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Opiniones

Cuando la tormenta pase y seamos sobrevivientes de un naufragio colectivo

Cuando la tormenta pase y seamos sobrevivientes de un naufragio colectivo



J. E. King


A algunos el uso del barbijo les confiere el sagrado derecho, creen ellos, de calificarlo de antipático o ridículo adminículo. Y así adquiere diferentes denominaciones según los usos conferidos. Babero, para las bebas que se niegan a ocultar sus labios rojos y ojos de gata  dejándolo reposar  sobre el corpiño de la bikini; tapabigote: obviamente, oculta esos incipientes y débiles pelitos que se niegan a crecer y han sido mal recortados o son prematuramente blancos pero la mujer le dice que así le quedan bien y no puede teñirlos; mordaza: la oposición que se ve obligada a comunicarse a fuerza de fake news; filtro: el fino que no soporta el fuerte olor a ajo y cebolla que brota del almuerzo de una carpa cercana (a él le parece al muerto); bandido: el fierita que lo complementa con una gorrita con la visera sobre los ojos que lo torna irreconocible y lo deja listo para el robo oportunista. Mascarilla: el novio o esposo infiel que sale a respirar aire puro mezclado con el perfume importado que obsequió a su pecaminosa compañía. No falta el estilo Máscara de hierro, exclusivo para políticos que no quieren ser reconocidos mientras dicen que se desloman en sus calurosos despachos. El más llamativo es el flamante modelo tiburón del bañero. Pero él lo tiene bien ganado.


El sol abrasa en pleno mediodía en un coqueto pueblito de la costa bonaerense. Tranquilo y cerca del bullicio de San Bernardo. Pero vaya uno saber cómo se presentará este verano imprevisible, inesperado. Los chaparrones de ayer pusieron un freno a las ansias de los visitantes que llegan como a hurtadillas en cuenta gotas. Aunque solamente fue un chubasco por unas horas. Hoy es otro día y hay que aprovecharlo. Fin de semana extra large o inicio de unas vacaciones verdaderamente atípicas, para recordar y también para olvidar. No hay temor por un cáncer de piel.

Y bastante desprecio o irresponsable olvido de los barbijos, que ayudarían a prevenir otra ola de covid-19 y también reactivar la economía, tan importante como la vida misma. O más para muchos. Bien o mal todos hablan de las vacunas que exigirán un esfuerzo titánico para llegar a todos los habitantes. Algunos suenan como expertos en el tema al denostarlas. No simpatiza con Putin dice terminante el hijo de Pasteur.

Las carpas no están muy alejadas unas de otras y comienzan las discusiones si alguien instala su sombrilla más cerca de lo que parece de la del vecino. Imposible marcar con aerosol un espacio para el asentamiento. Deberá pensarse otra solución sin devanarse los sesos. O habrá que andar con una cinta métrica y guantes de box en los bolsillos. La pretemporada arrancó con la habitual y sagrada misión de, por las dudas, vaciar cuanto antes la caja de cervezas. No vaya a ser que se entibien. Cualquiera pensaría al tener que esquivar un picadito de fútbol que si la arrogancia fuera una bendición, esta sería la ciudad santa. Para el bañero, si recordáramos las veces que los bañistas se hunden casi tocando fondo bastaría para modificar estos comportamientos de héroes solitarios de película, que creen poder salir indemnes de todo peligro y batalla. Evidentemente falta algo: volver a hundirse y si no es solo mejor. Debe ser por aquello de que nadie o casi quiere morir en soledad. Torpe egoísmo.



En ocasiones le da bronca tener que sacarlos rápido con todo su esfuerzo. Ya no estoy para estos trotes, piensa el veterano guardavidas agudizando la vista porque unas señoras mayores de no menos de noventa (kilos) desafían las olas como si escaparan de una gran pecera que las contuvo prisioneras. Sus únicos consuelos son un magro aumento salarial que costó mucho obtener y el grupo de chicas que le hacen el aguante cebándole mates mientras admiran su cuerpo todavía musculoso a base de un entrenamiento sin pausa que un día de estos le paralizará el corazón. Pero este será un verano incierto como lo fue todo el 2021 y pese a toda advertencia, muchos ya amenazan comportarse como saboteadores de la esperanza de las vacunas que deberían ser obligatorias para lograr la inmunidad necesaria.

Tema difícil, porque permanece en el ánimo cierto escepticismo respecto a cuál vacuna elegir pese a su comprobada efectividad no obstante la vertiginosa velocidad de los ensayos. Su aplicación evitará enfermos graves y se podrán salvar vidas. Todos parecen creer que el tiempo pasa, pero no es así. Los que pasamos somos nosotros, comenta un hombre sensato lejos de ser agorero mientras le compra helados a sus tres nietos para ponerle fin a los gritos del tipo vestido de payaso. Probablemente sus alaridos eran por un principio de deshidratación más que para pregonar su mercadería en un carrito cuyas ruedas se hunden a la mitad en el desierto costero. Eso sí, el sufrido hombre, de peluca de papel verde brillante usa un barbijo que combina con el disfraz que ostenta ya algunos remiendos apresurados. Bien por él. Sabe, entendió, que descuidarse puede ser fatal en medio de una pandemia paciente y feroz.

Una señora joven todavía (suena horrible, pero es así) muy cuidada en todo su aspecto vuelve a colocarse las gafas simultáneas de lectura y protectoras de sol después de otear la playa. Espera la aparición del shopping móvil que un forzudo herrero devenido en vendedor de mallas, vestidos, collares, pulseras y mil cosas más arrastra por todos los balnearios. Intentando salir de la burbuja de aburrimiento relee un poema de la enfermera Kitty O’Meara, escritora norteamericana de origen irlandés. Si bien se refería a otra epidemia de antaño se adapta tanto al momento que es considerado un verdadero himno. Dice así:

Cuando la tormenta pase
y se amansen los caminos
y seamos sobrevivientes
de un naufragio colectivo.

Con el corazón lloroso
y el destino bendecido
nos sentiremos dichosos
tan solo por estar vivos.
Y le daremos un abrazo
al primer desconocido
y alabaremos la suerte de conservar un amigo
.

Palabra mágica esta última que la espabila. Baja el libro y le pregunta a su amiga: Che, Tita, ¿Vos tenés amigos? Sin esperar respuesta vuelve a mirar la playa ya bastante concurrida, esta vez con detenimiento, como buscando algo. Aunque es arriesgada, audaz asevera su horóscopo, no está segura. Porque sólo ella sabe que espera todo de la vida, menos el covid. La soledad nocturna desespera y asesina más que el temido virus. Se quita por un rato el barbijo. No me deja respirar, se excusa mirando a su compañera que la observa asombrada y hace lo propio. Ambas sonríen con algo de picardía. Se conocen bien. Mienten al unísono. Y ahora son dos los pares de ojos que buscan.


Serie de opiniones | J. E. King


1⃣ | Relajarse será perder la batalla

2⃣ | Segunda ola no muy lejos, más bien cerca

3⃣ | Palabras que matan, palabras que curan

4⃣ | Lo que el virus nos enseña


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