la respuesta, pero que si tuviera que explicárselo a alguien, no encontraría el modo de hacerlo. Y reconociéndose apóstata aseguró que Dios es cosa del pasado el muy blasfemo. Fijate vos: si el mayor profeta entre todos los profetas era Dios y el único que resucitó, bien por él. Sobre todo porque una vida no basta. No alcanza para perder el tiempo, malgastarlo dirán algunos como si supieran. Un pecador, dije con justificado conocimiento, demanda una nueva oportunidad sin exigencias extra para ser un hombre santo en otra existencia. O solamente para ver cada tanto la insensata carrera de las agujas de reloj hacia el abismo. A quién, con algo de tiempo de sobra, poder pedirle sin parecer cargoso ni maniático una respuesta lógica, coherente, meditada sin apuro.

El pasado, como el viento que te despeina, fluye, se va. Y el futuro es una ilusión sin garantía de conocerlo. Y aunque todo el mundo se muestra esquivo, hay quien tiene en claro que hoy, ahora mismo, es siempre todavía, terminé con exaltación propia de la segunda ronda. Pero saltó el Jockey, un ex librero devenido periodista contagiado por magos de la palabra y las rimas donde no faltaban los tangueros. Era como escuchar a Don Wikipedia y arremetió recordando que en su inolvidable novela “En busca del tiempo perdido”, el escritor Marcel Proust se ocupó del tiempo a través de sus recuerdos. Y que por cierto parece haber usado gran parte del suyo en una de las más encumbradas obras de la literatura francesa, escrita entre 1908 y 1927, donde recopila su vida personal y une presente y pasado llegando al fondo del subconsciente. La titánica tarea fructificó en nada menos que en siete volúmenes, dijo secándose sin disimulo una lágrima furtiva de emoción.

El Nene, veterano ex galán que sólo compra libros usados aunque magullados porque su bolsillo de jubilado es una colección de pelusa, recordó declamando que otro de los tantos intentos en correr el velo de misterio lo hizo el escritor británico H.G. Wells en ”La Máquina del tiempo”, novela de ciencia ficción de 1895. El protagonista, en su azarosa travesía, viaja en la misma línea temporal para alcanzar otro instante, pero del año 802.701. Considérese que la precisión de la fecha responde al estado de su lóbulo derecho en ese momento. Tras carraspear y apurar el trago puso énfasis en que más que el tiempo en sí, Wells, un obsesionado de la vida, estaba muy preocupado por el futuro de la humanidad que imaginó en descomposición y su héroe aventurero se comprometió a reconstruir.


H.G. Wells y Bertrand Russell

Algo más repuesto tras dormitar sin cerrar los párpados volvió a saltar el Poeta, que a juzgar por la sed había terminado con una picada de sal gruesa, y eligió reverenciar a un gran visionario de su preferencia, el escritor británico Bertrand Russell, nacido en 1872 y ganador del premio Nobel de Literatura. Dio cátedra recordando que como él, solía consultar con frecuencia su reloj de bolsillo. Otro obsesivo por el tiempo que se esvanece sin que lo percibamos como perfecto acto de magia. Y también del insensato modo de aprovecharlo. Filósofo y matemático, Russell, fue además un activista social. Su pensamiento lo plasmó en su recordada obra “Elogio de la ociosidad”. Resulta evidente que no coincidía con esa máxima propia del capitalismo: “el tiempo es oro”. Es que se preguntaba para quién lo era. Como no podía ser de otro modo el capitalismo se apeló por las dudas a la religión con: “el ocio es la madre de todos los vicios”. Bueno, mejor no averiguar quién será el padre por las dudas. De todos modos, el mundo vive cegado por un inculcado afán de producción y optimización. Parecen hacendosas abejitas, dice sonriente el patrón. Y esa epidemia no tiene descanso. El amigo Bertrand imaginó un mundo en el que la jornada laboral se redujera para que una persona pudiera dedicarse a cultivar su espíritu, pintar, escribir, desarrollar esa parte de la naturaleza que permanece asfixiada por las responsabilidades y alienada por el trabajo esclavo, excesivo, que se convierte en el escollo que impide justificar la propia existencia. El exceso de trabajo para muchos y la inanición para otros ha roto el equilibrio natural. El Elogio sostiene que se debería dejar de hacer o hacer menos ya que “hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siéndolo para siempre”.

Algo inconexa, mi lengua alcanzó a defender con claridad meridiana la cuestión y afirmé que nos quedaba una salida: adherir a los versos del recordado Facundo Cabral cuando en su canción “No soy de aquí, ni soy de allá” canta:

“Me gusta estar tirado siempre en la arena/o en bicicleta perseguir a Manuela/con todo el tiempo para ver las estrellas/con la María en el trigal/No soy de aquí, ni soy de allá/no tengo edad ni porvenir/y ser feliz es mi color de identidad…

Suena una campanilla como un detector que ubica personas descarriadas y el Corto Maciel, impávido durante toda la charla por efecto del elixir responde: Ya voy. Estoy con los muchachos debatiendo sobre la esencia del tiempo. Creeme que es cierto, y si no escuchá: Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Corta, sonríe y sobradoramente dice mientras se levanta con movimientos calculados: amo a Borges, sabían. Esta noche le agradeceré en mis oraciones. Y se va canturreando “me gusta estar tirado siempre en la arena…“.



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